¡Ay, Uruguay!

octubre 30, 2009 | Filed Under Uncategorized | 19 comentarios

A una semana de las elecciones uruguayas y a 20 días de la segunda vuelta, de la que saldrá el futuro presidente de este pequeño gran país, algunas conclusiones se imponen. No solo ha votado casi el 90% de los empadronados para elegir al sucesor de Tabaré Vázquez, sino que, además, los orientales han vuelto a dar cátedra de civilidad republicana y de robustez democrática. Respecto de ellos, los argentinos somos parecidos en muchos rasgos, pero lamentablemente muy diferentes en otros datos decisivos.

 

El del Frente Amplio ha sido un triunfo claro, pero que deja planteados interrogantes, incluyendo el estilo deliberadamente desprolijo y temerario del probable futuro presidente José Mujica y también su edad, puesto que tiene 74 años. Vázquez había ganado las presidenciales de noviembre de 2004 en primera vuelta. Dicho sea de paso: país serio en serio, Uruguay votó cuando correspondía según su Constitución, el ultimo domingo de octubre.

 

En la Argentina, los Kirchner le ordenaron al obediente Congreso que cambiara la ley que en 2006 el propio Kirchner había promulgado para darle previsibilidad a la fecha de los comicios (último domingo de octubre). ¿Para que adelantaron las elecciones y por que? Porque –Cristina dixit- el mundo “se caía a pedazos”. País bananero, la Argentina legisla para luego obliterar las propias leyes. Uruguay no lo hace, una gran diferencia.

 

La clave del triunfo frenteamplista radica en que en  Montevideo lograron el 56% y en Canelones el 51%. Allí están los ejes demográficos del país. Pero atención, el Partido Nacional impuso su formula Lacalle-Larrañaga en  8 de los 19 departamentos en que está organizado Uruguay.

 

Las aristas se van esmerilando y la Republica Oriental adquiere la sabiduría de una sociedad reacia a las aventuras y las diatribas emocionales. Así, la izquierda, pese a que en ella tienen predicamento tupamaros y comunistas, es seria, responsable y conciente de los riesgos del mundo. Los partidos tradicionales enraizados en la historia (blancos y colorados) se desmarcan de los ideologismos neoliberales. Gracias a que Uruguay nunca vivió algo equivalente al peronismo, tampoco ha vivido tal cosa como el menemismo y sus relaciones carnales.

 

Si la izquierda es dura pero moderada, fuerte pero sensata, los tradicionales son mucho de centro que de derecha. Y atención: el Partido Colorado, que gobernó el país gran parte del siglo XX, se ha recuperado muchísimo de la debacle de 2004 y duplicó sus votos. Su candidato presidencial Pedro Bordaberry es una personalidad a seguir de cerca.

 

Otro punto clave: los uruguayos no quieren dar marcha atrás con la revisión del pasado y el plebiscito, impulsado por la izquierda para inaugurar una serie de juicios a violadores de derechos humanos de la etapa previa a 1985, fracasó. Hay que decirlo: en marzo de 1985, ya en democracia, hubo una sustancial amnistía para guerrilleros tupamaros procesados por haber cometido delitos con derramamiento de sangre, incluso aquellos encausados por la Justicia democrática antes del golpe de 1973. Luego, en diciembre de 1986, hubo amnistía para las FF. AA. Y en abril de 1989, el pueblo uruguayo plebiscitó una ley que suspendio la pretensión punitiva del Estado para crímenes de la guerra sucia. El propio Mujica fue uno de los jefes de la guerrilla tupamara. Con lo votado este 28 de octubre, el debate se ha cerrado para siempre. Casi el 53 % del electorado no quiere deshacer las amnistías de los años ’80.

 

Como dijo el ex presidente Julio María Sanguinetti, los uruguayos se han encuadrado en tres grandes fuerzas civiles, maduras y representativas. No están ni divididos, ni empatados, sino juntos en la diversidad. En 100 años de historia, el orden democrático solo se quebró de 1973 a 1985. Son otra cosa, aunque las han pasado muy bravas.

