Casi todo lo que se sabe acerca de cómo posicionar a una figura pública viene del star machine americano, suerte de escuela especializada en crear estrellas que nació en el Hollywood de los años treinta para extenderse después hacia otras áreas de la vida social; la política entre ellas. Aunque el concepto movie star suele asociarse al glamour y la belleza, lo cierto es que a la hora de funcionar el sistema demanda un generoso abanico de personalidades y tipos humanos que exceden los límites de la perfección física o el carisma. Lejos de circunscribirlos al rol de actores secundarios que soporten a los galanes o divas de turno, el desafío pasa por hacer que brillen con luz propia y estelaricen. ¿Por qué? Porque cada tanto la gente se cansa de los ídolos inalcanzables y reclama el ascenso de esos “otros” más parecidos a ellos. Claro que la lista de “otros” desborda la idea de normalidad entendida a manera de personas comunes y corrientes. Por ejemplo, Ricardo Alfonsín es lo que en Estados Unidos se entiende por look-alike, es decir, una personalidad espejo de otra. En el caso del hijo del ex presidente la estrategia falló. Sin embargo, en el mundo del espectáculo y la política hay desarrollos similares muy exitosos. Marilyn Monroe fue una copia de Jean Harlow, actriz hoy olvidada que dio origen al tópico de rubia sexy, y tanto Clinton como Obama fueron moldeados con un ojo en Kennedy. Dentro de ese lote que no responde al archiconocido modelo de atractivo inmediato o deslumbramiento instantáneo, los oddities (del inglés “odd”, raro o extraño) representan un desafío mayúsculo. Eso sí, una vez instalados rinden buenos dividendos. Sin un currículum llamativo, ningún atributo físico destacable, y manejándose con tanto sigilo que ni siquiera le conocemos la voz, Máximo Kirchner es un oddity y como tal está siendo sometido a un proceso de instalación que envidiaría cualquier estudio de Hollywood o empresa de marketing dedicada a posicionar “aspirantes a algo”. Los pasos a seguir son estrictos y en esta oportunidad están siendo respetados con sugerente disciplina. Primero, los oddities nunca son lanzados de golpe al escenario. La regla de oro es introducirlos lentamente, apelando a una estrategia que tiene dos puntas bien definidas: Asociación con alguien ya instalado (Cristina) y pertenencia a un grupo que sirve de frontón (La Cámpora). Mientras la famosa/o asociada/o cumple la función de catalizador capaz de acelerar el proceso de conocimiento masivo, el “club” al que pertenece nos va dando una idea de sus intenciones. Son varias las estrellas que empezaron con un noviazgo arreglado, y a partir de esa base se dedicaron a vender sus biografías. A través de distintas fuentes vamos aprendiendo que Máximo, hombre silencioso y aparentemente desabrido, es capaz de mandar con mano firme a un grupo de chicos pesados. Sólo vemos a sus soldados en acción, él se mantiene en la guarida secreta, esperando el momento de pegar el salto y quedar en el centro de la escena. Semejante nivel de planificación nos conduce al ingrediente fundamental de todo oddity: Misterio. Hay un punto de cocción exacto que no es fácil de manejar. Si sale demasiado rápido del cascarón podría malograrse; si tarda mucho, perder sus cinco minutos de fama. El punto es instalar masivamente la necesidad de conocerlo, presentación que sí o sí deberá administrarse en cómodas cuotas. Nada peor que un oddity corriendo el telón y diciendo “acá estoy” acompañado por una orquesta de adulones. Durante este período crítico de testeo tienen la facultad de fallar, incluso es aconsejable que superen un par de tropiezos ya que su objetivo es dar con la tipología justa, el traje a medida. Las guerras son grandes productoras de oddities. Con lo mejor del lote marchando al campo de batalla, la solución es hurgar en los confines de la segunda línea. El hecho de que Máximo esté siendo macerado para su potencial consumo supone que el oficialismo no da por segura la reforma constitucional que habilitaría a una Cristina eterna y, lo más interesante de todo, que se está alistando para la guerra. @lavidaesbello



En los últimos años Bello se ocupó de brindar al medio y a los medios una imagen diferente. Lo más distinguible es su vocación por la reflexión más allá de los spots. Desde su formación filosófica se permite sobrevolar el discurso publicitario y aportar reflexiones que trascienden el plano de los avisos. Cada uno juzga lo acertado o no de sus pensamientos pero lo que está clara es su vocación de entender y de comunicar.