De por qué no como aguacates ni fui jamás a Chascomús

6 de mayo del 2010 | 6 Comentarios

Como muchas mujeres, de a ratos me asumo histérica y cero contemplativa. En esos días, soy capaz de esgrimir algunos prejuicios de lo más incoherentes y snobs. En este caso, vengo a compartirles mis “preconceptos auditivos”, enteramente relacionados con cómo suena determinada palabra.

A saber:

-       No me gustaría vivir en las calles Cucha Cucha, Carabobo ni Pichincha

-       Como palta y no aguacate

-       Detestaba sentarme en los pupitres del colegio

-       Me entristece que un animal tan lindo como el conejo, de pequeño adopte el nombre de gazapo

-       Nunca estuve en Chascomús

-       No tengo juanetes

-       Me niego a pensar que el desodorante es para los sobacos

-       No distingo entre una finca y una chacra

-       Les tengo terror a las vinchucas y a las anguilas

-       No remojo la ropa en la palangana

-       Jamás comí caracú ni picaña y detesto la ricota

-       Soy fan de los burletes y detractora de los chifletes

- No conozco a nadie que viva en Aldo Bonzi, Mataderos o Villa Caraza

Y, por sobre todas las cosas, me da un tremendo escalofrío la palabra membrana, por lo cual en el último tiempo he decidido usarla para denominar a todos aquellos seres maleducados, desubicados e irritantes que pueblan tanto el mundo como los posts de este blog.

Ser peatón apesta

19 de abril del 2010 | 7 Comentarios

Después de dos semanas con el auto en el taller, la afirmación es categórica: ser peatón es lo menos de lo menos. Sí, está bueno caminar cuando se lo hace por elección, ya sea por placer o porque el lugar al que vamos está lo suficientemente cerca, pero el tema cambia radicalmente cuando la cuestión no se limita a caminar sino que además hay que hacer uso de otro tipo de transporte. Así, con las tarifas de los taxis por las nubes y luego de comprobar que tres viajes en un día me sumaban $85 escurridos entre las manos, decidí recurrir a mi máximo enemigo: los colectivos.

Si desde arriba del auto los detesto, no les puedo explicar lo que me generan cuando debo estar sentada –con suerte- y calladita frente a sus frenadas abruptas, maniobras innecesarias y verborragia de insultos. Me saca de quicio que no contesten el saludo, que no les importe arrancar aún cuando haya gente colgando de la puerta, que frenen y aceleren con la sutileza de un camello y que pretendan que el pasajero descienda estando a 20 metros del cordón y con el vehículo aún en marcha. Sé que siempre hay excepciones a la regla, pero de los cerca de 25 colectivos utilizados por estos días, el 90% de sus conductores entraría sin problemas en esta lista endemoniada.

Ajeno al mal manejo, por otro lado, se suma el tema de la espera. Quien les escribe, malcriada confesa, jamás había caído en la cuenta del enorme tiempo que se pierde realizando estas travesías.  Mis cálculos siempre se reducen a salir de donde esté con unos 20 o 25 minutos de anticipación, y, salvo que me encuentre con un enjambre de tránsito o que me cueste encontrar lugar para estacionar, me jacto de ser la reina de la puntualidad. El uso del colectivo, sin embargo, me descolocó. Al extendido tiempo del recorrido laberíntico se le suma la espera en la parada, casi imposible de preveer. Porque claro, por razones que sólo Murphy entendería, a los ómnibus de esta ciudad se les ha dado por moverse siempre en patota, como haciéndose compañía mutua. De ese modo, o llegan todos juntos en un solo semáforo o nos encontramos en un vacío existencial de varias decenas de minutos.

Los días de lluvia, por su parte, son el colmo de los colmos. Sea uno usuario o no, nadie está exento de las salpicaduras que estos enormes vehículos generan en cada una de sus frenadas. O ni siquiera; en ocasiones el manejo furioso por una curva un poco anegada será suficiente para dejar a un pobre peatón empapado hasta la médula y con el insulto atragantado. Los paraguas inmensos y las paradas sin techo son sólo algunos de los otros derivados de la lluvia como tortura cotidiana.

