Mad about you

1 de Enero del 2010 | 12 Comentarios

“Tell me why I love you like I do
Tell me who could warm my heart as much as you
Tell me all your secrets and I’ll tell you most of mine
They say nobody’s perfect, well that’s really true this time
‘Cause I dont’ have the answers, I don’t have a plan
All I have is you, so come on, help me understand”
Final Frontier, la cortina de Mad about you

Yo no entiendo a las mujeres. Y, a este paso, jamás las voy a entender. Un poco porque son seres increíblemente intrincados. Pero otro poco también porque los tipos somos básicos y -ante todo- somos muy vagos. En el fondo, si no entendemos a las minas es por culpa de ellas, por ser tan vuelteras y mañosas, pero también es culpa nuestra: muchas veces, nuestro cerebro está demasiado ocupado en la campaña de Defensores de Belgrano como para desperdiciar alguna sinapsis en dilucidar razones y orígenes de los caprichos femeninos.

Y, sin embargo, allá afuera, hay una mujer, al menos una, que me perdona mi comportamiento de cavernícola (no sin protestar, es justo admitirlo). Una mujer que me mima en los malos momentos, que me abraza en los buenos, que comparte el escasísimo espacio libre que dejo en la cama, que me cocina muffins y cupcakes, me pega los botones y tiene el increíble buen gusto de no llamarme “gordo”, “gordi”, “chuchi”, “chuchulo” ni ninguna otra pelotudez por el estilo. Una mujer que se banca mis rabietas y mis resacas, mis escasas horas de sueño y mis proyectos más delirantes. Una compañera de viaje que, un día, decidió subirse a la locura de mi vida y aún no se ha podido bajar.

A ella, tampoco la entiendo, la mayor parte del tiempo. No entiendo sus reveses, sus días oscuros, sus calesitas mentales, sus parquedades, sus silencios inexpugnables. Pero tampoco entiendo cómo es capaz de amarme de una manera tan absoluta y absurdamente incondicional. No entiendo cómo fue capaz de enamorarse de manera tan profunda de un canalla cuya colección de imperfecciones haría las delicias de cualquier psicólogo de barrio (o de cualquiera de las bloggers que andan por la vida sufriendo porque los tipos somos todos un asco), de un ególatra desquiciado que vive con un Exocet en el culo, de un laburante con aspiraciones de artista que casi no tiene tiempo libre, toma del pico de la botella, deja la toalla mojada en la cama,  le gusta más el Johnnie Walker que el Nesquick y mantiene una romance desigual e histérico con la nicotina. “Mi esposa decía que el matrimonio era 90% amor y 10% saber perdonar”, le escuché decir en un episodio al neurótico Señor Monk, “y estuvo casada conmigo, así que era una experta en perdonar”.

No entiendo a las mujeres. Ni siquiera a Romina, la chica de los ojazos oscuros y el pelo larguísimo que duerme toda enroscada al lado mío.

Pero la amo con tanta desesperación que, al fin y al cabo, si no entiendo, ya ni importa.

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Tito y Connie

30 de Diciembre del 2009 | 14 Comentarios

No entiendo cómo los gringos pueden tomar ese café de mierda. Es que acá tenemos toda la tradición de la “bella Italia” y todo el poder del mejor café de Colombia. Acá tomamos fuerte, no como esa mierda que hacen en Nuebayor, que parece licuado de paraguas, como decía mi abuelita, quediolatengaenlagloria.

Fui a tomar un café a ese “Starbaz” nuevo, que le dicen. La gran cafetería americana, pa’ tomar el feca como en las series de Sony. Es una cagada, parece tinta. Pero tiene una cosa buena: ¡Qué minitas! Ahí, en el “Starbaz”, fue donde conocí a Constanza. Pilchita de marca, maquinita de última generación, telefonito celular Aifoun y una risa que sonaba como a burbujitas, cada vez que algún concheto retardado le decía alguna estupiez por el celular.

Estaba decidido a encararla, pero tenía un poco de cagaso que no funcionara. Entonces, intenté el segundo truco más viejo de la historia de la seducción:

- ¿Qué está tomando esa chica? – pregunté a la mesera.
- Un latte.
- ¿Un qué?
- Bueno, es un café con…
- No, mirá – la interrumpí – no me expliques nada. Cuando se lo termine, le llevás otro y le decís que es de parte mía.

Unos quince minutos después, mi agasajada recibió el obsequio. Cuando la mesera me señaló, me dedicó una sonrisa amplia, toda llena de dientes y yo, sin dudarlo, tomé mi campera de cuero del respaldo de la silla y mi cortado de arriba de la mesa, y me acerqué con sonrisa triunfadora.

