Cuando se casó mi viejo tenía dos objetivos claros. Primero: comprar un terreno propio. Segundo: no tener hijos hasta contar con el título de propiedad. Dado que a su padre (con siete hijos a cuestas) lo habían desalojado y quedó en la calle, él trabajaba doce horas por día desde los siete años. Obviamente, no quería el mismo destino para sus hijos. Un techo es un techo, aunque sea de chapa, con letrina y sin agua corriente. En total, el proceso de construcción de la “casa de material” (no más de 70 metros cuadrados) le insumió treinta años. Durante mucho tiempo vivimos en una casilla precaria pero nuestra (como decía papá). La casa la levantaba durante la noche, después de trabajar todo el día en dos lugares distintos. A mano, mamá daba vuelta pastones de 24 baldes de escombros; esfuerzo que dejó secuelas. Así y todo, la cosa se dilató por falta de plata para comprar baldosas, inodoro, ventanas, etc. Un día, tendría yo dieciséis años, caminábamos con papá cerca de un asentamiento ilegal en Bernal Oeste, partido de Quilmes. Mi viejo miró las casas que crecían como hongos y dijo: “Pensar que a mi me costó treinta años tener mi casa y la gente entra así nomás, tira todo y se instala”. Haciendo gala de rebeldía adolescente contesté: “En una de esas el boludo sos vos, que invertiste treinta años de tu vida en una casa de miercoles”. Se quedó callado. Obviamente, el arrepentimiento me dura hasta hoy, y eso que murio hace años. Frente a los vecinos de la villa 31 tengo un sentimiento dual. Por un lado, entiendo su posición y no me gustan los funcionarios que, papa en la boca de por medio, se desentienden y echan culpas a otro; pelea con ánimo de vecina conventillera. Después de todo, no sirve decir que a uno no lo dejan gobernar (usen esa estrategia en una empresa privada y van a ver las consecuencias); preferible comprometer el cuerpo y atarse desnudo a un farol de la Plaza de Mayo. Por otro, pienso en la cantidad de gente que se mata toda la vida para levantar una casita ahí, donde el diablo pierde el poncho (no en uno de los lugares más caros del país), viaja horas y horas para llegar al trabajo en trenes o colectivos indignos; personas que cuando ve la brutalidad del corte de ayer, el “éxito” de semejante reclamo, deben sentirse los boludos más grandes de Latinoamérica.
Sobre el autor
En los últimos años Bello se ocupó de brindar al medio y a los medios una imagen diferente. Lo más distinguible es su vocación por la reflexión más allá de los spots. Desde su formación filosófica se permite sobrevolar el discurso publicitario y aportar reflexiones que trascienden el plano de los avisos. Cada uno juzga lo acertado o no de sus pensamientos pero lo que está clara es su vocación de entender y de comunicar.En Twitter
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Algo parecido me tocó vivir a mi
Por trabajo de mis padres, anduve por lugares que ni aparecen en los mapas nacionales, solo en los provinciales. Sin agua potable, con calles de tierra…muchas noches iluminados por un sol de noche.
40 años le llevo a mi viejo tener un “depto”… y estos zánganos (en su mayoria con banderas de otros paises ) RECLAMAN y EXIJEN (???)
Entiendo perfectamente por que 2 de mis hermanos abandonaron el país hace tiempo…y yo me voy a ir también.
No quiero llegar a viejo, y ser como mi viejo…que hizo horas extras por doquier y hoy no tiene nada….ni una jubilación digna. Hasta los remedios se lo tienen que pagar los emigrantes de sus hijos.
Para ser “extranjero” en mi país…prefiero ser extranjero en otro lado.
Nunca es triste la verdad lo que no tiene (parece) es remedio.
Que se puede decir a esta verguenza de las villas, y de nuestros gobernantes.El caradura de Anibal, siempre defendiendo lo indefendible….
