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	<title>Caramelos ácidos</title>
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		<title>De por qué no como aguacates ni fui jamás a Chascomús</title>
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		<pubDate>Thu, 06 May 2010 13:54:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Como muchas mujeres, de a ratos me asumo histérica y cero contemplativa. En esos días, soy capaz de esgrimir algunos prejuicios de lo más incoherentes y snobs. En este caso, vengo a compartirles mis “preconceptos auditivos”, enteramente relacionados con cómo suena determinada palabra. A saber: -       No me gustaría vivir en las calles Cucha Cucha, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como muchas mujeres, de a ratos me asumo histérica y cero contemplativa. En esos días, soy capaz de esgrimir algunos prejuicios de lo más incoherentes y snobs. En este caso, vengo a compartirles mis “preconceptos auditivos”, enteramente relacionados con cómo suena determinada palabra.</p>
<p>A saber:</p>
<p>-       No me gustaría vivir en las calles <em>Cucha Cucha, Carabobo</em> ni <em>Pichincha</em></p>
<p>-       Como palta y no <em>aguacate</em></p>
<p>-       Detestaba sentarme en los <em>pupitres</em> del colegio</p>
<p>-       Me entristece que un animal tan lindo como el conejo, de pequeño adopte el nombre de <em>gazapo</em></p>
<p>-       Nunca estuve en <em>Chascomús </em></p>
<p>-       No tengo <em>juanetes</em></p>
<p>-       Me niego a pensar que el desodorante es para los <em>sobacos</em></p>
<p>-       No distingo entre una finca y una <em>chacra</em></p>
<p>-       Les tengo terror a las <em>vinchucas </em>y a las <em>anguilas</em></p>
<p>-       No remojo la ropa en la <em>palangana</em></p>
<p>-       Jamás comí <em>caracú</em> ni <em>picaña </em>y detesto la <em>ricota</em></p>
<p>-       Soy fan de los burletes y detractora de los <em>chifletes</em></p>
<p><em>- </em>No conozco a nadie que viva en <em>Aldo Bonzi</em>, <em>Mataderos </em>o <em>Villa Caraza</em></p>
<p>Y, por sobre todas las cosas, me da un tremendo escalofrío la palabra <em>membrana</em>, por lo cual en el último tiempo he decidido usarla para denominar a todos aquellos seres maleducados, desubicados e irritantes que pueblan tanto el mundo como los posts de este blog.</p>
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		<title>Ser peatón apesta</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Apr 2010 16:07:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Después de dos semanas con el auto en el taller, la afirmación es categórica: ser peatón es lo menos de lo menos. Sí, está bueno caminar cuando se lo hace por elección, ya sea por placer o porque el lugar al que vamos está lo suficientemente cerca, pero el tema cambia radicalmente cuando la cuestión [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Después de dos semanas con el auto en el taller, la afirmación es categórica: ser peatón es lo menos de lo menos. Sí, está bueno caminar cuando se lo hace por elección, ya sea por placer o porque el lugar al que vamos está lo suficientemente cerca, pero el tema cambia radicalmente cuando la cuestión no se limita a caminar sino que además hay que hacer uso de otro tipo de transporte. Así, con las tarifas de los taxis por las nubes y luego de comprobar que tres viajes en un día me sumaban $85 escurridos entre las manos, decidí recurrir a mi máximo enemigo: los colectivos.</p>
<p>Si desde arriba del auto los detesto, no les puedo explicar lo que me generan cuando debo estar sentada –con suerte- y calladita frente a sus frenadas abruptas, maniobras innecesarias y verborragia de insultos. Me saca de quicio que no contesten el saludo, que no les importe arrancar aún cuando haya gente colgando de la puerta, que frenen y aceleren con la sutileza de un camello y que pretendan que el pasajero descienda estando a 20 metros del cordón y con el vehículo aún en marcha. Sé que siempre hay excepciones a la regla, pero de los cerca de 25 colectivos utilizados por estos días, el 90% de sus conductores entraría sin problemas en esta lista endemoniada.</p>