- Pero qué atento, Señor – me dijo, cuando me senté frente a ella.
- Ay, nena, no me digas “Señor”, ni que fuera tu abuelo.
- Bueno, pero sos más grande que yo ¿Verdad?
- Y, sí, un poco ¿Cómo te llamás? – cambié de tema.
- Connie ¿Y vos?
- Tito Petruzzi, a tus siempre gratas órdenes – sonreí – ¿Ko Ni? ¿Es coreano? Porque no parecés coreana.
- Ay, no, Tito Petruzzi – estalló en una carcajada – es diminutivo de Constanza, pero no me digas Constanza que es feo.
- Y Ko Ni es lindo…
- Connie tiene toda la onda.

Me pedí otro cortado y un Carlitos -aunque le tuve que explicar a la mesera, porque ahí lo llaman tostado mixto- y la escuché contarme sobre su vida. Que vivía con los viejos, que estudiaba en la Universidad Austral, que escribía poesía, que trabajaba en Palermo Balei -una zona de Palermo que no conozco, debo admitir- que había modelado para la Para Tí un par de veces, pero no le había gustado, y otro montón de cosas que me aburrieron más que la final del torneo de bochas del Club Villa Dei, pero que tenía que escuchar con cara de interesado, si quería ganármela.

Como todo un caballero, pagué la cuenta y me ofrecí a llevarla con el coche hasta donde tuviera que ir. “A casa”, me dijo. A San Isidro. “Pero, la puta madre, no engancho una mina que viva cerca”, pensé, mientras le miraba las tetas y no dejaba de sonreir.

Cuando llegamos a La Horqueta -así me dijo que se llamaba ese barrio de calles llenas de curvas, que el mapa parece un nudo marinero mal hecho- se acercó para agradecerme con un besito en la mejilla. Y yo, sin dudarlo, el agarré la cara con las dos manos y le encajé tremendo chupón.

Francamente, esperaba que Ko Ni me diera vuelta la cara de un tortazo. En cambio, parece que realmente estaba muy intrigada y quería saber qué gusto tenía un Carlitos con un cortado de “Starbaz”, porque me metió la lengua hasta el estómago. No sé si estuvimos franeleando cinco minutos o una hora, en el auto. Pero sí me acuerdo que le toqué las tetas divinas, que le metí la mano bajo la pollerita para acariciarle un culo duro como una roca, torneado en los mejores gimnasios de la zona norte, que cuando me manoteó el “amigo” yo tenía un palo que pensé que la bragueta del bluyin me iba a reventar.

Torpe, con mis tremendas manotas sobre su cuerpo delicado, empecé a desvestirla, a desabrocharle el corpiño, a buscar la bombachita por debajo del vestido. El plan era reclinar los asientos y… ¡Pum!

- Ay, no… acá no, Tito Petruzzi – me interrumpió de repente, acomodándose el vestido.
- ¿Pero por qué no?
- Porque no, a ver si viene la policía o se despiertan mis viejos
- Bueno, está bien, vamos al telo… ¡Pero ya, que estoy que me muero! – le dije.
- Dale, vos manejá, que yo te guío.

Me hizo volver a la Panamericana sin sacarme ni por un segundo la mano de la entrepierna, que me latía como si tuviera taquicardia en el pito. Como a los veinte minutos, me señaló una bajada. “Es ahí”, dijo. Un cartel enorme marcaba un edificio igualmente gigantesco: “Magnus”.

- ¡Pero yo no puedo pagar esto! – me espanté ante el cartel que rezaba “Suite $ 200” y la bruta erección que traía desapareció como por arte de magia.
- Nah… no te preocupes, Tito Petruzzi – dijo, mientras sacaba de la cartera una American Espres Gould – Vos pagaste el café, yo invito el telo.

La suit del Magnus era poco menos que un palacio. A ojo, le calculé que era como tres veces más grande que mi departamento. En el centro, una cama redonda. Espejos en el techo. Hidromasaje. Unos sillones raros, que no entendí para qué eran. Luces, muchas luces, de colores, con un tablerito re loco para prenderlas. Música de Alejandro Sanz. Y, encima, Ko Ni, que estaba buenísima. Era el ambiente perfecto para la maratón sexual de mi vida. “Sacate todo”, le pedí. Chica buena, chica bien educada, una nena bien, me hizo caso, y se fue sacando la ropa de a poco, mientras bailaba suavecito al rito del pelotudo de Alejandro Sanz. Entusiasmado con lo que estaba viendo, me saqué el bluyín y la chomba Lacoste de segunda selección y me tiré en la cama en boxers a cuadritos y medias.

Media hora después, sentadita en la cama, Ko Ni me miraba con cara de sorpresa:

- ¿Pero qué pasó, Tito Petruzzi?
- No sé – me puse tímido.
- Pero en el auto estabas a full…
- Sí, pero no sé qué me pasó. Te juro que nunca me había pasado algo así – juré en vano- ¿Habrá sido el aire acondicionado? O por ahí fue el Carlitos de “Starbaz” que me cayó mal, no lo sé.
- Seh, puede ser – torció esa boquita sensual en una mueca tonta.
- Bueno… ¿Y qué hacemos? ¿Y si te invito otro café?
- No, dejá. Mejor llevame a casa.