Macri, tendria que hacer la gran Dominguez, y plantarse ante estos vivos, y sacarlos a patadas en el culo, y mandarlos al medio del campo. O que los manden a la tierra de los pinguinos. Pico Truncado, Las Heras, Turbio, donde sobran tierras y que los mantengan alla, y no vengan a romper las pelotas a los que trabajamos y tenemos que usar las autopistas que estos sinverguenzas nos cortan, y recitan los derechos que enumera la constitucion………….Manga de sinverguenzas, como la cristina, nestor, y la banda de los chupamedias que los rodea……..
Hasta los mismos peronistas se ríen de la punzante afirmación de Borges, en el sentido de que no son buenos ni malos: son incorregibles.
Sus enemigos reducen el movimiento que fundó Juan Perón a la categoría de fascimo criollo. Sus glorificadores, en cambio, lo exaltan al nivel de fenómeno original y específico. Nadie puede negar su vigencia de más de media centuria. Pero nadie puede tampoco negar su ambigua identidad.
en efecto, para estudiarlo en forma completa se lo clasifica en sucesivas versiones: primer peronismo, segundo, tercero. También se recurre a sus principales protagonistas: el de Evita y Perón, el de Perón sin Evita, el de López Rega y Perón, el de Isabel, el de Menem. O a su color circunstancial: nacional y populista (1946-1950), dictatorial y amigo de las inversiones extranjeras (1951-1955), maldito de la burguesía (1955-1968), socialista y guerrillero (1969-1972), dialoguista (1972-1973), represor de la izquierda y terrorista de Estado (1974-1976), socialdemócrata (1982-1989) y neoliberal (1989-1999).
Cada una de estas manifestaciones se proclama auténtica y descalifica al resto.
Hubo un tercer peronismo llamado menemismo.
“Yo soy peronista, pero no menemista”, dicen muchos, escudándose. “El peronismo auténtico -replican- es otra cosa.” Es el que reinstalará el reino de la fiesta y de los cielos, es un ideal que nunca se alcanzará.
En efecto, después de Menem vendrá otro y otro.
También dirán que son los mejores discípulos del fallecido líder y que expresan como nadie su legado.
Y, al mismo tiempo, habrá quienes no se sientan representados por ellos y les negarán autenticidad. En otras palabras, el cuento de la buena pipa.
No obstante, para entender el menemismo -autor en gran medida de que nuestra encantadora condición de argentinos se haya vuelto más atroz que nunca-, es preciso dar una corta vuelta por los inicios del movimiento
Juan Domingo Perón era un coronel del GOU, logia militar germanófila que inspiró el golpe de Estado de 1943. Tenía frescas sus experiencias en Italia y Alemania y conocía el potencial de la clase trabajadora. Causó perplejidad cuando eligió un espacio tan modesto como la Secretaría de Trabajo y Previsión, en vez de un ministerio. Se esmeró en atraer la simpatía de algunos dirigentes obreros, para lo cual lo ayudaba su carácter seductor y afectuoso. En los conflictos laborales se pronunciaba siempre a favor de los trabajadores y estos se quedaban pasmados al enterarse de que un militar propiciaba el aumento de los salarios y la multiplicación de sus organizaciones. Estaban felices de tener un inesperado aliado en el gobierno. Al mismo tiempo, el Estado Mayor del Ejército fortalecía su sueño de hegemonía continental gracias al respaldo que empezaba a recibir de los trabajadores.
