Mad about you

1 de Enero del 2010 | 13 Comentarios

“Tell me why I love you like I do
Tell me who could warm my heart as much as you
Tell me all your secrets and I’ll tell you most of mine
They say nobody’s perfect, well that’s really true this time
‘Cause I dont’ have the answers, I don’t have a plan
All I have is you, so come on, help me understand”
Final Frontier, la cortina de Mad about you

Yo no entiendo a las mujeres. Y, a este paso, jamás las voy a entender. Un poco porque son seres increíblemente intrincados. Pero otro poco también porque los tipos somos básicos y -ante todo- somos muy vagos. En el fondo, si no entendemos a las minas es por culpa de ellas, por ser tan vuelteras y mañosas, pero también es culpa nuestra: muchas veces, nuestro cerebro está demasiado ocupado en la campaña de Defensores de Belgrano como para desperdiciar alguna sinapsis en dilucidar razones y orígenes de los caprichos femeninos.

Y, sin embargo, allá afuera, hay una mujer, al menos una, que me perdona mi comportamiento de cavernícola (no sin protestar, es justo admitirlo). Una mujer que me mima en los malos momentos, que me abraza en los buenos, que comparte el escasísimo espacio libre que dejo en la cama, que me cocina muffins y cupcakes, me pega los botones y tiene el increíble buen gusto de no llamarme “gordo”, “gordi”, “chuchi”, “chuchulo” ni ninguna otra pelotudez por el estilo. Una mujer que se banca mis rabietas y mis resacas, mis escasas horas de sueño y mis proyectos más delirantes. Una compañera de viaje que, un día, decidió subirse a la locura de mi vida y aún no se ha podido bajar.

A ella, tampoco la entiendo, la mayor parte del tiempo. No entiendo sus reveses, sus días oscuros, sus calesitas mentales, sus parquedades, sus silencios inexpugnables. Pero tampoco entiendo cómo es capaz de amarme de una manera tan absoluta y absurdamente incondicional. No entiendo cómo fue capaz de enamorarse de manera tan profunda de un canalla cuya colección de imperfecciones haría las delicias de cualquier psicólogo de barrio (o de cualquiera de las bloggers que andan por la vida sufriendo porque los tipos somos todos un asco), de un ególatra desquiciado que vive con un Exocet en el culo, de un laburante con aspiraciones de artista que casi no tiene tiempo libre, toma del pico de la botella, deja la toalla mojada en la cama,  le gusta más el Johnnie Walker que el Nesquick y mantiene una romance desigual e histérico con la nicotina. “Mi esposa decía que el matrimonio era 90% amor y 10% saber perdonar”, le escuché decir en un episodio al neurótico Señor Monk, “y estuvo casada conmigo, así que era una experta en perdonar”.

No entiendo a las mujeres. Ni siquiera a Romina, la chica de los ojazos oscuros y el pelo larguísimo que duerme toda enroscada al lado mío.

Pero la amo con tanta desesperación que, al fin y al cabo, si no entiendo, ya ni importa.

Tito y Connie

30 de Diciembre del 2009 | 14 Comentarios

No entiendo cómo los gringos pueden tomar ese café de mierda. Es que acá tenemos toda la tradición de la “bella Italia” y todo el poder del mejor café de Colombia. Acá tomamos fuerte, no como esa mierda que hacen en Nuebayor, que parece licuado de paraguas, como decía mi abuelita, quediolatengaenlagloria.

Fui a tomar un café a ese “Starbaz” nuevo, que le dicen. La gran cafetería americana, pa’ tomar el feca como en las series de Sony. Es una cagada, parece tinta. Pero tiene una cosa buena: ¡Qué minitas! Ahí, en el “Starbaz”, fue donde conocí a Constanza. Pilchita de marca, maquinita de última generación, telefonito celular Aifoun y una risa que sonaba como a burbujitas, cada vez que algún concheto retardado le decía alguna estupiez por el celular.

Estaba decidido a encararla, pero tenía un poco de cagaso que no funcionara. Entonces, intenté el segundo truco más viejo de la historia de la seducción:

- ¿Qué está tomando esa chica? – pregunté a la mesera.
- Un latte.
- ¿Un qué?
- Bueno, es un café con…
- No, mirá – la interrumpí – no me expliques nada. Cuando se lo termine, le llevás otro y le decís que es de parte mía.