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Apología de la manipulación

28 de Diciembre del 2009 | 8 Comentarios

“La herramienta básica para la manipulación de
la realidad es la manipulación de la palabra”

Phillip K. Dick

El hombre -el macho de esta curiosa especie en la que nos hemos convertido- es el bicho más fácil de domesticar del planeta. Así lo afirma el pensador afrogermano Hans Von Neuenburg en su extensa “Historia de la dominación”, una colección de 47 volúmenes donde, básicamente, y a fuerza de un alto contenido de alcohol en sangre, se explaya sobre la guerra más antigua de la humanidad: la pugna por el poder. Pero no habla el célebre catedrático de las disputas territoriales o económicas que dieron inicio a los grandes conflictos bélicos, sino a esa otra lucha constante, la de la dominación en la pareja.

“De Adán y Eva en adelante, está todo podrido”, afirma en el prólogo, y transcribe su versión Sui Generis del Génesis (es que se le mezclaban Pedro Aznar y Peter Gabriel):

- Adan, tengo hambre.
- Ay, Eva, no rompas las guindas, son las cuatro de la mañana.
- ¡Eso! ¡Quiero guindas! ¿No me traés unas guinditas, mi cuchicuchi bonito!
- Eva, querida… ¿Qué parte de “son las cuatro de la mañana” no entendiste?
- Pero no seas así, mi hombre-de-la-costilla-de-menos, sé buenito y conseguime unas guindas.
- Guindas no hay, nena. Menos a esta hora y en esta era, que faltan varios millones de años para que se invente el delivery.
- ¿Y no hay ninguna otra cosa para comer?
- Sí, están esas manzanas de mierda, pero el Jefe dijo que no las comamos.
- ¿El Jefe?
- Sí, boluda, el Jefe, el Vecino de Arriba, el Gran Arquitecto Universal, el que viene todos los meses a cobrar las expensas por el Jardín del Edén, pero ni a palos pasa con la cortadora a emprolijar un poco el césped o podar las ligustrinas. Ese Jefe.
- Ah… ¡Pero yo tengo hambre!
- ¡Comete esssssta, Eva!
- ¡Qué tipo ordinario!

“A través del caprichichito pedorro”, explica Von Neuenburg, “Eva pretendía ejercer un cierto control sobre Adán, incitándolo a hacer algo que no quería, en un momento más que inoportuno de la noche”. El resto de la historia es por todos conocida: a la mañana siguiente, Eva se levantó con hambre, mal humor, aliento a jabalí y síndrome premenstrual y, nomás por demostrarle al marido -y, de paso, al Jefecito- quién llevaba la hoja de parra (pantalones no había) en el Paraíso Terrenal, fue a negociar con la Serpiente, se comió la manzanita y, desde ese entonces, ha sido estigmatizada como el origen de todos los males.

Si Eva hubiera sido más astuta, el archifamoso episodio del Génesis hubiera sido más breve:

- Adan…
- ¿Qué querés a esta hora de la madrugada, hinchapelotas?
- Quiero una fruta, tengo hambre.
- Ni en pedo.
- Si me traés una manzana, te la chupo.

De ahí en adelante, el curso de la historia de la humanidad hubiera sido bien distinto.

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Quereme así

25 de Diciembre del 2009 | 8 Comentarios

“Te quiero como sos, con el ojo de vidrio y la joroba
Te quiero como sos, con el trapo de piso y con la escoba
Si un angel nos juntó con su flecha de amor
Qué importa un diente roto, tu baranda o tu bastón
La caspa y la verruga del mentón, yo te quiero como sos”

Macaferri & Asociados (1990)

Los hombres aprendimos a reirnos de nuestros defectos. Aún de los peores.

En una época, trabajé con un tipo que era particularmente bajito. De hecho, juntos, parecíamos James P. Sullivan y Mike Wazawski. Yo tendía a llamarlo, desde mi metro ochenta, con el poco creativo nombre de “petiso”, a lo cual el tipo siempre respondía “petiso, pero me la piso”, y todos a su alrededor nos cagábamos estrepitosamente de la risa, como si el chiste fuera casi bueno.

Fernando Crisci es gordo y usa una corbata con calaveras. Sí, los comediantes de stand up suelen tener corbatas poco convencionales. Todos los miércoles se para delante de unas cien personas en el escenario de Cavern Club y les explica que esa canción que dice “la pinta es lo de menos, vos sos un gordo bueno” es una de las peores patrañas de la historia cósmica. “Yo soy un gordo hijo de puta”, se define a sí mismo. En público. Sin que le tiemble la voz. La multitud estalla en una carcajada.

