Me desperté esta mañana con esa frase, fui a la web y me encontré con estas palabras:
Entonces, ahora sí, la París que vivía compaginaba más que nunca con la París soñada y Esperanza y yo nos perdimos entre calles repletas de galerías de arte y niños jugando fútbol para camuflarnos entre nuestros propios besos, sonrisas y esa placentera sensación de que todo es posible. Luego caminamos hasta los jardines de Luxemburgo pero ya habían cerrado, así que más tarde, nos encontrábamos frente a la imponente alcaldía y entramos al Palais Royal, un lugar de un silencio y una belleza sobrecogedora. Decidí no pensar en cómo fue construido y cuánta ambición se necesitó para hacerlo. Quise olvidarme de cuanto poder y cuanto sacrificio intentaban ocultar aquellas piedras perfectamente pulidas e iluminadas y me consagré al momento, a la compañía, a la vida. Lo diré rápido, pero lo disfruté al máximo, volando en nubes imaginarias, flotando en la dicha del momento atravesé el Musée du Louvre, -por la superficie, por supuesto- el museo más visitado del mundo que contiene alrededor de 300.000 piezas, de las que solo 35.000 están expuestas. Así, después de caminar los Jardins des Tuileries recorrimos, durante una hora, la Avenue des Champs-Élysées para confirmar lo que ya había advertido Jess: que no tiene nada que envidiarle al Passeig de Gràcia de Barcelona. Al final, frente al Arc de Triomphe, nos comimos un extraño crêpe de chocolate con banano y coco –cualquier parecido con la búsqueda de los sabores del trópico, es pura coincidencia-.
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