Las ví desde la bici y pensé que estaba soñando. De colores, altas, bajas, hermosas. Un centenar de pares de botas nuevas tiradas en la calle, sobre Gorriti, frente a un local de Palermo que parecía recientemente desmontado. Creo que me bajé de la bici aún en movimiento de la emoción que me produjo ver ese montículo de zapatos que a la legua se notaban que eran nuevos. “¡Qué flor de sandalias!” pensaba para mis adentros, mientras las metía en una bolsa. Estaban nuevas, divinas, finas, bajitas, marrones y de cuero, cuero posta. Otras parecidas con taquito chino, y unas grises preciosas, que hasta ya me imaginaba con qué iba a combinarlas. Las botas, otro cantar. Con herrajes, sin herrajes, de cuero, de tela, altas bajas, una cosa de locos.
Detalle. La calle estaba algo oscura, pero por alguna razón me puse a ver las botas con más detenimiento porque la bolsa ya pesaba mucho y yo andaba en bicicleta. Cuestión, que ahí nomás, manifestose una epifanía contundente entre los zapatos.
Todas las botas eran del pie derecho, eran pares incompletos, sin su otro compañero, el izquierdo. Un montón de botas solitarias e inútiles ahí, descangayándose en la basura. Sólo los dos primeros pares de sandalias estaban completos y, únicamente, había una bota de pie izquierdo que, por supuesto, tampoco tenía su compañero.
Más allá de las razones técnicas que pueden haber acabado con esos zapatos en la vereda (posiblemente eran botas de exhibición de vidriera y, tal vez, las botas del pie izquierdos estaban en otro local), el descubrimiento me dejó sentada en esa vereda un buen rato. Me hizo acordar a la breve frustración que transito cuando me despierto, luego de soñar que me gano un premio, con las manos vacías.
Eso.
Pero hay otras formas de ver las cosas. Además de los dos pares de sandalias -que me van a salvar este verano- tomé la única bota izquierda y dos modelos de la derecha y me las traje en la bolsa nomás. En casa se rieron de mí, pero no me importó, yo estaba contenta.
Ya elegí con cuál bota de pie derecho me voy a quedar para hacer juego con su inconexo par izquierdo. Voy a llevar a lo de González, mi zapatero amigo, para cortar, cambiar el cierre y teñir y hacer un par con estas dos. Terminó el invierno, pero yo ya hice mi inversión para el que viene. Pucha que me estoy volviendo sustentable.
Así que bueno, de estas sorpresitas de piñata que Buenos Aires me deja -de tanto en tanto- en la vereda, de esta en particular me viene una reflexión berreta de bar de esquina.Es que así anda la cosa, hay derechas a las que les faltan sus izquierdas y hay rotos que siguen, incansablemente, tratando de encontrar a sus descosidos.