Porque los tipos logramos -una curiosa evolución- reirnos de nosotros mismos.

Mi prima Jimena, la más puta de las cuatro, se quejaba durante la cena de Noche Buena de que estaba gorda. Con dos dedos se agarraba un rollito minúsculo, apenas visible, se manoseaba unos 600 gramos de sobrepeso, al grito de “mirá la panza que tengo”. Cansado de tanta hipocresía y aprovechando el calorcito, me desabroché la camisa y, mirando a mi primita, le grité, en el tono más mersa del que fui capaz:

“¿Ves esto, nena?”, me señalaba la prominente buzarda, “¡Esto es una panza! Eso que vos tenés ahí es un pliegue de piel, es una napolitana con fritas demás… ¡Esto es una panza, carajo, y no eso! Te faltan muchos ravioles, pendeja, para poder hablar de panza”.

Salvo por una élite de seres apolíneos que pululan los Megatlones y las sucursales de Starbucks, los tipos solemos ser bastante defectuosos. Al que no le sobran kilos, le faltan pelos. O perdió algún diente. O tiene olor a pata. O le gusta más el fútbol que la literatura. O escucha dead metal (o reggaeton, o Mozart, da lo mismo).

Pero, instintivamente preparados para defender nuestra propia autoestima, sabemos muy bien cómo reirnos de nuestros propios defectos, cómo convertir una falencia en un chiste. En el fondo, creo que es porque sabemos que, si no lo decimos nosotros primero, seguramente lo digan ellas y nos caguen toda chance de conquista. Si yo digo, en público y ante una dama, que “con esta panza, estoy pensando en hacer carrera como luchador de Sumo”, resulta ser que tengo un sentido del humor absolutamente genial, que hasta me pone en posición de ventaja, como seductor, pese al sobrepreso. En cambio, si ella es la que dice “volvé al tatami, gordo sumo”, lo que significa es “no me vas a tocar ni con un chorro de soda”.

Decir primero y ganar de mano da una cierta impunidad, una inimputabilidad sobre nuestros propios defectos, sobre todo los más visibles.

Las mujeres, en cambio, son completamente incapaces de reconocerse una pancita, reirse de una celulitis, hacer un chiste sobre la masacre que les hicieron en la peluquería o admitir que cierta ropa les queda como el ojete, pero la usan igual, porque les gusta y se la bancan. Las damas sufren por estas cosas. Pero sufren en serio, de una manera atroz y desgarradora, muchas veces con llantos y mocos.

Así, terminan traumadas, gastando fortunas en salones de belleza, ropa de diseñador, coiffeurs de renombre, llamados telefónicos quejumbrosos a la mejor amiga y sesiones de terapia, sin imaginarse jamás que nosotros las vamos a amar igual, con virtudes y defectos.

Y mucho más si son capaces de reirse de todo eso.

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Abrigate, Rafa

23 de Diciembre del 2009 | 11 Comentarios

“Síndrome del nido vacío: sentimiento de soledad que
afecta a los padres cuando sus hijos abandonan el hogar”
Wikipedia

Estela era una rompebolas. O quizás, sólo fuera una madre común y corriente. “Abrigate, que hace frío” era para ella una especie de mantra que repetía como si orara, esperando secretamente que su ruego se cumplira. Era una de esas señoras que, a falta de algo mejor en qué ocupar su intelecto, se dedican a supervisar cada detalle de la vida de sus hijos. Las Estelas del mundo se obsesionan en particular con el abrigo, al punto de que la sabiduría popular ha dictaminado que el sweter es aquella prenda que el niño se pone cuando su madre tiene frío.

La verdad -la cruel realidad detrás del comportamiento obsesivo por mantener a sus hijos calientes- es que el pánico que las madres tienen a la gripe no se debe a los efectos, directos o colaterales, transitorios o permanentes, que la más popular de las enfermedades pueda tener sobre sus vástagos. Lo que las mamis obsesivas odian es cuidar chicos enfermos. Lisa y llanamente no los soportan. Por eso les rompen soberanamente las guindas para que salgan abrigados. No sea cosa de que se enfermen.

Y los tengan que cuidar.

El asunto es que Estelita le rompió las pelotas a sus dos hijos durante más de un cuarto de siglo con mil trivialidades, incluyendo el consabido “abrigate” y algunas variantes de obsesión materna como “no vas a salir a la calle con eso puesto”, destinada particularmente a su hija menor, y “esa chica no es para vos”, que siempre recaía -fuera quien fuera la dama de turno- en los oídos y la psique del hijo mayor.

Hasta que un buen día, con unos seis meses de diferencia entre uno y otro, los dos pájaros volaron y el nido quedó vacío. Diego, el hijo mayor, decidió que era hora de irse a vivir con su novia, aunque su mamá opinara que esa chica no era para él, y Soledad, la más chica, consiguió una beca para estudiar física cuántica en el M.I.T. y se subió en el avión que la alejaba del permanente regaño materno.