 

La uruguaya es una sociedad donde prevalece la cordialidad civil, se respira en esencia una serenidad popular, se advierte la continuidad del Estado, se disfruta del prestigio de las instituciones, se alcanza una estatura de madurez republicana y es evidente la previsibilidad que todo ello confiere a la vida cotidiana.

 

Sobre 2.563.397 electores habilitados, votaron 2.303.336, o sea el 89%. El Frente Amplio cosechó el 48.16% de los votos, el Partido Blanco el 28.94% y el Colorado el 16.9%. Esto se traduce en 1.093.869 votos para la fórmula Mujica-Astori, 677.327 para el blanco Luis A. Lacalle y 383.912 para el colorado Bordaberry.

 

Es muy improbable que no triunfe el Frente en la segunda vuelta del 29 de noviembre, pero como los colorados apoyan a los blancos, un empate técnico tampoco es imposible. En cualquiera circunstancia, nada permite prever desórdenes, perturbaciones o motines. Una vez más, los uruguayos tienen razones para exhibir legítimo orgullo por las virtudes civiles de su modesto y sencillo, pero emprendedor y promisorio país.

Piernas cortadas

octubre 28, 2009 | Filed Under Uncategorized | 17 comentarios

La decisión del Gobierno de concretar un nuevo canje de los bonos cuyos principal e intereses la Argentina dejó de honrar hace ya muchos años, expresa una de las contradicciones y dilemas que mejor retratan el perfil de lo que sucede con nuestro país.

Estamos en presencia de una decisión positiva, sin dudas. No hay manera de negarle validez al gesto del Gobierno al plantarse ante la realidad y blanquear como corresponde que no hay mentira que dure mil años, ni transgresión que permanezca impune toda la vida. La Argentina siempre pretendió que se le aceptaran condiciones especiales. Tal vez no sea el único país del mundo que lo haya hecho. Sería muy necio proclamarlo. Pero es un rasgo determinante y proverbial de nuestro país.

Se trata de esta concepción que expresa Diego Maradona, cuando, durante el Mundial de Fútbol de 1994 en los Estados Unidos, un examen de doping le encontró una sustancia prohibida en su organismo. Él dijo entonces que le había “cortado las piernas”. La Argentina dijo de si misma que le habían cortado las piernas en 2001 y toda una escuela de razonamiento político e ideológico se fue articulando en torno de la noción de que la Argentina había sido víctima de una conspiración mundial llamada “Consenso de Washington”, destinada a saquear, vandalizar y explotar los recursos de este país.

Como parte de esa conspiración, se dice, la Argentina habría sido “víctima” de una serie de esquemas como la convertibilidad, cuyo desenlace no podría haber sido sino el que fue, el colapso de 2001. Finalmente, como corolario de ese colapso, emerge la imposibilidad de hacer frente a las deudas que el país había contraído. Naturalmente, el epílogo de este razonamiento es que si el país fue víctima de una conspiración, si el desenlace lógico de ese episodio fue nuestra bancarrota y si la bancarrota no tenía solución, debe colegirse que el país debe recibir un tratamiento especial, y en consecuencia se le debe perdonar que no honre sus deudas.

El fallido -o “la fallida”, como dirían los abogados especializados en concursos- es nada menos que un país que se expresó más o menos así: “esto no te lo puedo pagar. Lo que te puedo pagar es solo esto, con 20 años de gracia y en cómodas cuotas”. Cuando en 2005 la Argentina produjo esa decisión, se encontró con una serie importante de jugadores de la especulación financiera que dijeron “nosotros no aceptamos, porque la quita es demasiado gruesa. Yo presté 100, quiero que me den por lo menos 60, pero no 35”.

A estas alturas, lo interesante de recordar, lo aleccionante, lo llamativo, cuando el Gobierno -pretendiendo que nadie se de cuenta- quiere regresas a los mercados y al Fondo Monetario Internacional, arreglar con los holdouts, a los bonistas, e intenta claramente buscar el oxígeno del crédito –pues la Argentina se ha quedado ya sin crédito- es que todo se hace como quien estuviera haciendo otra cosa, como si hubiera un mundo de ficción y un mundo de realidad.