<p>Ajeno al mal manejo, por otro lado, se suma el tema de la espera. Quien les escribe, malcriada confesa, jamás había caído en la cuenta del enorme tiempo que se pierde realizando estas travesías.  Mis cálculos siempre se reducen a salir de donde esté con unos 20 o 25 minutos de anticipación, y, salvo que me encuentre con un enjambre de tránsito o que me cueste encontrar lugar para estacionar, me jacto de ser la reina de la puntualidad. El uso del colectivo, sin embargo, me descolocó. Al extendido tiempo del recorrido laberíntico se le suma la espera en la parada, casi imposible de preveer. Porque claro, por razones que sólo Murphy entendería, a los ómnibus de esta ciudad se les ha dado por moverse siempre en patota, como haciéndose compañía mutua. De ese modo, o llegan todos juntos en un solo semáforo o nos encontramos en un vacío existencial de varias decenas de minutos.</p>
<p>Los días de lluvia, por su parte, son el colmo de los colmos. Sea uno usuario o no, nadie está exento de las salpicaduras que estos enormes vehículos generan en cada una de sus frenadas. O ni siquiera; en ocasiones el manejo furioso por una curva un poco anegada será suficiente para dejar a un pobre peatón empapado hasta la médula y con el insulto atragantado. Los paraguas inmensos y las paradas sin techo son sólo algunos de los otros derivados de la lluvia como tortura cotidiana.</p>
<p>Finalmente, entran en acción los propios pasajeros. En tanto algunos son muy educados y correctos en su comportamiento social, existen otros absolutamente intolerables. Aquellos que hablan por teléfono a los gritos, por ejemplo, ¿qué necesidad tienen de que el resto de entere de dónde estuvieron el sábado a la noche o qué factura va a ir a buscar el cadete a la oficina? A los que se quedan parados junto a la puerta trasera, aún cuando falten 58 cuadras para su parada, con gusto los correría de un codazo, y marche también un empujón para aquellos que no entienden el concepto de circular y aprovechar mejor el espacio.</p>
<p>No me gustan, no los soporto y los evito todo lo que puedo. Sé que siempre habrá ocasiones en las que me sean híper útiles y agradezca su existencia, pero estoy segura de que, a menos que aleccionemos al mundo un colectivo –combo colectivero + pasajeros- a la vez, serán muchos los que seguirán estando de acuerdo conmigo y despotricarán en voz baja mientras cuentan las monedas y esperan en la parada&#8230;</p>
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		<title>Flagelos domésticos</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Apr 2010 20:10:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Sucede en las mejores familias. Casi sin que se lo note, de pronto algún portarretratos cambiado de estante o un cenicero en el otro extremo de la mesa ratona dan los primeros indicios. Flagelo cotidiano y escondido, existe un tipo de empleada doméstica que no sólo ordena, sino que además se le da por decorar. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sucede en las mejores familias. Casi sin que se lo note, de pronto algún portarretratos cambiado de estante o un cenicero en el otro extremo de la mesa ratona dan los primeros indicios. Flagelo cotidiano y escondido, existe un tipo de empleada doméstica que no sólo ordena, sino que además se le da por <em>decorar</em>.</p>
<p>No importa si son “con cama” o si sólo vienen una vez por semana, aquellas que tienen la compulsión jamás pierden oportunidad de despuntar el vicio. Así, los apuntes de la facultad del hijo mayor quedarán guardados en el fondo de algún cajón inhallable, las corbatas del marido irán a parar a la mesa de luz y las cremas del botiquín verán la luz del día sentadas y a la vista en la bacha del baño. Destino similar correrán las muñecas de alguna niña menor, otrora guardadas en un arcón y ahora en perfecto despliegue sobre la cama. El living, por su parte, es otro territorio fructífero para nuestro especimen en estudio. Repleto de objetos factibles de movilizarse en pequeñas tandas, cual soldaditos de guerra, representa el mayor universo de creación posible de toda mucama. Un cuadrito por aquí, un libro por allá, un florero que se vacía y otro que se llena son apenas detalles en su amplísima baraja de opciones, que en ocasiones puede incluir un cambio de lugar de los sillones al compás del rítmico ruido de la aspiradora.</p>
