Hipocresías y Caretas

15 de September del 2008 | 4,964 Comentarios

Este fin de semana en un asado con matrimonios amigos, un argentino que vivió años en USA donde se enriqueció trabajando en el improductivo sector de los financial services, sacó el tema de la valija de Antonini y estalló el previsible cotorreo y fingido horror de los señores y señoras presentes. Yo dije que en 25 años cuando se desclasifiquen los documentos quedará claro que esto no es más que un trabajito menor de la CIA (esto no lo inventé hoy, lo vengo diciendo hace meses, sobre todo conociendo los antecedentes de la CIA con toda Latinoamérica en los últimos 60 años).

Agregué que no se entiende por qué una valija que salió de Venezuela y llegó a Buenos Aires tiene que merecer un juicio en USA. Y dije también que el laberinto de personajes ininteligibles y situaciones indescifrables de este juicio es el sello inconfundible de las operaciones guionadas por la CIA (para usar el revelador término de Héctor Timerman). Noté que dicho financista se sintió descubierto y de inmediato me dio cátedra sobre cómo la Justicia y el Ejecutivo son autónomos en USA y que lo mío era una de las típicas justificaciones conspirativas de los países berretas. Todos los presentes aplaudieron con gestos y beneplácito una explicación tan primermundista y él se sintió muy complacido mientras me miraba con una sonrisita hipócrita. Entiendo que la sonrisita se debía a que hace uno o dos años, él mismo, en esa misma casa (de un amigo en común), achispado por el vino, me había explicado con indisimulada admiración, cómo las avivadas de la CIA lograban armar historias para que trastabillaran los ridículos y enclenques paisitos de la región.

Ahora apostaba –y tenía razón- a que yo en lugar de deschavarlo preferiría seguir con el festivo clima del asado. Pensé que ese señor era uno más de la gran cantidad de clase media pretenciosa y periodistas cipayos, que trabajan deliberada o inconcientemente para el imperio y continué ensañado con una molleja quemadita y crocante.

Creo que el tipo sabía que yo sabía que él sabía. Y disfrutaba haciéndomelo saber con su sonrisita sibilina e hipócrita.

Alguien debería escribir el Gran Tratado de la Hipocresía Nacional.

Pero respecto a hipocresías hay más. Veamos.

Cuando Mariano Grondona mira a cámara y sostiene impávido, sin que se le caiga la cara: “que conste que yo quiero que a este gobierno (el de Cristina) le vaya bien… porque así nos beneficiamos todos los argenti… etc, etc”, uno se pregunta ¿los seguidores de este señor se doblan en dos de risa o le creen?

Continuemos. Hace 50 años que escucho al Episcopado de la Iglesia Católica oficial de la Argentina cómo se retuerce de dolor ante la miseria y la pobreza. La sufre, la padece, la llora y se encomienda al Señor para que erradique esa lacra. ¿Es la misma Iglesia que fue determinante en el derrocamiento de Perón? ¿Es la misma Iglesia que en estrecha comunión con la gente bien hizo lo imposible en 1955 por erosionar al único gobierno que llevó alivio real a la pobreza y erradicó la indigencia?

Hay más. A De Angeli le preguntan por TV antes de la votación en el Senado “¿se está sobornando con dinero a los legisladores? ¿los remisos reciben coimas para votar a favor de las retenciones? El gauchito humilde se escandaliza y ampulosamente dice “no, yo no podría sostener eso”, pero a cartón seguido agrega con un veneno mal disimulado: “eso sí, se ven movimientos raros, reuniones misteriosas, llamadas telefónicas y sugestivas, gente que entra y sale con sobres de sospechoso contenido”.

Y cierra con una sonrisita final de falsa picardía.

Si la votación se ganaba con coimas y ganaron, sería lícito pensar que los que coimearon fueron ellos.

En estas lides la pitonisa Carrió es una experta.

En pleno bolonqui con el campo le susurró a Morales Solá en voz baja y mirando a hurtadillas hacia los costados del estudio de TV: “Kirchner no va a parar hasta que corra sangre”, “Kirchner quiere sangre”. ¿Ese tono de servicio secreto y esa expresión conspirativa tenían la ridícula pretensión de aterrorizar a alguien?.

Morales Solá, consternado, la tomó del brazo como diciendo “te comprendo, todos sabemos lo que estamos padeciendo” y transido de dolor la despidió: “Gracias, Lilita”.

Lilita: tu gobierno de la Alianza dejó más de 40 cadáveres en el camino.

Estuvieron sólo 2 años, no hicieron nada y mataron un montón de gente.