Estela, entonces, se quedó sola con Rafael, su marido; Azrael -el gato de la familia- y una montaña de comportamientos enfermizos para canalizar en una casa vacía que les quedaba enorme.

Rafael, que ya estaba jubilado, se compró una caña nueva y se fue a pescar. Lo primero que le recomendó su esposa fue que se abrigara. Pronto, el tipo empezó a huir más y más de la casa, a irse de pesca todos y cada uno de los días de la vida. Es que se le hacía insoportable quedarse cerca de Estela, que a cada rato lo fusilaba con una andanada de consejos en la línea de “abrigate”, “no le pongas tanta sal”, “llevá algo para comer”, “deberías dejar de fumar” o -mucho peor- “no vuelvas tarde”.

Tuvieron varias peleas, algunas bastante ácidas, todas muy dignas del “síndrome del nido vacío” que estaban viviendo.

- Abrigate, Rafa, que hace frío.
- No me rompas los huevos, Estela.
- Pero es que…
- ¿Qué parte de “no me rompas los huevos” no entendiste?
- Lo que pasa es que…
- Lo que pasa es que soy un tipo grande, y no soy tu hijo, y me voy a pescar como a mi se me cante el orto.
- ¡Sos un ordinario!
- Y vos sos una malcogida.
- Bueno… ¡Vení y cogeme, impotente de mierda!
- ¡Ni en pedo, vieja chota!

Sin embargo, el tono macabro de las discusiones no hacían retroceder a Estela, que ni por un segundo se replanteaba su comportamiento, ese que había alejado a sus hijos y que estaba taladrándole el jubiladísimo cerebro a su marido.

Hasta que una noche, con las bolas por el piso, Rafael le metió a Estela un Tramontina en la garganta y la dejó desangrarse en el piso de la cocina. Inquieto con la posibilidad de ser descubierto en su travesura, cortó el cadáver de su esposa en pedacitos y, en sus sucesivas excursiones de pesca, la ha estado usando como carnada.

Desde que la usa de cebo, ha mejorado tantísimo el pique. Lo único inquietante es que, muchas noches, entre el murmullo de las olas, cree escuchar una voz que le susurra:

“Abrigate, Rafa, que hace frío”

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El teléfono del futuro

21 de Diciembre del 2009 | 12 Comentarios

“Para ser feliz en este mundo, sólo
necesitas dos cosas: un teléfono celular
y un avión. Así así no estarás atado a nada”
Ted Turner

Los teléfonos celulares hacen cada vez más cosas. Ya no sirven sólo para hablar. También envían mensajes de texto, reproducen mp3, sacan fotos y graban videos. Algunos pueden enviar y recibir emails y los más evolucionados tienen conectividad a internet, como si se tratara de una computadora de mano.

La tendencia de la industria es que el celular deje de ser estrictamente un artefacto para hablar y se convierta en un gran centro portátil de información y entretenimiento. Que puedas tenerlo todo ahí. Tu agenda, tus contactos, tu información, tus documentos, tu conexión con el mundo exterior, tus amigos, tus redes sociales y esas fotos cochinas que sacaste con tu chica, y que te morís por compartir con los amigos; que puedas llevarte la oficina, el ocio, la vida, todo a cuestas en una cosa poco más grande que un paquete de cigarrillos.

La gran mayoría del mercado consumidor utiliza todas estas prestaciones ni más ni menos que para pelotudear. Pero debemos admitir que los celulares modernos son de gran utilidad para el hombre de negocios que necesita estar todo el tiempo en movimiento, dado que les permiten trabajar desde cualquier punto del planeta como si estuvieran en su propia oficina.

Eso sí, que no inventen un telefonito que sea capaz de hacer un pete, porque ese día se le acaba el trabajo a más de una secretaria.

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Los ladrones de la risa

18 de Diciembre del 2009 | 9 Comentarios

“Smile, though your heart is aching
Smile, even though it’s breaking
When there are clouds in the sky
You’ll get by if you smile
Through your fear and sorrow”

Charles Spencer Chaplin

Érica tenía una risa que rajaba los vidrios. Cada vez que alguien contaba un chiste realmente gracioso o daban en un capítulo del Superagente 86 por la tele, algún cristal estallaba en su casa. Santiago, su marido, había llegado al punto de preocuparse severamente por los costos que la risa de su mujer le acarreaba: no se podía cenar con Seinfeld de fondo, porque los vasos y las botellas acababan por colapsar ante la carcajada vibrante de Érica, dejando un terrible desparramo de vino blanco berreta sobre el mantel.

