Después de dos semanas con el auto en el taller, la afirmación es categórica: ser peatón es lo menos de lo menos. Sí, está bueno caminar cuando se lo hace por elección, ya sea por placer o porque el lugar al que vamos está lo suficientemente cerca, pero el tema cambia radicalmente cuando la cuestión no se limita a caminar sino que además hay que hacer uso de otro tipo de transporte. Así, con las tarifas de los taxis por las nubes y luego de comprobar que tres viajes en un día me sumaban $85 escurridos entre las manos, decidí recurrir a mi máximo enemigo: los colectivos.
Si desde arriba del auto los detesto, no les puedo explicar lo que me generan cuando debo estar sentada –con suerte- y calladita frente a sus frenadas abruptas, maniobras innecesarias y verborragia de insultos. Me saca de quicio que no contesten el saludo, que no les importe arrancar aún cuando haya gente colgando de la puerta, que frenen y aceleren con la sutileza de un camello y que pretendan que el pasajero descienda estando a 20 metros del cordón y con el vehículo aún en marcha. Sé que siempre hay excepciones a la regla, pero de los cerca de 25 colectivos utilizados por estos días, el 90% de sus conductores entraría sin problemas en esta lista endemoniada.
Ajeno al mal manejo, por otro lado, se suma el tema de la espera. Quien les escribe, malcriada confesa, jamás había caído en la cuenta del enorme tiempo que se pierde realizando estas travesías. Mis cálculos siempre se reducen a salir de donde esté con unos 20 o 25 minutos de anticipación, y, salvo que me encuentre con un enjambre de tránsito o que me cueste encontrar lugar para estacionar, me jacto de ser la reina de la puntualidad. El uso del colectivo, sin embargo, me descolocó. Al extendido tiempo del recorrido laberíntico se le suma la espera en la parada, casi imposible de preveer. Porque claro, por razones que sólo Murphy entendería, a los ómnibus de esta ciudad se les ha dado por moverse siempre en patota, como haciéndose compañía mutua. De ese modo, o llegan todos juntos en un solo semáforo o nos encontramos en un vacío existencial de varias decenas de minutos.
Los días de lluvia, por su parte, son el colmo de los colmos. Sea uno usuario o no, nadie está exento de las salpicaduras que estos enormes vehículos generan en cada una de sus frenadas. O ni siquiera; en ocasiones el manejo furioso por una curva un poco anegada será suficiente para dejar a un pobre peatón empapado hasta la médula y con el insulto atragantado. Los paraguas inmensos y las paradas sin techo son sólo algunos de los otros derivados de la lluvia como tortura cotidiana.
Finalmente, entran en acción los propios pasajeros. En tanto algunos son muy educados y correctos en su comportamiento social, existen otros absolutamente intolerables. Aquellos que hablan por teléfono a los gritos, por ejemplo, ¿qué necesidad tienen de que el resto de entere de dónde estuvieron el sábado a la noche o qué factura va a ir a buscar el cadete a la oficina? A los que se quedan parados junto a la puerta trasera, aún cuando falten 58 cuadras para su parada, con gusto los correría de un codazo, y marche también un empujón para aquellos que no entienden el concepto de circular y aprovechar mejor el espacio.
No me gustan, no los soporto y los evito todo lo que puedo. Sé que siempre habrá ocasiones en las que me sean híper útiles y agradezca su existencia, pero estoy segura de que, a menos que aleccionemos al mundo un colectivo –combo colectivero + pasajeros- a la vez, serán muchos los que seguirán estando de acuerdo conmigo y despotricarán en voz baja mientras cuentan las monedas y esperan en la parada…