<p>Ahora bien, ¿cuál es el sentido detrás de todo esto? ¿Qué pretenden, qué buscan? Aún no lo sabemos, pero entre algunas amigas hemos arribado a diferentes teorías. Las más solidarias sostienen que estos hechos son apenas desvíos en el plan de la limpieza, como si, al querer limpiar todo el estante, la chica sin querer moviera algunos adornos y después no supiera donde va cada cuál. Otras lo ven como un acto de placer estético, como algo que las excede y “les nace de adentro”. “¡Es su pequeño aporte al mundo!”, se emociona mi amiga L. Las más sospechosas lo ven como un desquite ante el hecho de tener que limpiar lo que nosotros nos negamos a, especie de castigo invisible. Y las últimas, suertudas intachables, se encogen de hombros y sostienen que a ellas jamás les ha pasado y que siempre contaron con muchachas impecables, prolijas y sumamente respetuosas del orden –o desorden- ajeno. ¿Mi postura? Aún no me decido. Oscilo entre el genuino descuido y un real interés por mejorar la decoración de la casa. Del modo que sea, sigo divirtiéndome cada vez que encuentro los palos de golf de mi novio decorando el hall de entrada junto al paragüero, o mis zapatos de taco más alto asomando en filita desde debajo de la cama…</p>
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		<title>De manual</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Mar 2010 20:00:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Un casamiento ineludible este fin de semana lo logró. Aún a pesar de todos mis votos y promesas, de viejos juramentos y experiencias pasadas, volví a pisar un shopping un día no laboral. Para peor, ni siquiera un día de fin de semana, sino un feriado caído en miércoles. ¿El resultado? Un hervidero. Paseo Alcorta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un casamiento ineludible este fin de semana lo logró. Aún a pesar de todos mis votos y promesas, de viejos juramentos y experiencias pasadas, volví a pisar un shopping un día no laboral. Para peor, ni siquiera un día de fin de semana, sino un feriado caído en miércoles.</p>
<p>¿El resultado? Un hervidero. Paseo Alcorta estaba repleto de madres, padres, abuelos, tías, grupitos de adolescentes y sobre todo niños, muchos niños decididos a soltarse de los brazos de sus progenitores y corretear por ahí, colándose entre las piernas de cualquier transeúnte distraído. Para muchos, estas personas y su posterior comportamiento suelen recibir el mote de “mirandas”. Porque claro, miran y andan, sí, pero jamás compran. Son aquellos que, aburridos una tarde de sábado, no tienen mejor programa que “ir a dar una vuelta por el shopping”. Y allá van con sus cochecitos gigantes a plantarse en el medio del pasillo, a llenar probadores “para ver cómo queda” y a revolver perchas por el simple gusto del tacto. Y si la tienda en cuestión fuera Zara, otro de los mayores propósitos sería dar vuelta la pila de ropa que la vendedora acaba de doblar y ordenar por quincuagésima vez en el día.</p>
<p>Para aquellos que limitamos nuestras incursiones al shopping a la verdadera intención de compra y a necesidades específicas (bueno, sí, tómenme entre comillas la cuestión de necesidades), esta gente es una tortura. Sin saber lo que buscan, miran todo a la vez e invaden cuanto espacio personal se les cruce. Hace algún tiempo, recuerdo haber leído a Beatriz Sarlo hablar sobre cómo el mismo espacio de un centro comercial se dibuja y reinterpreta acorde sus visitantes, días y horarios.  Así, quienes gustan de pasearse sin más propósitos de compra que un cono de vainilla saben que el territorio es completamente suyo –suyo y de sus pares-, todo sábado, domingo o feriado del año. Al resto, cualquier tarde azarosa de lunes nos hará el favor. Y ayer, resignada esperando por mi talle de zapatos junto a una señora que, sin pudor alguno, le daba de mamar a plena vista de todos a su chiquita de dos años, pensé que me lo tenía merecido. Recordé el instante preciso de esa mañana en el que miré por la ventana y, ante el sol radiante y el clima perfecto, saqué a relucir una ingenuidad desconocida y juzgué que nadie sería tan idiota como para encerrarse en un shopping un día así.</p>