En contra de las interpretaciones que vinieron después, su proyecto no era revolucionario sino fascista. Este dato hiere la buena conciencia de sus seguidores, pero no deja de ser ilustrativo que los fascistas locales siempre se identificaran con el peronismo. En uno de sus primeros discursos radiales, el 2 de diciembre de 1943, Perón dijo que “los gobernantes no se dan cuenta de que la indiferencia que mostraban frente al conflicto social sólo servía para fomentar la rebelión”. Y lo que él pretendía era sofocarla…mediante el control de los rebeldes (cosa que ocurriría durante su gobierno y los gobiernos peronistas sucesivos). Agregó en 1944: “No siempre propugnaremos y defenderemos a las agrupaciones obreras, sino que es indispensable disponer de esas agrupaciones para poder cumplir con nuestro cometido” (en otras palabras, usarlas y sobornarlas si fuera preciso). Más claro fue en la Bolsa de Comercio: “Es preferible saber dar un 30% a tiempo que perder todo a posteriori”. En 1945, ante el Colegio Militar, cerró sus reflexiones con un giro inolvidable: “esos señores son los peores enemigos de su propia felicidad, porque por no dar un 30% van a perder dentro de varios años o de varios meses todo lo que tienen, y además las orejas”.
Perón se inspiró en Benito Mussolini: no sólo las ideas, sino la organización, los discursos, la censura, la asistencia social, la escenografía, la propaganda, la represión política, el balcón. En 1926, cuando había creado el Dopolavoro, el Duce fue transparente: “Los patrones tienen un interés objetivo en elevar lo más posible el tipo de vida de los obreros, porque significa mayor tiempo de reposo. En los talleres, el trabajo es mejor y más productivo…Un capitalista inteligente no se ocupa sólo de los jornales, sino que piensa en casas, escuelas, hospitales y en campos de deporte para sus obreros”.
El uso frecuente de la radio lo puso en contacto directo con todo el país. Las multitudes postergadas se estremecieron ante el milagro: un militar con poder se manifestaba su protector. Ya no se trataba del gesto corto que tenía lugar en el comité: el regalo de un abrigo, la ayuda de una recomendación. Era una situación insólita, porque desde arriba se propugnaba repartir bienes y establecer derechos que dormían en las legislaturas.
El agresivo avance de Perón y su nunca desmentida simpatía por el Eje, puso en guardia a los sectores democráticos. Ya había empezado a ganar poder en el mismo gobierno, convirtiéndose en ministro de Guerra y Vicepresidente. Era la figura más sobresaliente, lo cual generó desconfianza y envidia entre sus colegas. Un grupo conservador consiguió que los destituyesen y apresaran. Fué enviado a la isla Martín García, donde tras el golpe de 1930 habían encerrado a Yrigoyen. Pero era tarde para sacarlo de escena. Su gestión había enamorado a una amplia franja del país y el 17 de octubre de 1945 se produjo una concentración en la Plaza de Mayo que reclamó su libertad y su presencia. Mucha gente había recorrido largas distancias y no dudó en mojar sus pies en las artísticas fuentes, lo cual escandalizó a la vieja elite y pasó a ser un símbolo del profundo cambio que se avecinaba. Esa tarde los pobres de la Argentina acuñaron un nuevo grito de guerra:
“¡Pe-rón! ¡Pe-rón!”
No hubo más remedio que traerlo de Martín García hasta la casa de Gobierno y permitirle que se asomara al balcón para tranquilizar los ánimos. El controvertido coronel sintió por primera vez el abrazo de las masas. Asumió que era un líder, asumió que enfervorizaba con su voz profunda y sonora. Desgranó un discurso exultante al confirmar que contaba con un respaldo más imponente de lo que nunca hubiera imaginado.
Tomó entonces la decisión correcta: abandonó la Vicepresidencia, como exigían sus opositores, pero para darles batalla en elecciones limpias. Ya era el candidato de las Fuerzas Armadas, ahora se sentía el candidato de media nación.
Su estrategia lo impulsó a solicitar la compañía de la UCR, cuyo prestigio se había robustecido durante la década infame. Pero en ese partido desconfiaban de su consistencia democrática. Tuvo entonces que presentarse como candidato del Partido Laborista (a sus jefe, Cipriano Reyes, después lo encarceló). El resto del espectro político formó una coalición que Perón derrotó en las elecciones del 24 de febrero de 1946.
El país entró en vértigo.