En un principio, Santiago creyó que la mejor forma de evitar la risa de su esposa era mantenerla razonablemente triste. Así, exploraba minusciosamente la revista del cable en busca de melodramas patéticos protagonizados por Meryll Streep o películas testimoniales con Susan Sarandon. Si no encontraba nada, siempre sabía que cualquier superproducción de Hallmark o una pasadita por TN Deportivo cumplirían con la función de mantener a su mujercita lo suficientemente amargada.

Hasta que, un día, tuvo una idea bastante inusual sobre cómo capitalizar el extraño talento de su mujer. Una idea que no era lo que podría decirse honesta, pero que era original. Innegable que era original. A mitad de la madrugada, llevó a Érica al distrito comercial, frente a una joyería.

- ¿Sabés cuántos gallegos hacen falta para cambiar una lamparita? – le preguntó.
- Ni idea.
- ¡Mil!
- ¿Mil?
- Sí, uno que sostenga la lamparita y 999 que hagan dar vueltas la casa.

Érica estalló en una risotada como hacía tiempo que no le salía, reprimida quizás por tanta mala televisión dramática. Entonces, la vidriera de la joyería se rompió y, mientras ella se agarraba la panza para no hacerse pis encima del ataque de risa, su marido manoteaba, a traves del cristal roto, todo cuanto brillaba, fuera o no fuera oro.

La pareja continuó su actividad delictiva durante casi un año. El modus-operandi era sencillo: se paraban frente a un local, él decía algo chistoso, ella reía, el cristal se hacía pedazos. Algunos vidrios blindados les habían traído algunas dificultades. Pero Santi -un tipo ambicioso- se había anotado en un taller de stand up y tenía un par de rutinas que remitían al humor judio de Norman Erlich, que lo habían sacado del paso en más de una ocasión. Le gustaba el dinero fácil y salir a robar usando a su esposa como arma no le causaba ni el más insignificante remordimiento. Érica tenía reparos con respecto a la fuente de ingresos del matrimonio, pero disfrutaba tanto del hecho de que su marido la hiciera reir, como en los viejos buenos tiempos, como cuando eran novios, que se dejaba llevar.

La elección de los objetivos de sus felonías era delicada, no querían testigos. Sin embargo, algunos vecinos, en distintos puntos del pueblo, siempre cercanos a los lugares de los robos, habían oído la estridente risa de la dama y había comentado el hecho con las autoridades. Así, pronto, la sección de policiales de Clarín empezó a llamarlos “La banda de la risa”, lo cual generó algunos conflictos de derechos de autor. Un columinsta especializado llegó a comentar, inclusive, en pleno Telenoche, sobre esta curiosa serie de robos que, según fuentes del Juzgado Federal de turno, eran antecedidos por la risa de una mujer, pero ninguna investigación lograba dar con la pareja.

La decadencia del equipo vino por otro lado. Expuesta a una cantidad de humor permanente, aunque de una calidad cuestionable, había cosas que a Érica habían dejado de resultarle graciosas. Santiago se frustraba cuando, ante la vidriera de una casa de electrónicos, le explicaba a su esposa que de la cruza de un gallego y una pecosa sale un dado sin provocarle una mísera sonrisita.

Se vio obligado a refinar sus rutinas. Redobló esfuerzos en la clase de stand up y leyó la Biblia de Judy Carter. El resultado mejoró, pero sólo por un tiempo más que breve. Érica se volvía cada vez más y más exigente. A su marido, un comediante mediocre e improvisado, se le acababan los recursos rápidamente.

Llegó a formar un pequeño grupo, con algunos compañeros de curso, con los que recreaban, en plena vereda, números de Les Luthier, monólogos de Enrique Pinti y hasta escenas completas de las más memorables películas de Mel Brooks. Inclusive intentaron algún material de Woody Allen, pero no era gracioso. Trabajar con un equipo de humoristas hizo que la señora recuperara su risa demoledora por un tiempo, aunque tenía la clara desventaja de que eran más personas para repartir el botín y que un pelotón de cuatro o cinco tipos representando “La bella y graciosa moza marchose a lavar la ropa” en plena vereda no era algo del todo discreto.

De todos modos, tras un puñado de golpes exitosos, Érica volvió a ponerse parca y ya nada le causaba gracia.

Santiago acabó por abandonarla. Reclutó dos morochazos desempleados y se dedicó a robar comercios con métodos mucho más ortodoxos, como violentar cerraduras o romper vidrieras a los cascotazos.

Su grupo de comedia tiene un éxito moderado en el off-Corrientes.

**********

Érica se sienta en el baño. Llora. Llora amargamente. Llora la decepción, la soledad, el abandono. Llora casi en silencio y con lágrimas pesadas. Llora con una expresión rígida en la cara, casi como una sonrisa invertida. Llora por el amor que fue y ya no es, llora por haber defraudado a su hombre. Llora. Y llora. Y llora.

El espejo del baño, entonces, se rompe a la mitad.