En 2005, la ley cerrojo que el Gobierno de Néstor Kirchner le arrancó al Congreso con el voto de varias fuerzas opositoras, estipulaba que el ofrecimiento para canjear los bonos era de una vez y para siempre. Una serie importante de discursos y de afirmaciones -bastaría rever la palabra de hombres y prohombres del oficialismo de hace apenas cuatro años- declaraban con absoluta claridad que no habría marcha atrás, y tampoco otra oportunidad.

Pero sabían que habría otra. Y la oportunidad apareció, porque la vida, que es mucho más fuerte, rica, fértil y menos previsible que lo que quienes manejan el poder imaginan, nos presentó la ocasión ahora mismo.

La Argentina tiene que proponer una nueva apertura para canjear los bonos “defaulteados” y necesita regresar al Fondo Monetario Internacional –del que nunca terminó de irse, pese a haberle pagado todo lo que se le debía, al contado y, absurdamente, por adelantado. Efectivamente el viento de popa que permitió que la Argentina pudiera manejarse sin crédito internacional, ha amainado, si bien no ha desaparecido.

Que lo haga está bien. Hay que tener la grandeza, desde quienes hemos tenido a menudo miradas críticas del Gobierno, de admitir que es un acto de realismo. Pero así como lo veo como un acto de realismo y reconozco que el Gobierno va  por la buena senda cuando dice “vamos a tener que pagarle algo a la gente que se le debe”, digo también que uno no puede estafar impunemente todo el tiempo a todo el mundo. Uno puede estafar una parte del tiempo a una parte del mundo. Pero no todo el tiempo a todo el mundo.

Algo hay que devolver, algo hay que distribuir, porque son compromisos que la Argentina contrajo. No nos obligaron a asumir ese compromiso con una pistola en la cabeza. La Argentina no salió al mercado mundial a tomar deuda porque nos obligaban. No era una nación vencida, como la Alemania de 1918, que surge del Tratado de Versailles. Alemania hocicó, se puso de rodillas, porque era una nación derrotada en una guerra. De esa derrota y de sus condiciones humillantes surgen Adolf Hitler y el nacional-socialismo.

La Argentina no era en la década de los Noventa el equivalente de la Alemania de 1918. La Argentina tomó deuda porque quiso tomar deuda. La Argentina se endeudó como se endeudó, porque así lo quisieron sus gobiernos y sobre todo, el peronismo gobernante durante esos diez años que van de 1989 a 1999.

Las deudas hay que pagarlas. Probablemente esta noche no, mañana tampoco, la semana que viene seguramente será imposible, pero en algún momento nos van a estar esperando y vamos a tener que pagar algo. Está en la naturaleza de las cosas y del ciclo económico del mundo.

En consecuencia, más allá de las palabras que el ministro Amado Boudou pueda derramar a través de los medios -ahora que tenemos un ministro que habla y se le conoce la cara-, está bien que la Argentina diga “vamos a tener que pagar algo, vamos a superar este default”, porque de lo contrario, los mercados mundiales, que tienen buena memoria, no abrirán sus billeteras para prestarle un centavo a la Argentina. Prestar no es un acto de generosidad, forma parte de la naturaleza de la actividad económica, no hay vida económica seria sin crédito.

Pero se ha mentido mucho. Hubo muchos golpes de pecho, muchas proclamaciones absurdas, inútiles e infantiles, proclamando que la Argentina ¡por fin! se había liberado de las imposiciones del exterior, que íbamos a vivir con lo nuestro, que el país proclamaba su independencia y soberanía, y al que no le guste “que aguante”.

Bueno, acá los tenemos, como siempre, diciendo una cosa y haciendo la otra. Afortunadamente los hechos consagran que la realidad del mundo no puede ser manipulada ni ideológica ni aviesamente.