Ante de asumir consiguió que el gobierno militar le facilite la tarea interviniendo universidades y expulsando a los docentes que militaban en su contra. Luego de tomar el mando actuó con la velocidad del rayo para instaurar una suerte de dictadura legalista: se mantendrían las instituciones de la Constitución, pero debilitadas y sujetas a su poder unipersonal. Removió los cuadros administrativos y entabló juicio político a la Corte Suprema, que fue expulsada, y constituyó otra a su medida. En el Congreso mantuvo disciplinada una mayoría que se tornó cada vez más obsecuente. La Policía Federal, creada tras el golpe de 1943, fue usada en contra de la oposición política y para reprimir los disturbios obreros. Creó el Fuero Policial para que los abusos de los comisarios leales gozaran de impunidad. Instituyó el “certificado de buena conducta” como requisito indispensable para buscar trabajo, viajar al exterior o inscribirse en la universidad; era una sutil manera de encadenar a todos los habitantes y desalentar cualquier protesta. Controló los medios de comunicación y no titubeó en expropiar el diario La Prensa, que lo criticaba. Llegó al extremo de exigir a las instituciones culturales que solicitaran permiso para publicar o reunirse.
Intervino las seis universidades nacionales entonces existentes y puso en marcha una implacable purga. En mayo de 1946 completó la expulsión de casi dos tercios del cuerpo de profesores y en octubre del año siguiente colocó las administraciones universitarias bajo el directo control de sus agentes. Acabó con la autonomía y sepultó los principios de la Reforma.
La marcha hacia una hegemonía férrea fue sistemática. En 1949 reformó el Código Penal y convirtió en delito “ofender de cualquier manera la dignidad de un funcionario público”. De este modo impidió que se realizaran o circulasen denuncias contra el enriquecimiento ilícito de casi todos los funcionarios. En 1951 estableció la curiosa ley del “estado de guerra interno”, que amplió la competencia de la justicia militar a vastos sectores de la población civil. La delación creció hasta convertirse en virtud, como en los regímenes totalitarios. El miedo se expandió hasta extremos desconocidos. Al mismo tiempo, se dilapidaban fortunas en una propaganda sin freno acerca de las pequeñas y grandes realizaciones gubernamentales o sobre los conmovedores méritos de Perón y de su esposa; la publicidad invadía la radio, el cine, la prensa escrita, las paredes, las tapias, los costados de los caminos.
Un chiste de época -que escuché por el año 1950- dice que Perón y Evita decidieron pasearse de incógnito por Buenos Aires para conocer de cerca la realidad. Nada les llamó la atención y entraron a un cine. Estaban pasando el noticiero. Cada vez que en la pantalla aparecía la insigne pareja, el público aplaudía. Perón le dijo a su mujer: “¡Es notable cuánto nos quieren!”. Entonces alguien le tocó el hombro: “Eh, ustedes: ¿por que no aplauden?, ¿quieren que los metan presos?.
Se puso en marcha un asistencialismo impúdico, desordenado. No sólo se repartieron grandes cargamentos de ropa y comida, sino que las Unidades Básicas ofrecían juguetes, sidra y pan dulce. El objetivo central no consistía en eliminar la marginalidad, sino en despertar un enfervorizado sentimiento de gratitud. Cada regalo venía acompañado por emblemas partidarios y la foto de la pareja gobernante. No lo daba el estado ni el gobierno: lo daban Perón y Evita. Muchas bicicletas, viajes, muebles, subsidios y otros regalos de la más diversa índole cambiaron la vida y la mente de muchas personas. En numerosos casos aportaron el bien y ayudaron a fortificar la autoestima de gente marginada, pero también contribuyeron a que millones se acostumbrasen a quedar sólo prendidos a las ubres del Estado: los pobres, los ricos y el empresariado nacional. A mediano plazo fue un desastre.