Unos quince minutos después, mi agasajada recibió el obsequio. Cuando la mesera me señaló, me dedicó una sonrisa amplia, toda llena de dientes y yo, sin dudarlo, tomé mi campera de cuero del respaldo de la silla y mi cortado de arriba de la mesa, y me acerqué con sonrisa triunfadora.

- Pero qué atento, Señor – me dijo, cuando me senté frente a ella.
- Ay, nena, no me digas “Señor”, ni que fuera tu abuelo.
- Bueno, pero sos más grande que yo ¿Verdad?
- Y, sí, un poco ¿Cómo te llamás? – cambié de tema.
- Connie ¿Y vos?
- Tito Petruzzi, a tus siempre gratas órdenes – sonreí – ¿Ko Ni? ¿Es coreano? Porque no parecés coreana.
- Ay, no, Tito Petruzzi – estalló en una carcajada – es diminutivo de Constanza, pero no me digas Constanza que es feo.
- Y Ko Ni es lindo…
- Connie tiene toda la onda.

Me pedí otro cortado y un Carlitos -aunque le tuve que explicar a la mesera, porque ahí lo llaman tostado mixto- y la escuché contarme sobre su vida. Que vivía con los viejos, que estudiaba en la Universidad Austral, que escribía poesía, que trabajaba en Palermo Balei -una zona de Palermo que no conozco, debo admitir- que había modelado para la Para Tí un par de veces, pero no le había gustado, y otro montón de cosas que me aburrieron más que la final del torneo de bochas del Club Villa Dei, pero que tenía que escuchar con cara de interesado, si quería ganármela.

Como todo un caballero, pagué la cuenta y me ofrecí a llevarla con el coche hasta donde tuviera que ir. “A casa”, me dijo. A San Isidro. “Pero, la puta madre, no engancho una mina que viva cerca”, pensé, mientras le miraba las tetas y no dejaba de sonreir.

Cuando llegamos a La Horqueta -así me dijo que se llamaba ese barrio de calles llenas de curvas, que el mapa parece un nudo marinero mal hecho- se acercó para agradecerme con un besito en la mejilla. Y yo, sin dudarlo, el agarré la cara con las dos manos y le encajé tremendo chupón.

Francamente, esperaba que Ko Ni me diera vuelta la cara de un tortazo. En cambio, parece que realmente estaba muy intrigada y quería saber qué gusto tenía un Carlitos con un cortado de “Starbaz”, porque me metió la lengua hasta el estómago. No sé si estuvimos franeleando cinco minutos o una hora, en el auto. Pero sí me acuerdo que le toqué las tetas divinas, que le metí la mano bajo la pollerita para acariciarle un culo duro como una roca, torneado en los mejores gimnasios de la zona norte, que cuando me manoteó el “amigo” yo tenía un palo que pensé que la bragueta del bluyin me iba a reventar.

Torpe, con mis tremendas manotas sobre su cuerpo delicado, empecé a desvestirla, a desabrocharle el corpiño, a buscar la bombachita por debajo del vestido. El plan era reclinar los asientos y… ¡Pum!

- Ay, no… acá no, Tito Petruzzi – me interrumpió de repente, acomodándose el vestido.
- ¿Pero por qué no?
- Porque no, a ver si viene la policía o se despiertan mis viejos
- Bueno, está bien, vamos al telo… ¡Pero ya, que estoy que me muero! – le dije.
- Dale, vos manejá, que yo te guío.

Me hizo volver a la Panamericana sin sacarme ni por un segundo la mano de la entrepierna, que me latía como si tuviera taquicardia en el pito. Como a los veinte minutos, me señaló una bajada. “Es ahí”, dijo. Un cartel enorme marcaba un edificio igualmente gigantesco: “Magnus”.

- ¡Pero yo no puedo pagar esto! – me espanté ante el cartel que rezaba “Suite $ 200” y la bruta erección que traía desapareció como por arte de magia.
- Nah… no te preocupes, Tito Petruzzi – dijo, mientras sacaba de la cartera una American Espres Gould – Vos pagaste el café, yo invito el telo.