Es un buen dato. Ojalá fuera el punto de partida que le permitiera encarrilarse a un Gobierno, que tanto ha mentido y ocultado, por un camino que, sin embargo, dificultosamente yo creo que vaya a transitar.

Luz roja

octubre 20, 2009 | Filed Under Uncategorized | 27 comentarios

Dejemos de lado por algunos segundos los epítetos.
Intentemos tomar distancia de las adjetivaciones.
Hagamos un esfuerzo por, si no enfriar, al menos acordonar nuestras naturales e instintivas reacciones emocionales.
Limitemos el recorrido de esta reflexión a la muy módica y simple tarea de hilvanar -como quien está, literalmente, armando un collar pieza tras pieza-, los hechos que la propia realidad nos va mostrando día a día. Pero no aquéllos de los últimos cincuenta años, o los de los últimos diez, ni siquiera los de los últimos diez meses, sino los que están en el escenario de estas últimas jornadas.

Son acontecimientos ante los que a menudo los argentinos hemos ido aprendiendo a negociar, como nos sucede en nuestras vidas privadas cuando vamos perdiendo la capacidad de asombro. Son episodios que en un cierto momento despiertan fuertes emociones, producen intensas reacciones, pero que luego van siendo tenuemente aceptados, incorporados o -como se dice en la jerga científica- naturalizados.

“Naturalizar” reacciones de indignación, rechazo, protesta o ira, es una manera de aceptar que nada puede hacerse para que lo que originó esas reacciones deje de existir. En resumen, naturalizar es convertir en episodios irrevocables, aquellas cuestiones que no deberían acontecer. Naturalizar, es equiparar las cuestiones dramáticas y negativas con las que nos confrontamos, a un fenómeno meteorológico.

Un alerta meteorológico puede pronosticar perspectiva de granizo. Si no quiero que mi auto se arruine, eventualmente puedo guardarlo o no sacarlo. ¡Pero no puedo detener el granizo! No hablemos de lluvias, o falta de agua. Uno puede decir: no está en mis manos hacer llover, o hacer parar la lluvia. Puedo, en todo caso, tomar decisiones sobre la base de lo que pienso que va a suceder.

Pero adoptar esa misma reacción, “naturalizar” fenómenos provocados por cuestiones políticas, sociales o policiales, es gravísimo, en tanto implica asumir un rol pasivo o enaltecer como evangelio argentino la terrible frase “es lo que hay”. Basta registrar, los episodios que hemos vivido en las últimas horas y que vamos naturalizando.

No se trata de hablar genéricamente de piquetes, escraches, marchas permanentes… Dicho sea de paso, una reflexión casi semántica. ¡Qué curioso que las organizaciones sociales, partidarios de la transformación política y social, enemigos de la inequidad y todos los que -de una manera u otra- se reconocen progresistas, hayan incorporado como verbo central una palabra de claro origen castrense: “marchar”!
Pertenezco a una generación para la cual marchas eran a lo que se dedicaban las Fuerzas Armadas. Ahora las organizaciones sociales marchan todo el tiempo: “¡marchemos a Kraft!”, “¡marchemos a la Plaza de Mayo!”, “¡marchemos a la Plaza del Congreso!”. ¡Pero si quienes se dedican a “marchar” son las Fuerzas Armadas! Por eso, las marchas son episodios castrenses, militares. Hemos militarizado no sólo el lenguaje, sino también la concepción, el contenido de nuestra vida civil.

Ya no hablo de las marchas en genérico. Hago una referencia puntual. Una pequeña, diminuta, fuerza de izquierda llamada Partido de los Trabajadores por el Socialismo tiene la capacidad de impedir, con apenas 30 activistas, que la embajadora de los Estados Unidos, Vilma Martínez, hable en una ceremonia absolutamente protocolar en la Universidad Nacional de Cuyo, un acto típico de las relaciones normales entre los países.
Aconteció en la ciudad de Mendoza. No la dejaron hablar. Vilma Martínez, una defensora de los derechos humanos, primera embajadora mujer de los Estados Unidos, ¡y encima hispana!, no pudo hablar porque los stalinistas/trotskistas del Partido de los Trabajadores por el Socialismo consideraban que el socialismo implica que no hablen quienes ellos no autorizan.