Kirchner estuvo 5 años, hizo de todo y no tuvo un solo muerto.

Al policía Sayago de Santa Cruz no lo mató el gobierno, lo mató la oposición, esa izquierda delirante aliada ahora a lo peor de la desestabilización.

Al maestro Fuentealba también lo mató la oposición, pero esta vez la de derecha: Sobisch.

Esta payasada de Carrió, que no se cumplió como todo lo que profetiza y por la que,
-nuevamente- no pedirá perdón; me recuerda el estupor del historiador Salvador Ferla respecto a que la misma clase social que bombardeó Plaza de Mayo (mínimo 380 muertos) sostenía que eso se hacía por la pacificación del país y para terminar con la “sangrienta tiranía” (¿cuántos muertos tenía Perón en el 55?)

No me extiendo con las hipocresías de La Nación y sus cartas de lectores porque la memoria del servidor de Perfil podría estallar.

Veamos las de Clarín.

Ricardo Kirschbaum, Nº 1 de la redacción de Clarín, se preocupaba los otros días porque el pago al Club de París no fue registrado positivamente por la sociedad.

Su diario se cansó de bastardear, desacreditar y desvalorizar dicha cancelación de deuda (tampoco se tomaron el trabajo de explicarle su trascendencia a los lectores y vincular la caída de los bonos argentinos con la catástrofe financiera mundial en curso) pero ahora él se lamenta porque tremenda decisión (y su exorbitante costo económico) no sirvieron para demasiado.

Es difícil sobrevivir en semejante atmósfera. Asfixiante y tóxica. Sólo queda poner Cambalache en la vitrola y arrojarse a los brazos de Discépolo.

Para terminar, un breve comentario a quienes me contestan en este blog. Que no sé si seguiré escribiendo.

Algunos insultan (demasiados), dicen que el gobierno me paga y cuando abren la boca sólo les brota la cloaca. Vaya y pase.

Pero hay uno que se pasó de rosca: me amenazó, me insultó, me trató de cobarde y firmó su anónimo con un pseudónimo.

Yo, que vengo a ser el cobarde; pongo la cara, publico mi foto y firmo con mi verdadero nombre y apellido. Evidentemente la hipocresía contagia.

Los nuevos profetas del odio

6 de September del 2008 | 945 Comentarios

Llaman populismo a toda medida que intente revertir las consecuencias nefastas que el ideario neoliberal ha sabido derramar por estas tierras.

Más aún, culpan a eso que llaman populismo, de todos los desastres que padeció y padece el país por las políticas que ellos implementaron (deuda externa, extrema pobreza, inseguridad, justicia burlada, etc).

Se empalagan con vacías premisas republicanas para impedir que se cumplan los derechos básicos de sus conciudadanos, sobre todo aquellos que le cambian la vida a los más desprotegidos.

Hablan de fascismo con una liviandad propia de quienes nunca se comprometen con la verdad y utilizan términos muy sensibles a nuestra trágica historia (persecución, censura, autoritarismo) para denigrar a un gobierno que hizo de la defensa de los derechos humanos una política de Estado.

Instalan sospechas infundadas en cada acción de gobierno para ocultar la ausencia de propuestas alternativas.

Hablan desde una verdad absoluta y una moral intachable que poco se condice con sus actos públicos y sus trayectorias.

Son los nuevos profetas del odio, esos a los que les irrita el éxito de un gobierno popular.

Son los mismos que hubiesen preferido el fracaso de las políticas de reactivación para solazarse con una nueva frustración colectiva y, de paso, anoticiarnos de que ya habían profetizado ese destino incierto.

Son los que se resisten a reconocer el carácter correcto de las decisiones políticas del gobierno, aún aquellas que habían considerado necesarias en su momento.

Son los que piden prudencia y moderación, pero cuando les toca actuar en público caen siempre en el más gratuito agravio y la continua descalificación.

Son los que apelan a la moralina barata y la pose indignada pero reproducen en sus filas lo peor de la política argentina, esa que nos llevó a la crisis de representación y el descreimiento colectivo.

Son los que se rasgan las vestiduras si 20 adolescentes toman ilegalmente una escuela de barrio, pero festejan cuando los nuevos ricos cortan todas las rutas del país también ilegal e inconstitucionalmente.

Son tan mentirosos e hipócritas, que hace 5 años que repiten que desean que al gobierno le vaya bien y tenga éxito, cuando no pararon de inventar falacias, catástrofes inminentes, negociados inexistentes y pronósticos siniestros que nunca sucedieron.

Son los mismos que, en nombre de la reconciliación y el futuro, pretenden condenarnos a un presente sin verdad y sin justicia.

