julio 26, 2010 | Filed Under Uncategorized | 5 comentarios
El caso de Mauricio Macri revela que estamos ante la posibilidad de que un mandatario popular elegido por el voto del 61% de los porteños en 2007, podría tener que enfrentar una condena y ser relevado de su cargo de Jefe de Gobierno.
El problema supera largamente la especulación sobre candidaturas y el trapicheo político.
En la Argentina está en gran medida en tela de juicio, y severamente cuestionado por la vida política cotidiana, el concepto del mandato popular como carga, la idea del contrato cívico entre representantes y mandantes.
El ciudadano contrata a alguien para una determinada tarea, sea legislador de la ciudad, diputado, senador, jefe de gobierno local o presidente.
La Argentina muestra una fuerte tendencia a personalizar la política y por eso se habla con tanta naturalidad de un “macrismo” que en verdad nunca ha tenido personería política.
Lo del “macrismo” es apenas el último capítulo de una larga saga. Incluye, desde luego al peronismo y a otras tendencias o personificaciones de la política.
Por eso, cuando un cargo y un mandato están cuestionados, parecería que todo el aparato institucional temblara.
En el caso de Macri, el gran peligro a la vista es un nuevo vaciamiento institucional.
Está también el problema de la desnaturalización de un mandato político.
El mandato es una encomienda.
El mandatario suscribe a su vez un pacto con el comitente, el ciudadano.
El mandato es un contrato puntual.
Al menos, así debería serlo.
La tarea del legislador y del funcionario ejecutivo tienen sus términos y, sobre todo, su plazo fijo de duración.
En la Argentina se tiende a acortar los mandatos, a castrarlo, interrumpirlos, abortarlos.
En casi 27 años de democracia hubo numerosos ejemplos.
Raúl Alfonsín tuvo que entregar la presidencia de la Nación seis meses antes de finalizar su mandato.
Fernando de la Rúa, Eduardo A. Duhalde y Aníbal Ibarra tampoco pudieron cumplir la totalidad de sus mandatos.
¿El próximo caso será Macri?
Además, hay una tendencia a dejar un cargo para postularse a otro.
Gabriela Michetti, electa vice jefa de Gobierno, se aparta del cargo para hacerse elegir diputada nacional.
Antes de ser presidente, De la Rúa era el primer jefe de gobierno de la ciudad autónoma, pero se apartó del cargo en 1999, dejándoselo a su vice jefe de gobierno, Enrique Olivera, para ir por la presidencia de la Nación. Michetti y De la Rúa, dos renunciamientos.
Al irse, Michetti dejó al gobierno de la ciudad ante la posibilidad de una acefalía. Si Macri tuviera que renunciar, o fuese declarado culpable en un juicio político, la ciudad se queda sin cabeza.
Están las bochornosas candidaturas testimoniales del kirchnerismo.
Fue un fraude descarado, con Daniel Scioli como uno de los supuestos testimoniales, candidateados para un cargo diferente al que ya desempeñaban.
Caso especial y pintoresco fue el de la cantante Nacha Guevara, candidata “testimonial” electa diputada nacional por la provincia de Buenos Aires y que luego renunció sin asumir el cargo tras una costosa campaña.
Hay historias mucho mas dignas, como la del gobernador santafecino Hermes Binner, electo como candidato del frente radical-socialista, recién después de culminar dos mandatos sucesivos como intendente de Rosario.
El caso Macri debería hacer reflexionar a la política y a la sociedad civil.
¿Qué queremos de los mandatarios?
¿Por qué no aceptamos que culminen el trabajo para el que fueron electos?
Siempre los impulsamos, como en una carrera de postas, a otra tarea, hoy jefe de gobierno, mañana presidente.
Se debería recuperar lo específico de la tarea para la que son electos los políticos.
El contrato republicano debería ser explícito, puntual y riguroso: “te elijo para esto y quiero que desarrolles éste programa de acción”.
La Argentina debe regresar a los principios fundacionales de la democracia representativa.
El resto es una simple anécdota.
El caso Macri enseña que lo fundamental es cómo nos representamos y nos autogobernamos si la Argentina quiere ser, en serio, una república democrática.
julio 20, 2010 | Filed Under Uncategorized | 6 comentarios
Parece un episodio menor, pero no lo es. La Universidad de Buenos Aires echó a la rectora del Colegio Nacional de Buenos Aires, Virginia González Gass, sin sumario administrativo, cortando su mandato válido hasta 2011.
¿Es tan grave? No parecería, pero sí lo es, aunque sea solo una escuela secundaria en la que su máxima autoridad ha sido relevada. Sucede que el Colegio Nacional de Buenos Aires es el establecimiento público estatal de excelencia en le educación media argentina.
Hay que decirlo: no es cualquier colegio, no un colegio más.
El Nacional Buenos Aires, al que sus ex alumnos más veteranos queremos seguir llamando “Colegio de la Patria”, fue fundado antes de que naciera la Argentina.
En él se formaron decenas de estadistas, científicos, políticos, artistas y gente sabia en los últimos 150 años. Es un establecimiento singular cuya tradición está basada esencialmente en el auténtico y riguroso culto de la excelencia académica.
A él se ingresa tras aprobar un exigente curso de ingreso.
Es un colegio que selecciona a sus alumnos en base a la cantidad de pupitres existentes.
No entran todos los que quieren, sino quienes están en condiciones de hacerlo.