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		<title>Impiadosa</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Mar 2010 22:08:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[En ocasiones, me bastan unos pocos minutos para catalogar a una persona. Un pequeño gesto, un silencio incómodo o alguna actitud desatenta me son suficientes para enviar a alguien a mi infierno personal. Y si, como alguien alguna vez me dijo, el infierno de cada uno está hecho de aquello que más odiamos, el mío, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En ocasiones, me bastan unos pocos minutos para catalogar a una persona. Un pequeño gesto, un silencio incómodo o alguna actitud desatenta me son suficientes para enviar a alguien a mi infierno personal. Y si, como alguien alguna vez me dijo, el infierno de cada uno está hecho de aquello que más odiamos, el mío, además de tener sus paredes empapeladas con las basuritas que quedan en la rejilla después de lavar los platos, seguramente estará poblado de seres como los que a continuación describo:</p>
<p>-       Los que se suenan la nariz y son capaces de dejar el papel tirado en cualquier lado, sea el asiento del taxi o la mesa del restaurant</p>
<p>-        Los que tratan mal a los empleados. Sea un mozo, un cajero o el cadete que trajo el sobre a la oficina, me desesperan aquellos que confunden el concepto de servicio con el de esclavitud</p>
<p>-       Los típicos que entran apurados a algún lugar donde se atiende por turno y van derecho al mostrador e intentan convencer a la empleada de que lo suyo es <em>rapidísimo y súper fácil, dejé el auto en doble fila y no va a tomar más de dos minutos</em></p>
<p>-       Mejor ni hablar de los que tiran papeles al suelo, ¿no? Creo que lo que menos soporto es el gestito de grandilocuencia, ese “hago lo que quiero y me importa un diablo el resto del mundo”. Y los que los tiran desde los autos merecen doble multa</p>
<p>-       Las mujeres que, al momento de pagar la cuenta de un restaurant, aprovechan para vaciar su cartera y comenzar una limpieza de la misma. Así, terminan dejando a resguardo de la moza una cantidad inédita de papelitos, bollitos, paquetes de cigarrillos y demás basuras que no corresponden en otro lugar que no sea el tacho de sus casas</p>
<p>-       Finalmente, los malditos que uno puede ver fumando en el auto con sus chicos a bordo, sin tapujos ni pudores, o los que los llevan sin cinturón de seguridad y permitiendo que saquen la cabeza por la ventanilla cual perro en bote</p>
<p>Hasta aquí, unos pocos ejemplos. El comportamiento humano da para mucho, y seguramente mi infierno también. Ampliaremos.</p>
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		<title>Si es gratis, lo quiero</title>
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		<pubDate>Thu, 11 Mar 2010 18:31:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Hipermercado palermitano, 6 de la tarde de un sábado. En el colorido espacio de la verdulería, entre góndolas repletas de ananás y bananas, una multitud se agolpa. Señoras, niños, padres, abuelos y carritos se amontonan formando un círculo apretado, ocupando apenas unos pocos metros del enorme espacio que el local ofrece. Al acercarse un poco [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://blogs.perfil.com/caramelosacidos/files/2010/03/sandia-sandia2.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-64" title="sandia sandia" src="http://blogs.perfil.com/caramelosacidos/files/2010/03/sandia-sandia2-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /></a>Hipermercado palermitano, 6 de la tarde de un sábado.</p>
<p>En el colorido espacio de la verdulería, entre góndolas repletas de ananás y bananas, una multitud se agolpa. Señoras, niños, padres, abuelos y carritos se amontonan formando un círculo apretado, ocupando apenas unos pocos metros del enorme espacio que el local ofrece. Al acercarse un poco más, se aprecia la actitud de la gente: están esperando. Con las manos extendidas y en estado de (im)paciencia general, aguardan y observan con atención. En el centro, con expresión confundida y algo transpirada, una joven de uniforme azul y gorrito de cocinero blanco mueve sus brazos frenéticamente. Sobre una mesa repleta de vasos, la chica está demostrando el funcionamiento de una de esas jugueras mágicas, capaces de procesar en un