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Algunos esfuerzos inútiles, Episodio III

16 de Diciembre del 2009 | 22 Comentarios

“La mujer debe ser una ilusión”
Ian Fleming

Estaba en cuarto año de la secundaria y ella, en quinto. Eran tiempos deliciosos, en que la secundaria se terminaba en quinto año y no en tercero polimodal, como ahora. Sabrá permitirme el amable lector el desliz de referirme a estos ciclos con la nomenclatura antigua.

La dama en cuestión -llamémosla Silvina, a efectos de este relato-, tenía los ojos claros y el culo inmenso. Por esos tiempos, no pretendía mucho más y, a lo largo de mi vida, en algunas etapas de terrible oscuridad y autoestima por el suelo, he llegado a pretender bastante menos.

Aspirar a una dama de más edad, dentro de la jerarquía social y cultural de la escuela secundaria, era un absurdo. Las chicas de tercero babeaban por los de quinto. Las chicas de cuarto también babeaban por los de quinto, lo que hacía a la competencia bastante despiadada. Las chicas de quinto, directamente apuntaban a los universitarios.

Por eso, uno, pobre prejil de cuarto año, debía mirar con cariño a las nenitas de segundo, lustrando la bola de cristal y tratando de ver cuál pintaba que fuera a desarrollar un par de tetas descomunal a la vuelta del verano (la observación de madres y hermanas mayores, estudiarles el cocktail genético, era de gran ayuda), o dedicarse a vivir un intenso romance con la gran amante del adolescente promedio: Manuela Soledad Consuelo de Palma.

Pero a mi me gustaba Silvina, carajo. E iba a hacer todo lo que estuviera en mi poder -lo cual era bastante poco- para ganarme sus favores. Así, comencé mi precario intento de cacería por el lado más sencillo: la mínima cortesía.

La primera vez en el día en que me la cruzaba -ya fuera a la entrada o en un recreo-, la saludaba. “Hola ¿Cómo estás?” era más que suficiente, por lo inusual, como para hacerme notar. Si me la cruzaba de rata en el quiosco de la vuelta, no dudaba un segundo en ofrecerle uno de mis cigarrillos y, como volvíamos a casa en el mismo colectivo, siempre la dejaba subir primero. Esto último parecía cortés. Era sólo una excusa para mirarle el orto.

Nuestra relación, por supuesto, no excedía jamás los términos de esta galantería anticuada, aunque debo admitir que, cada vez que ella respondía con una sonrisa a mis gestos, yo me sentía un ganador.

Hasta que un buen día, vino Marcelo, que estaba en quinto año, pero me trataba con respeto, porque remábamos juntos:

- Che, gordo – me dijo – ¿A que no sabés quién me preguntó por vos?
- ¿Quién? – me hice el boludo, pero sé que me sonrojé.
- ¡Silvina!
- ¿Ah, si? – me hice el interesante – ¿Y qué preguntó?
- Me preguntó quién era “ese chico tan amable”.
- ¿¿¿Amable???
- Sí, amable.
- ¿Usó exactamente esa palabra, “amable”?
- Sí, boludo.

Entendí enseguida por amable se refería a “complaciente” y no a “digno de ser amado”, como yo hubiera pretendido. Dentro de mi afiebrada cabecita de adolescente, mandé a Silvina a la renegrida concha de la reputísima madre que la recontraremil reparió y no volví a saludarla nunca más.

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A laburar

14 de Diciembre del 2009 | 14 Comentarios

“A los hombres se les permite tener pasión y
compromiso por su trabajo. A las mujeres, sólo
se les permite tener esos sentimientos por un hombre”
Barbra Streisand

Mi amigo Martín, que es un cerdo machista recalcitrante, dice que, si las mujeres quieren igualdad, “que laburen este milenio”. Porque, en torno al trabajo femenino, ha surgido toda una conflictividad pedorra que, en el fondo, debería ser muy sencilla de resolver.

Así como existe una división social del trabajo -los estratos más bajos ocupan ciertos empleos, por ejemplo, operarios en una fábrica; los estratos más altos ocupan otro tipo de empleos, por ejemplo gerentes de esa misma fábrica- existe una división del trabajo en la pareja desde los mismísimos tiempos de las cavernas. En aquellos tiempos remotos en que las chicas aún no se afeitaban los sobacos, los machos se encargaban de proveer el alimento, de cazar, mientras las hembras se ocupaban del cuidado de las crías.

Esta feliz estructuración se mantuvo durante milenios. Hasta que, un buen día, a las mujeres se les ocurrió que querían ser cazadoras, estadistas, expertas en física cuántica, operarias en una línea de montaje o gerentas de gestión de la calidad, y se pudrió todo.