Finalmente, entran en acción los propios pasajeros. En tanto algunos son muy educados y correctos en su comportamiento social, existen otros absolutamente intolerables. Aquellos que hablan por teléfono a los gritos, por ejemplo, ¿qué necesidad tienen de que el resto de entere de dónde estuvieron el sábado a la noche o qué factura va a ir a buscar el cadete a la oficina? A los que se quedan parados junto a la puerta trasera, aún cuando falten 58 cuadras para su parada, con gusto los correría de un codazo, y marche también un empujón para aquellos que no entienden el concepto de circular y aprovechar mejor el espacio.

No me gustan, no los soporto y los evito todo lo que puedo. Sé que siempre habrá ocasiones en las que me sean híper útiles y agradezca su existencia, pero estoy segura de que, a menos que aleccionemos al mundo un colectivo –combo colectivero + pasajeros- a la vez, serán muchos los que seguirán estando de acuerdo conmigo y despotricarán en voz baja mientras cuentan las monedas y esperan en la parada…

Flagelos domésticos

4 de abril del 2010 | 11 Comentarios

Sucede en las mejores familias. Casi sin que se lo note, de pronto algún portarretratos cambiado de estante o un cenicero en el otro extremo de la mesa ratona dan los primeros indicios. Flagelo cotidiano y escondido, existe un tipo de empleada doméstica que no sólo ordena, sino que además se le da por decorar.

No importa si son “con cama” o si sólo vienen una vez por semana, aquellas que tienen la compulsión jamás pierden oportunidad de despuntar el vicio. Así, los apuntes de la facultad del hijo mayor quedarán guardados en el fondo de algún cajón inhallable, las corbatas del marido irán a parar a la mesa de luz y las cremas del botiquín verán la luz del día sentadas y a la vista en la bacha del baño. Destino similar correrán las muñecas de alguna niña menor, otrora guardadas en un arcón y ahora en perfecto despliegue sobre la cama. El living, por su parte, es otro territorio fructífero para nuestro especimen en estudio. Repleto de objetos factibles de movilizarse en pequeñas tandas, cual soldaditos de guerra, representa el mayor universo de creación posible de toda mucama. Un cuadrito por aquí, un libro por allá, un florero que se vacía y otro que se llena son apenas detalles en su amplísima baraja de opciones, que en ocasiones puede incluir un cambio de lugar de los sillones al compás del rítmico ruido de la aspiradora.

Ahora bien, ¿cuál es el sentido detrás de todo esto? ¿Qué pretenden, qué buscan? Aún no lo sabemos, pero entre algunas amigas hemos arribado a diferentes teorías. Las más solidarias sostienen que estos hechos son apenas desvíos en el plan de la limpieza, como si, al querer limpiar todo el estante, la chica sin querer moviera algunos adornos y después no supiera donde va cada cuál. Otras lo ven como un acto de placer estético, como algo que las excede y “les nace de adentro”. “¡Es su pequeño aporte al mundo!”, se emociona mi amiga L. Las más sospechosas lo ven como un desquite ante el hecho de tener que limpiar lo que nosotros nos negamos a, especie de castigo invisible. Y las últimas, suertudas intachables, se encogen de hombros y sostienen que a ellas jamás les ha pasado y que siempre contaron con muchachas impecables, prolijas y sumamente respetuosas del orden –o desorden- ajeno. ¿Mi postura? Aún no me decido. Oscilo entre el genuino descuido y un real interés por mejorar la decoración de la casa. Del modo que sea, sigo divirtiéndome cada vez que encuentro los palos de golf de mi novio decorando el hall de entrada junto al paragüero, o mis zapatos de taco más alto asomando en filita desde debajo de la cama…