suspiro un coco, un durazno y tres paltas y convertir todo en un elixir de los dioses. Ella corta, mete, tapa, aprieta un botón y el líquido (en este caso una combinación de sandías y peras) comienza a verterse en un vaso. Y ahí sí, las manos se enajenan y se superponen, tratando de ganarle la pulseada al de al lado y obtener antes que nadie el vaso propio, blanco y de plástico, repleto de algo espeso y amarronado. De pronto, un señor de jean y remera verde emerge del tumulto. Con una sonrisa de par en par, observa complacido su vasito lleno. Su mujer, de vestido floreado y parada al lado, enseguida le pregunta: <em>¿Y? ¿está rico? </em>El señor bebe un trago y vuelve a sonreír. Se alza de hombros y musita un <em>séh… qué se yo. </em>Ella asiente y ambos salen de escena, empujando un carrito semi lleno, donde no hay lugar para la juguera ni la fruta, ni intención de compra alguna.</p>
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		<title>La historia de la doncella engañada y el seductor de artificio</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Mar 2010 14:10:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Voy a contarles una historia. Hace algunas semanas, un editor de una publicación muy reconocida invitó a salir a una bella señorita de ojos claros y risa contagiosa. Hacía semanas que venían hablando por distintos medios virtuales, y si bien jamás se habían visto personalmente -apenas algunas fotos en Facebook y MSN-, una charla de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Voy a contarles una historia.</p>
<p>Hace algunas semanas, un editor de una publicación muy reconocida invitó a salir a una bella señorita de ojos claros y risa contagiosa. Hacía semanas que venían hablando por distintos medios virtuales, y si bien jamás se habían visto personalmente -apenas algunas fotos en Facebook y MSN-, una charla de lo más amena los incitó a buscar el cara a cara. Establecidas las ganas mutuas, entonces, coordinaron día y horario y el señor en cuestión la pasó a buscar. En un bar con ambiente divertido y buenos tragos, pasaron algunas horas investigando e inquiriéndose sobre distintos temas, en el clásico testeo de química que hace toda pareja en una primera cita. Al momento de la cuenta, sin embargo, algo pareció romperse: el hombre sacó su billetera, depositó un billete de $20 sobre la mesa y la volvió a guardar. La señorita, algo azorada pero de rápida respuesta, sacó la propia y pagó lo suyo. El resto fue un regreso no del todo animado, y una ida a dormir en la que nuestra protagonista no pudo más que llegar a la conclusión de que él no había estado interesado, y aquella era su forma de hacérselo saber.</p>
<p>Grande fue su sorpresa, sin embargo, cuando algunos días después la invitación se repitió. Superado el prejuicio y con las cartas otras vez sobre la mesa, la chica decidió delinear  una estrategia que le permitiera saber donde estaba parada. Ya arriba del auto y apenas a dos cuadras del lugar elegido para tomar algo, dejó escapar un acongojado <em>¡ay! me olvidé de pasar por un cajero y estoy con cero efectivo&#8230; </em>Por desgracia, el retruco llegó inmediato: <em>te llevo a uno</em>. Campante y desatinado en partes iguales, el señor la acercó hasta el banco más cercano, la dejó en la esquina y la esperó en el auto. Y mientras mi amiga dudaba entre sentir lástima de sí misma o huir por la otra cuadra, el chico se reclinaba en su asiento y saboreaba de antemano lo que se pediría en el bar. Pero ella volvió y la historia siguió, y algunas horas más tarde los encontraron acodados en una nueva barra. Tras charlas y charlas y ni un solo beso, la cuenta volvió a irrumpir en escena, parodiando la historia otra vez. En este caso, el editor la escudriñó en silencio, y, antes incluso de sacar su billetera del bolsillo, sentenció: <em>lo tuyo son $27. </em>La señorita suspiró bajito y aportó lo suyo, chistando de lo lindo por dentro y aduciendo en voz alta un gran dolor de cabeza y una necesidad urgente de retornar a su hogar. En la puerta de su casa, sin embargo, se tomó la revancha. Frente al inefable <em>me quedé con ganas de conocer tu depto </em>que dejó caer el muchacho, ella no pudo más que reaccionar desde lo más hondo y acompañar su mirada gélida con un <em>¿y qué cuernos te hizo pensar que lo ibas a conocer? </em>Silencio total, portazo y caída del telón.</p>
