Amor como en Buenos Aires

6 de noviembre del 2011 | 1 Comentario

Hubiera querido tener una cámara como la gente pero solo tenía mi celular a mano. Vaya aquí el testimonio fotográfico de lo que fue la Marcha del Orgullo Gay, Lésbico, Bisexual y Trans, ayer en la Avenida de Mayo. Allí, cerca de 150.000 personas se congregaron para celebrar la diversidad de género. Una gran fiesta en la que el amor, el respeto y la tolerancia fueron los grandes protagonistas.
Querida Buenos Aires: la verdad que cada día te quiero más.

Cuántos pares son tres botas

3 de noviembre del 2011 | 1 Comentario

Las ví desde la bici y pensé que estaba soñando. De colores, altas, bajas, hermosas. Un centenar de pares de botas nuevas tiradas en la calle, sobre Gorriti, frente a un local de Palermo que parecía recientemente desmontado. Creo que me bajé de la bici aún en movimiento de la emoción que me produjo ver ese montículo de zapatos que a la legua se notaban que eran nuevos. “¡Qué flor de sandalias!” pensaba para mis adentros, mientras las metía en una bolsa. Estaban nuevas, divinas, finas, bajitas, marrones y de cuero, cuero posta. Otras parecidas con taquito chino, y unas grises preciosas, que hasta ya me imaginaba con qué iba a combinarlas. Las botas, otro cantar. Con herrajes, sin herrajes, de cuero, de tela, altas bajas, una cosa de locos.

Detalle. La calle estaba algo oscura, pero por alguna razón me puse a ver las botas con más detenimiento porque la bolsa ya pesaba mucho y yo andaba en bicicleta. Cuestión, que ahí nomás, manifestose una epifanía contundente entre los zapatos.

Todas las botas eran del pie derecho, eran pares incompletos, sin su otro compañero, el izquierdo. Un montón de botas solitarias e inútiles ahí, descangayándose en la basura. Sólo los dos primeros pares de sandalias estaban completos y, únicamente, había una bota de pie izquierdo que, por supuesto, tampoco tenía su compañero.

Más allá de las razones técnicas que pueden haber acabado con esos zapatos en la vereda (posiblemente eran botas de exhibición de vidriera y, tal vez, las botas del pie izquierdos estaban en otro local), el descubrimiento me dejó sentada en esa vereda un buen rato. Me hizo acordar a la breve frustración que transito cuando me despierto, luego de soñar que me gano un premio, con las manos vacías.

Eso.

Pero hay otras formas de ver las cosas. Además de los dos pares de sandalias -que me van a salvar este verano- tomé la única bota izquierda y dos modelos de la derecha y me las traje en la bolsa nomás. En casa se rieron de mí, pero no me importó, yo estaba contenta.

Ya elegí con cuál bota de pie derecho me voy a quedar para hacer juego con su inconexo par izquierdo. Voy a llevar a lo de González, mi zapatero amigo, para cortar, cambiar el cierre y teñir y hacer un par con estas dos. Terminó el invierno, pero yo ya hice mi inversión para el que viene. Pucha que me estoy volviendo sustentable.

Así que bueno, de estas sorpresitas de piñata que Buenos Aires me deja -de tanto en tanto- en la vereda, de esta en particular me viene una reflexión berreta de bar de esquina.Es que así anda la cosa, hay derechas a las que les faltan sus izquierdas y hay rotos que siguen, incansablemente, tratando de encontrar a sus descosidos.

 

Sobre las garrapiñadas y la ausencia de certezas

26 de octubre del 2011 | 2 Comentarios

Me quedé un rato mirando al señor que vende garrapiñadas, ahí, en su soledad de esquina revolviendo sin pausa, acomodando las bolsitas con una prolija austeridad de carrito. Mientras tanto, yo me iba hundiendo, de a poquito, en una foto que tiene más gusto a invierno que a esta caprichosa primavera. Compré un paquete, lo tomé del carrito, pero al segundo el señor me ofreció cambiarlo por otro que estaba de la pila de bolsitas recién hechas y aún calientes. Un gesto simple pero certero que hizo que, inmediatamente, el vendedor y yo intercambiemos sonrisas. Es que lo dulce y tibio, aunque pequeño, siempre trae alegría.

Hay días, como este, en el que Buenos Aires me parece tan nueva, tan desconocida que, hasta lo más estúpido, lo que siempre ha estado ahí, me provoca una extraña sorpresa. De Almagro a Congreso en bicicleta por Avenida Corrientes, esquivo la furia motorizada, esquivo a un hombre vestido de Bob Esponja, y voy zigzagueo los bordes angulosos del pavimento mirando la ciudad sin necesidad de ventanillas. Como si en cada pedaleada me fuera quitando el sabor amargo de la rutina, de lo previsible, como si el pasado pudiera quedar atrás después de cruzar el semáforo. Pero no.
Tejo y destejo el entramado de hechos recientes. Lo que uno piensa, lo que los demás piensan, lo que uno cree que los demás piensan, lo que los otros creen que nosotros pensamos. Eso. Lo complejo que se vuelve todo cuando intentamos analizar las interpretaciones propias y ajenas, buscar coincidencias para actuar en consecuencia y fallar, una y otra vez, en el intento. De un tiempo a esta parte, lo no dicho, lo que solo se basa en gestos, actitudes o miradas, me inunda de cuestionamientos y conjeturas que rara vez son ciertos. Yo prefiero lo concreto, la palabra, pero resulta que la palabra también deja lugar a dudas, sobre todo la palabra escrita sin respuesta.

Nada, eso.

Y ya sé que estos post son pensamientos inconexos, como un álbum de fotos desordenado, como un cajón revuelto, como una góndola de un supermercado armada por un repositor con Alzheimer. Es que esa soy yo también, una que, huérfana de brújula, se lanza a la escritura de estos textos sin nunca tener muy en claro cómo van a empezar pero con la certeza de que, inevitablemente, al igual que todo en la vida, tendrán un final.
No estoy ni deprimida, ni vivo en una fiesta, estoy así yo, inconexa.