Juan Perón tenía un estilo que combinaba tres elementos: su formación castrense, la picardía del paisano y la chabacanería del porteño. Seducía en la intimidad y enardecía en las plazas. Su palabra era fluida y subyugante; su sonrisa, gardeliana, abrazaba a casi todos los que se le ponían delante y saludaba con los brazos en alto, de manera cálida y triunfal. Cuando se dirigía a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada, no temía el ridículo de preguntarle si estaba conforme con su gestión. Las masas, hipnotizadas por su magnetismo, bramaban un furioso “¡Sííííí”!, que funcionaba de plebiscito.
Instauró un clima mágico y desató un amor desenfrenado. También odios. Para ambas pasiones la contribución de Evita no tuvo paralelo.
Eva María Duarte de Perón irrumpió como un cometa desbordado por la energía y el resentimiento. Llevaba cicatrices de la marginación y la injusticia, tenía envidia y necesitaba ser amada. Por sobre eso le sobraba un rasgo decisivo: coraje. Cuando ingresó en el poder evidenció apuro por desquitarse de sus carencias pasadas, gozar de pieles, joyas y viajes, hacerse obedecer por quienes gobernaban y maltratar a los poderosos como ellos la habían maltratado; hasta insultaba con palabrotas a los ministros que resistían sus órdenes. Era bastarda, como bastardos fueron millones de mestizos, el gaucho y Carlos Gardel y, a medias, el mismo Perón. Le sobraba desenfado para convertirse en una incontrolable diablesa.
Aplastó a las empingorotadas damas de la Sociedad de Beneficencia y las reemplazó con la Fundación Eva Perón (ni ella ni su marido tenían recato para bautizar con sus nombres cuanto se les ocurriese: calles, escuelas, plazas, incluso ciudades y provincias). Se convirtió en “la abanderada de los descamisados”. Sus discursos aumentaron en agresividad y difundieron un sentimentalismo que crispaba el lenguaje habitual, pero encantaba a las multitudes. Poco antes de morir lanzó su libro La razón de mi vida, elevado a texto de lectura obligatoria hasta en las clases de idiomas extranjeros.
Su temprana muerte desenfrenó las emociones.
El gobierno obligó a que todos los empleados públicos, incluidos docentes y militares, exhibieran un cintillo negro en señal de luto. Los gestos de obsecuencia a su memoria se multiplicaron al infinito. Se le puso su nombre a estaciones de ferrocarril, teatros, hospitales y, cuando ya no quedaba qué elegir, la dirección general de Observatorios decidió que todos los astros “recientemente descubiertos y los que en el futuro se descubran, sean consagrados a Eva Perón e identificados con nombres que exalten sus virtudes”; en la misma disposición “se asignan los nombres de Abanderada y de Mártir a los cuerpos celestes últimamente catalogados bajo los números 1581 y 1582″.
Su corta y vehemente tarea fue reivindicada en lo 70 por la izquierda peronista. En todas partes escribieron Si Evita viviera / sería montonera. Más adelante, en el musical Evita se la asoció con el Che Guevara, asociación forzada porque no se conocieron y el Che fue antiperonista. Eva Perón en vida no fue revolucionaria, ni siquiera la expresión jacobina del peronismo.
Su trabajo asistencial, su entrega incondicional al líder, su belleza, su actividad incansable, sus salidas escandalosas y su intromisión en la política sin pedir permiso jamás, facilitaron la idealización. Se convirtió en un mito hermoso, universal, que se presta al melodrama y por eso fue exitosamente aprovechado por el teatro y el cine. Su muerte a los treinta y tres años, la edad de Cristo, en el apogeo del poder, arranca lágrimas al más indiferente.
Brillante resumen histórico de Marcos Aguinis, pero después de semejante revista, no te sentís un boludo importante?
Creo que sin una oposición pura y definida, o al menos unida de verdad (no en alianzas meramente electorales) no vamos a poder cambiar este país.
Lamentablemente de manera sistemática se ha empobrecido culturalmente el pueblo con obvios beneficios para el manejo electoral de las masas que definen los votos.