La supuesta “aristocracia” del Colegio Nacional de Buenos Aires es la aristocracia del conocimiento.
Hace varios años, en las universidades estatales de todo el país y en los colegios secundarios que dependen de ellas, tiende a abandonarse la noción de que la excelencia académica debe ser el eje excluyente de debates y preocupaciones.
Hay tiende a priorizarse una exaltación de los arsenales ideológicos y políticos.
Los medios cubren el conflicto del Nacional Buenos Aires como si se tratara de un sindicato o de un ministerio, una gobernación o de un municipio.
Solo importan el poder y la famosa caja.
Una radicalización ideológica absurda condiciona a los adolescentes que acaudillan los centros estudiantiles de colegios como el Buenos Aires y el Carlos Pellegrini.
Se deja por completo de lado la preocupación por los niveles de la excelencia académica.
Solo interesa propiciar, obsesivamente, metas tan nobles como retóricas: “democratización, participación, gestión, inclusión, debate”.
Se abruma a adolescentes de 12 a 17 años con preocupaciones y objetivos, programas, consignas y proyectos que giran exclusivamente sobre la preservación del poder de grupos de docentes, graduados e incluso no docentes.
La crisis del Colegio Nacional de Buenos Aires es mucho más que la crisis de un colegio.
Las razones que puede haber tenido la Universidad de Buenos Aires para destituir a la profesora González Gass no son claras, sino más bien sospechosas.
El rector peronista de la Universidad de Buenos Aires, Rubén Hallú, es un funcionario completamente opaco para con los medios de comunicación.
Hallú no acepta reportajes ni recibe periodistas.
No da la cara, protegido por asesores comunicacionales que lo preservan y aumentan la opacidad de su gestión.
La conducción actual de la UBA no se comporta de manera democrática, ni transparente.
La ahora ex rectora González Gass quiso manejar de manera más autónoma al Colegio Nacional de Buenos Aires, cuyo presupuesto proviene de la Universidad de Buenos Aires.
Tuvo errores. Se manejó con posturas ideológicas, arrebatos de intransigencia y algunos rasgos de populismo, al convalidar negociaciones con las fracciones politizadas del estudiantado.
Pero la misma Universidad de Buenos Aires exhibe hoy una conducción mediocre.
Las falencias del rector Hallú son evidentes.
El Colegio de la Patria, el de la Juvenilia de Miguel Cané, corre el peligro de extinguirse melancólicamente, alcanzado por la degradación global que vive la Argentina.
Una joya de nuestra educación y nuestra cultura, el colegio de la calle Bolívar 263, ¿podrá proteger su precioso tesoro de excelencia y mérito?
julio 14, 2010 | Filed Under Uncategorized | 8 comentarios
Para la Argentina es algo natural.
Cualquier debate, cualquier conflicto, cualquier discrepancia de ideas es una batalla campal.
Por eso no fue sorpresa que el proyecto de conferirle estatuto legal al matrimonio de personas del mismo sexo fuera convertido en una conflagración.
Pasó lo mismo con las retenciones agropecuarias.
Para el kirchnerismo, no se negocia que toda toma de posición se transforme automáticamente en guerra mundial.
Filosofía de blanco y negro.
Todo o nada.
Patria o muerte.
A vencer o a morir.
Para el oficialismo, no importa cuál es el tema, ni a cuanta gente la involucre, ni tampoco sus características específicas.
Lo concreto es que siempre todo deviene en pelea.
En eso se convirtió la Argentina, en un país peleón, beligerante.
Chapoteamos en una sociedad cebada (obviamente, desde el poder). La idea es que cualquier divergencia termine cuestionando la legitimidad y la honestidad de quienes debaten.
Para Néstor Kirchner es natural, desde su asombroso desparpajo, ser ahora un guerrero enamorado de la diversidad en las costumbres sociales. ¿Acaso no sabe la sociedad mas informada, que de la misma manera como los derechos humanos jamás le preocuparon hasta 2003, tampoco lo sedujeron estos asuntos?
La Presidente y su marido adoptan estas causas como si toda su vida hubieran sido fieles activistas de los derechos humanos o de la legalización de matrimonios del mismo sexo.
Era evidente se trataba de un reclamo con una dosis gruesa de legitimidad. En particular, la Argentina debía resolver la cuestión de los bienes gananciales en parejas del mismo sexo. El Estado no puede confiscar bienes de seres humanos que han vivido en pareja dado que no hay un marco riguroso que proteja esos derechos adquiridos.
Pero hay sensibilidades que proteger en la cuestión de la adopción de niños. Eso exige un debate mucho más extenso, serio y menos envenenado de ideología y oportunismo.
Hoy no lo tuvimos, gracias a que para la el Gobierno lo único que cuenta es avanzar en su agenda de poder, una muestra de oportunismo ostensible y vergonzoso, porque lo definen como importante “target” demográfico electoral en las elecciones de 2011.
No se trata de ideas. Ni de causas.
No hay romanticismo.
No los alienta una bella inspiración legislativa.
Es apenas un cálculo evidentemente político y electoral.
Sería reparadora la recuperación de propiedad temática en los debates.
Hay cuestiones que exigen serenidad no solo en el tono de la discusión sino también en los argumentos.
Deuda nacional: arribar a una superior civilidad en el modo de sustanciar los conflictos. Ya llega la hora de abandonar el oportunismo demagógico que empapa las iniciativas del poder.