La suit del Magnus era poco menos que un palacio. A ojo, le calculé que era como tres veces más grande que mi departamento. En el centro, una cama redonda. Espejos en el techo. Hidromasaje. Unos sillones raros, que no entendí para qué eran. Luces, muchas luces, de colores, con un tablerito re loco para prenderlas. Música de Alejandro Sanz. Y, encima, Ko Ni, que estaba buenísima. Era el ambiente perfecto para la maratón sexual de mi vida. “Sacate todo”, le pedí. Chica buena, chica bien educada, una nena bien, me hizo caso, y se fue sacando la ropa de a poco, mientras bailaba suavecito al rito del pelotudo de Alejandro Sanz. Entusiasmado con lo que estaba viendo, me saqué el bluyín y la chomba Lacoste de segunda selección y me tiré en la cama en boxers a cuadritos y medias.

Media hora después, sentadita en la cama, Ko Ni me miraba con cara de sorpresa:

- ¿Pero qué pasó, Tito Petruzzi?
- No sé – me puse tímido.
- Pero en el auto estabas a full…
- Sí, pero no sé qué me pasó. Te juro que nunca me había pasado algo así – juré en vano- ¿Habrá sido el aire acondicionado? O por ahí fue el Carlitos de “Starbaz” que me cayó mal, no lo sé.
- Seh, puede ser – torció esa boquita sensual en una mueca tonta.
- Bueno… ¿Y qué hacemos? ¿Y si te invito otro café?
- No, dejá. Mejor llevame a casa.

Apología de la manipulación

28 de Diciembre del 2009 | 8 Comentarios

“La herramienta básica para la manipulación de
la realidad es la manipulación de la palabra”

Phillip K. Dick

El hombre -el macho de esta curiosa especie en la que nos hemos convertido- es el bicho más fácil de domesticar del planeta. Así lo afirma el pensador afrogermano Hans Von Neuenburg en su extensa “Historia de la dominación”, una colección de 47 volúmenes donde, básicamente, y a fuerza de un alto contenido de alcohol en sangre, se explaya sobre la guerra más antigua de la humanidad: la pugna por el poder. Pero no habla el célebre catedrático de las disputas territoriales o económicas que dieron inicio a los grandes conflictos bélicos, sino a esa otra lucha constante, la de la dominación en la pareja.

“De Adán y Eva en adelante, está todo podrido”, afirma en el prólogo, y transcribe su versión Sui Generis del Génesis (es que se le mezclaban Pedro Aznar y Peter Gabriel):

- Adan, tengo hambre.
- Ay, Eva, no rompas las guindas, son las cuatro de la mañana.
- ¡Eso! ¡Quiero guindas! ¿No me traés unas guinditas, mi cuchicuchi bonito!
- Eva, querida… ¿Qué parte de “son las cuatro de la mañana” no entendiste?
- Pero no seas así, mi hombre-de-la-costilla-de-menos, sé buenito y conseguime unas guindas.
- Guindas no hay, nena. Menos a esta hora y en esta era, que faltan varios millones de años para que se invente el delivery.
- ¿Y no hay ninguna otra cosa para comer?
- Sí, están esas manzanas de mierda, pero el Jefe dijo que no las comamos.
- ¿El Jefe?
- Sí, boluda, el Jefe, el Vecino de Arriba, el Gran Arquitecto Universal, el que viene todos los meses a cobrar las expensas por el Jardín del Edén, pero ni a palos pasa con la cortadora a emprolijar un poco el césped o podar las ligustrinas. Ese Jefe.
- Ah… ¡Pero yo tengo hambre!
- ¡Comete esssssta, Eva!
- ¡Qué tipo ordinario!

“A través del caprichichito pedorro”, explica Von Neuenburg, “Eva pretendía ejercer un cierto control sobre Adán, incitándolo a hacer algo que no quería, en un momento más que inoportuno de la noche”. El resto de la historia es por todos conocida: a la mañana siguiente, Eva se levantó con hambre, mal humor, aliento a jabalí y síndrome premenstrual y, nomás por demostrarle al marido -y, de paso, al Jefecito- quién llevaba la hoja de parra (pantalones no había) en el Paraíso Terrenal, fue a negociar con la Serpiente, se comió la manzanita y, desde ese entonces, ha sido estigmatizada como el origen de todos los males.

Si Eva hubiera sido más astuta, el archifamoso episodio del Génesis hubiera sido más breve:

- Adan…
- ¿Qué querés a esta hora de la madrugada, hinchapelotas?
- Quiero una fruta, tengo hambre.
- Ni en pedo.
- Si me traés una manzana, te la chupo.

De ahí en adelante, el curso de la historia de la humanidad hubiera sido bien distinto.