Igualmente existe muchísima gente que ,en su carácter de evasor, cuenta con bienes conseguidos de la peor manera, o aquel que trata a sus empleados como esclavos pero tiene muchísimo dinero. Ni hablar de los corruptos enquistados en el gobierno desde los inicios de la democracia.
Mi viejo dijo una vez “habría que enseñarles a pescar y no solamente a comer la paella”. Estaría buenísimo que se fomentaran granjas comunitarias y talleres laborales para brindarles un oficio, pero esto no trae los votos faciles de tetra y chori.
Actualmente varios intendentes del interior de la provincia de Buenos Aires han “importado” gente del conurbano (fuerte apache por ejemplo) y los han alojado cómodamente en las afueras de varias ciudades (en terrenos fiscales) que hoy han incrementado su nivel de inseguridad (cito casos como Monte Hermoso o Bahía Blanca con intendentes del FPV). Seguramente hay muchos casos más.
Con un gobierno déspota y lamentable, un peronismo camaleónico que sólo se ha preocupado de redistribuír riqueza entre sus pares al poder y una desorganizada oposición de “pecho frío”, ni siquiera a nivel generacional vamos a percibir un cambio que realmente beneficie a la gente con educación, salud y cultura, y no con asistencialismo electoralista.
Estimado amigo y boludo, en esta cultura del mínimo esfuerzo, creo que el optimismo vive en el partido de la matanza y espera el tetra y el chori del 2009.
Marcos Aguinis, gracias por el relato, no vivi esa epoca pero creo que hasta el momento es el mejor de todos lo relatos que he leido.
La pregunta que me queda sonando en la cabeza es ahora que condiciones cimentaron el surgimiento de Peron y el peronismo. Me pregunto si asi como una planta no puede crecer sin tierra, agua y sol, Peron y el peronismo no podrian haber nacido sin burguesias acomodadas, opresion exclava sobre trabajadores y una profunda falta de identidad nacional que facilite la SOLIDARIDAD entre pares.
El peronismo no es una cuestion de Peron, sino se hubiera muerto con el, es un producto 100% made in Argentina y tan nuestro como el tango y el mate (y el chori con tetra).
Bello, como digo siempre: que bello sos.
Me pasa exactamente lo mismo que a vos, esa contradicción entre lo dado y lo adquirido.
Mis viejos como los tuyos sufriendo con dignidad, con amor propio, conambición de hacerlo con su propio esfuerzo. Tal vez fueron unos boludos y yo soy la hija pero me siento muy orgullosa de esa “boludez”.
Gracis Bello por ser como sos.
Como estamos acostumbrados a los mitos los argentinos!
El mito del tano/gallego laburante que tarda 30 años para levantar su casita… el del que tiene que irse de su provincia natal y no tiene otra que vivir en un asentamiento… la verdad vamos de mito en mito, de tesis a antitesis y nunca tenemos la capacidad de alcanzar la sintesis.
Son dos formas de urbanizacion que siempre estuvieron enfrentadas… la diferencia es que los criollos son siempre los que peor la llevan
¿Hay alguno de los que se quejan del viaje al trabajo que cambiarían ese tiempo por las “ventajas” de vivir en un asentamiento como la 31? Realmente saben de lo que estan hablando?
Hay que abrir los ojos que la realidad está allí. Los mitos son utiles antes de la razón.
Pensemos en una forma de superar esa dicotomia en lugar de profundizarla con comentarios autocompasivos y malinformados.
Después de tanto comentario racista, egoísta y poco solidario, de gente que seguramente mira con asco el corte de los y las habitantes de la villa 31 pero alienta el de los grandes terratenientes, que dice encarnar los valores de solidaridad, dignidad.. me alegra leer un úlitmo comentario que me hace recordar que somos muchos y muchas los que queremos otro mundo, en el que el lugar de nacimiento o residencia no sea significado de Bien o Mal, un mundo mejor para todos y todas.