<p>Desde entonces a hoy, mensajes de texto varios, mails intermitentes y una nueva invitación. Desde el lado de mi amiga, la más absoluta indiferencia. Yo me pregunto entonces, ¿estamos erradas nosotras o este señor es un grandísimo idiota? No quisiera pecar de machista, pero soy de las que creen que, al menos en la primera salida, al hombre le corresponde pagar. Y ni hablar si la invitación vino de su lado&#8230; Parafraseando a la señorita de ojos claros: <em>A ver, flaco, seguro cobrás el doble que yo, asumís una década por encima de la mía, ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿COMO EN LA PRIMERA CITA ME VAS A DECIR &#8220;lo tuyo son $20&#8243;??????????????? </em></p>
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		<title>Por deporte</title>
		<link>http://blogs.perfil.com/caramelosacidos/2010/02/23/por-deporte/</link>
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		<pubDate>Tue, 23 Feb 2010 18:06:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[No entiendo a las mujeres que detestan a las modelos. Ya sea por bronca, rencor o simple y pura envidia, no comprendo ese afán por escudriñar a alguien de pies a cabeza con el único fin de encontrarle un defecto. Me aburren un poco esas mujeres que, después de haberse cruzado con alguna modelo o actriz en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://blogs.perfil.com/caramelosacidos/files/2010/02/fragm2.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-52" title="fragm2" src="http://blogs.perfil.com/caramelosacidos/files/2010/02/fragm2-300x226.jpg" alt="" width="300" height="226" /></a>No entiendo a las mujeres que detestan a las modelos. Ya sea por bronca, rencor o simple y pura envidia, no comprendo ese afán por escudriñar a alguien de pies a cabeza con el único fin de encontrarle un defecto. Me aburren un poco esas mujeres que, después de haberse cruzado con alguna modelo o actriz en la vida real, se hacen las interesantes y sentencian cosas como <em>&#8220;en persona no es tan flaca&#8221; </em>o <em>&#8220;yo la vi de cerca y no sabés las patas de gallo que tiene&#8221;</em>. ¿Qué es lo que las hace sacar las garras y generar ese ánimo de crítica insidiosa? ¿Es una regla general de las mujeres o son sólo algunos casos malignos? No sé y no lo entiendo. Después de todo, si la regla general cataloga a las modelos como tontas, al menos sería justo dejarles en pie lo real de su belleza&#8230;</p>
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		<title>Manual de estilo</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Feb 2010 13:46:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Sin intención de quitarle el puesto a Miranda Dress pero aún así buscando hacerle un bien a la humanidad y preservar la salud visual de muchos, aquí van algunos tips de estilo que vale la pena tener en cuenta a la hora de elegir el atuendo con el que salir al mundo. Para los hombres, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sin intención de quitarle el puesto a <a href="//blogs.perfil.com/telojuro/">Miranda Dress</a> pero aún así buscando hacerle un bien a la humanidad y preservar la salud visual de muchos, aquí van algunos tips de estilo que vale la pena tener en cuenta a la hora de elegir el atuendo con el que salir al mundo.</p>
<p>Para los hombres, las <strong>camisas de manga corta</strong> son de flagrante mal gusto. Salvo, claro, que quieran parecer corredores de TC 2000 o jugadores seriales de bowling… Agravan el delito las camisas hawaianas, a lunares o con dibujos infantiles.</p>
<p>Excepto que se nos pague, no está bueno llevar las <strong>marcas</strong> cual cartel de neón en el medio del pecho. Menos aceptable aún es el porte de aquellos que se engaman por completo en una determinada firma, y asumen que gastando una fortuna y contándoselo al mundo están consiguiendo el pase a algún universo de pertenencia.</p>
<p>Las <strong>carteras falsas</strong> son lo menos. No sólo se distinguen a la legua sino que también son el colmo del “quiero pero no puedo”. Además, habiendo tantos diseños divinos y originales, ¿para qué ir en busca de una copia barata con cierres que se traban, brillos exagerados y cuero de comadreja?</p>