Nuestras abuelas, que aún vivían en las cavernas, no trabajaban, salvo que se tratara de una cuestión de supervivencia. Nuestras madres, criadas en una mala imitación tercermundista de la revolución femenina, fueron a la universidad, pero ejercieron sólo hasta quedar embarazadas, momento en el cual decidieron seguir los pasos de sus ancestros y recluirse en el fondo de la caverna a amamantar críos.

Pero las mujeres modernas pretenden trabajar a la par de los hombres, competir y hasta ganar lo mismo. ¡O más, las muy atrevidas! Luego, se quejan de que no pueden cumplir con todos los roles -esposa, amante, madre, amiga, emprendedora- y eso es completamente razonable: nadie puede estar en tantos lugares al mismo tiempo.

Conozco unos cuántos -yo mismo pasé por la experiencia- que en algún momento le dijo a su mujer: “mirá… con lo que yo gano alcanza, dejá de laburar y dedicate a los chicos”. Sí, algunos intentamos volver a la estructura anterior. Pero no funciona. Hacer eso es como instalar un Windows Vista y luego pretender desinstalarlo y volver a nuestro querido XP sin que nada colapse por el camino. Porque la mujer que al laburo se asoma, toma alas.

Claro, la mujer que trabaja interactúa con gente, resuelve problemas -problemas reales, no una crisis por escasez de jabón en polvo o una mala nota que el mayor trajo de la escuela-, enfrenta desafíos intelectuales, crece, gana experiencias, se vuelve más plena, más interesante.

Y eso es adictivo.

A la mina que trabajó y deja, a la que pasa de una subgerencia interesante a estar todo el día en casa encerrada con dos pibes y un dálmata, se le achicharra el cerebro como a una PC reinstalada y ya no vuelve a ser la misma. Es una situación donde siempre pierden: si no trabajan, se sienten mutiladas, como que les falta algo; pero si laburan a la par del hombre, no tienen tiempo para cumplir con el resto de los roles sociales.

Yo, personalmente, no tengo problema en que la mujer trabaje.

Siempre que, cuando llego, me tenga la cena lista.

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Problemas, soluciones y antisoluciones

11 de Diciembre del 2009 | 8 Comentarios

“No podemos resolver los problemas usando la misma
línea de pensamiento que usamos para crearlos”
Albert Einstein

Diálogo I
- Che, boludo, no sábes – le dice un amigo al otro – se me rompió el coche.
- ¿Y se lo llevaste al taller de Lucho?
- No, ni en pedo se lo llevo a Lucho, es un ladrón. La última vez me rompió el orto con la mano de obra y el auto siguió andando como la mierda.
- Bueno – reflexiona el tipo – también está el taller de Tito… escuché en el barrio que está en la mala, que tiene poco laburo, así que por ahí se porta bien y no te sacude tanto.
- Uh, gracias por el dato, se lo llevo a Tito.

Diálogo II
- Ay, no sabés lo que me pasó – dice una amiga a otra, al teléfono, como preámbulo de una catástrofe.
- Ay, no sé, pero contame ya.
- ¡Se me rompió el secador de pelo!
- Nah… ¿En serio?
- Ay, sí, boluda, estoy re-mal.
- Pero… ¿Qué secador? ¿El alemán? ¿Ese que te había traído tu vieja de Europa?
- Sí, ese, ese mismo – empieza a lagrimear la damnificada – Era bárbaro, ese secador.
- Seh… era genial… chiquito, lo podías meter en la cartera.
- Y no hacía nada de ruido.
- Ni te quemaba el pelo.
- ¡Qué cagada que se haya roto! ¡Estoy destrozada!
- Sí, la verdad, qué mierda.

Diálogo III
- Ay, gordo, no sabés – se lamenta la novia.
- ¿Qué te pasó? – se alarma el pobre tipo, pensando que se murió la abuela, la rajaron del laburo o le pusieron vidrio molido en la comida del Bobby.
- ¡Se me rompió la planchita del pelo!
- ¿Y? – resopla el novio – ¡Comprate otra y dejame ver el partido!
- Pe… pe… pero… – tartamudea ella – ¡Vos no entendés nada, infeliz!

Y mientras la dama del tercer diálogo rompe en un llanto frenético, lleno de hipos y mocos, el buen hombre comprende que, cuando un hombre habla de sus problemas, es porque necesita resolverlos. En cambio, cuando una mujer habla de sus problemas, lo único que busca es poder lamentarse a gusto.

No busca una solución, sólo quiere regodearse en su propio sufrimiento.

Jamás voy a entender para qué las minas parlotean sobre sus conflictos -triviales o mayúsculos- sin la menor intención de tomar un curso correctivo. Por eso, cuando quiero una solución, lo hablo con mis amigos. Y cuando una de las tantas mujeres que me rodea me viene con un tema conflictivo, me limito a fingir una sonrisa de empatía y acariciarles la cabeza, como a un cachorrito lastimado.

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