Este episodio no es exclusivo de Mendoza. Acontece todo el tiempo. Pasó con figuras nacionales, como Ricardo López Murphy, a quien no dejaron hablar en la Universidad Nacional de La Plata. Porque ésta es la verdadera característica, supuestamente democrática, de estas pequeñas, diminutas fuerzas extremistas. Que no pueda expresarse quien no está de acuerdo conmigo. Hay que taparle la boca.
La acusan a la embajadora Vilma Martínez del golpe en Honduras. ¿Dónde está la reacción del pueblo hondureño ante el “golpe” en Honduras? ¿Dónde están las “marchas” del pueblo hondureño, el levantamiento popular contra el gobierno de Roberto Micheletti? Pero no, lo que tenemos son las “marchas” del PTS, el MST, el PO y el PCR… ¡de la Argentina!

Todos los grupos de izquierda que aparecen, sobre todo desde las universidades, encabezando marchas -palabra que, como digo, les fascina- cuando tienen que presentarse a elecciones no sacan en todo el país -sumándolos a todos ellos, aunque jamás se unan- el 4% de los votos. No llegan siquiera a los dos dígitos. Pero eso sí, pueden impedir que hable una embajadora en una universidad.
Los piquetes kirchneristas pueden protagonizar lo que le tocó vivir a vivir al presidente de la Unión Cívica Radical, Gerardo Morales, agredido por una turba oficialista que solamente puede desarrollarse con la anuencia de zona liberada por un gobierno, en este caso en San Salvador de Jujuy.

Estos episodios describen una misma realidad. La misma que expresa de modo vociferante, obsceno, desagradable y repelente Diego Maradona, al que durante largos años gran parte de la progresía argentina -encandilada porque se hizo tatuar el retrato del “Che” Guevara en uno de sus miembros superiores- ha caracterizado como personaje asociado a la transformación social, cuando la única sociedad que mantiene Diego Maradona es la que lo vincula con el dinero y al poder.

Pero su lenguaje de violencia, su exaltación, su irrespeto, su intolerancia, su soberbia infinita, que va de la mano de su evidente fracaso como técnico, también forman parte de esta misma situación que estaba mencionando. Todos estos episodios reconocen un común denominador: han sido paridos por una misma madre, generados por un mismo centro organizador, que en lugar de derramar templanza, moderación e inteligencia, sigue cabalgando la ola de revancha, vendetta, odio y crispación social.

En tal sentido, en vez de detenernos en terminologías -si este gobierno es stalinista ó nazi-fascista- deberíamos dejar de lado los epítetos que hablan de experiencias extranjeras del siglo XX. Hay que puntualizar -como lo demuestra el episodio del video trucho y anónimo en Canal 7, un medio puesto al servicio más abyecto de las operaciones de los servicios de inteligencia típicas de los regímenes de facto- a qué nivel de profunda gravedad se ha llegado en los manejos de un Gobierno que no trepida y no trepidará ante nada para seguir generando su propio poder.
Solo cabe el repudio y la profunda tristeza porque haya aún mercenarios que han olvidado su elemental compromiso con el periodismo y aceptan que estos espacios en un canal estatal pagado por el pueblo argentino, fueran puestos al servicio de las peores operaciones de inteligencia y defraudación de la opinión ciudadana.

Así, es evidente que el futuro se torna truculento, preocupante y ominoso. Ignoro hasta dónde seguirá el Gobierno en esta escalada de confrontación, cooptación de voluntades, compra-venta de legisladores, intimidación de periodistas y crispación permanente. Pero hasta donde llegamos, es suficiente como para advertir una poderosa luz roja encendida en la esquina del futuro inmediato.
La Argentina, con este ritmo de agresividad y hostilidad, ingresa en un verdadero tembladeral.