<p>Sí, las mujeres tenemos varias armas para seducir a la hora de vestirnos, pero tampoco es cuestión de usarlas TODAS juntas. Haciéndole caso al popular dicho de que <em>el que mucho abarca, poco aprieta, </em>la combinación de <strong>pollera corta + escote matador</strong> es un no rotundo. Nada se luce y el compendio total acaba siendo un exceso de carne de lo más vulgar. O es uno o lo otro, sin medias tintas, dejándole el espacio a cada prenda para que se luzca a su debido tiempo y forma.</p>
<p>Hombres, un dato final para grabarse a fuego: las <strong>medias blancas</strong> son de perdedor. El único que sabía usarlas con una pizca de gracia era Michael Jackson, y aquél es un legado que se llevó consigo a la tumba. Por el momento, entonces, quedan vedadas para cualquier situación por fuera de los límites de tiza de una cancha.</p>
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		<title>Comportamientos usuales que no dan</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Feb 2010 03:43:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Aikawa</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[- Esa bendita manía de hacer colas: Algún día alguien va a tener que explicarme qué es lo que nos gusta tanto a los argentinos de hacer colas. Tomemos el caso de los restaurants, por ejemplo. ¿Qué prefieren las personas en general: un local vacío o uno rebosante de gente? El rebosante de gente, por supuesto, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>- <em>Esa bendita manía de hacer colas: <span style="font-style: normal">Algún día alguien va a tener que explicarme qué es lo que nos gusta tanto a los argentinos de hacer colas. Tomemos el caso de los restaurants, por ejemplo. ¿Qué prefieren las personas en general: un local vacío o uno rebosante de gente? El rebosante de gente, por supuesto, y mejor aún si hay lista de espera y demoras eternas. Por razones no lúcidas, se tiende a pensar que el restaurant vacío, donde podremos sentarnos a la brevedad, no será nunca tan bueno como el repleto, “porque por algo la gente lo elige”. ¿Y qué hay de las filas que se arman en las salas de embarque de los aviones? ¿Alguien puede contarme para qué hacen cola las personas si el ingreso al avión SIEMPRE se hace por el orden de los asientos? Casi todos lo saben, pero aún así no pueden evitarlo: deben pararse, acarrear sus bolsos de mano -que de mano no siempre tienen tanto-  y plantar sus ansiedades en el medio del camino de todo el resto.</span></em></p>
<p>- <em>La ansiedad al volante: <span style="font-style: normal">Lo hacen los colectivos, lo hacen los taxis, lo hacen los autos particulares. Son muchos los que, mientras el semáforo está en rojo, tamborilean los dedos sobre el volante y, lentamente, avanzan su vehículo por sobre la senda peatonal. Es como si fuera más fuerte que ellos, y el concepto del freno se aplicara sólo al estacionamiento. Allí van entonces,  pisando los derechos de los peatones un centímetro a la vez.</span></em></p>
<p><em>- Los &#8220;paraguistas&#8221; egoístas: </em>apenas asoman unas gotas, ellos ya están pertrechados con su elemento preferido. Pero jamás les es suficiente con tener su propio paraguas, sino que además deben ir a los saltos bajo los toldos y techos que ofrece la ciudad. Y a los pobres transeúntes desprevenidos, a quienes la lluvia ha sorprendido sin protección alguna, los obligan a correrse, moverse y, eventualmente, mojarse. <em> </em></p>
<p>- <em>Repentina sordera: </em>Aquí viene a colación otra manía que la gente suele desplegar en los aviones. No sé si es por apuro, miedo a volar o acaso sordera, pero siempre son demasiados los que, minutos antes de aterrizar, desoyen el pedido de quedarse sentados y deciden que aquel es el momento perfecto para bajar su bolsos de mano de los compartimentos superiores. Como si hubieran sido comandados por una orden superior, se levantan como resortes y comienzan a sacar sus bolsas y bolsitas, apretándolas luego entre sus brazos cual tesoro preciado. Realmente, gente, ¿no se dan cuenta que el avión se desagota por filas y todos sus movimientos histéricos restan en lugar de sumar?</p>
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