Son los nuevos profetas del odio, los de este tiempo. Más chatos intelectualmente que aquellos, pero no por eso menos soberbios. Tan analfabetos para comprender los fenómenos populares, pero también más vulgares, más oportunistas y más patéticos.

La insoportable levedad de la oposición “progresista”

20 de August del 2008 | 829 Comentarios

Nacieron como referentes mediáticos y no tienen otro ámbito de acción política más que el estudio televisivo o las declaraciones altisonantes en radio. Hablan (o denuncian) desde un lugar donde las palabras vuelan por el aire sin necesidad de anclaje alguno en la realidad. Se colocan siempre más allá de todo y de todos, y desde allí ponen en duda el comportamiento de aquellos que no están de su lado o no coinciden con sus críticas, siempre terminantes y apocalípticas. Son jueces implacables de la catadura moral y la pureza curricular de todo el mundo. Creen que un país se empieza a construir de golpe, con funcionarios transparentes, castos y puros. Todo lo que no les suene a absoluta y totalmente desinteresado, virginal e ingenuo, lo transforman automáticamente en pecaminoso, condenable y motivo de sospechas inapelables. Se creen cultos pero no saben de historia. Por dar un ejemplo entre miles: no saben que después de Caseros el país se pudo seguir construyendo (a los tumbos, sí) pero gracias al sostén de los vituperados y condenados caudillos rosistas. No saben de historia, o se empecinan en no entenderla o la interpretan para el lado de los tomates.

Por su origen y por el espacio de ideas que dicen ocupar, bien podrían convertirse en una usina de propuestas alternativas o complementarias. Pero no. Se empecinan en apelar a un estilo confrontativo de dudoso provecho para el debate político hasta convertirse en dueños de espacios testimoniales o de obstrucción parlamentaria que no superan los márgenes de la política. En algunos casos, ni siquiera pueden mostrar cómo sería un gobierno suyo en un distrito importante porque nunca han apuntado a la gestión, y no parecen tener intenciones de hacerlo. Se sienten mejor en su rol de opositores permanentes, de puristas abstractos que evitan cualquier tipo de compromiso con la coyuntura más acuciante. Pareciese como si la experiencia de la Alianza, de la que formaron parte en su mayoría, los hubiese dejado traumados.

Se dicen progresistas y hablan una y otra vez de la importancia de contar con instituciones consolidadas, pero encabezan partidos autocráticos que distan mucho de ser una fuerza política orgánica, con cuadros en ascenso, debate interno, una identidad clara o presencia creciente en el resto del país. Se dicen progresistas y hablan de república, pero reproducen los mohines de quienes más mancillaron la República. Se dicen progresistas y hablan de inclusión social, pero terminan haciéndoles el juego a los sectores más conservadores y reaccionarios, esos que nunca van a permitir un país justo y para todos. Y ahí están, repitiendo cíclicamente su historia.

Un modelo para profundizar

28 de July del 2008 | 753 Comentarios

Pueden estar contentos aquellos que tanto militaron para que esto ocurriese. Es decir, para que el Gobierno no tuviese un instrumento de política económica que consideraba pertinente. Pueden compartir la alegría con “los mismos de siempre”, aquellos que hoy tanto se solazan tras haber impuesto (otra vez, y van…) sus intereses particulares al conjunto de la sociedad. Pueden estar contentos, como siempre que logran que buena parte de esa misma sociedad asuma como propios esos intereses, por más que vayan en contra de los propios. Y, más temprano que tarde, se los termine padeciendo. Pueden estar contentos, y están en su derecho. Pero también deben saber que al que hoy subestiman (y al que ayer nomás llamaban hegemónico) es un gobierno con las agallas suficientes para superar el traspié y convertir un camino que se cierra en un nuevo desafío.

El Gobierno lo tiene claro: lo que se necesita es profundizar el rumbo. Asumiendo los errores, claro. Dándose la necesaria introspección, también. Con espíritu crítico, por cierto. Pero debe profundizar el rumbo, porque el suyo es el único proyecto progresivo que hoy tiene la sociedad argentina. Porque con su suerte se edifica la suerte de millones de argentinos, sobre todo aquellos más necesitados. Los que necesitan un Estado que los proteja y les genere las condiciones básicas para ser parte. Eso, ser parte del país al que pertenecen pero que le niegan los sectores más mezquinos. Por eso debe profundizar el rumbo, porque es con más distribución del ingreso, con más Estado, con más memoria histórica que se revierte la tragedia que significó para el país tres décadas de políticas depredatorias para los intereses de todos.

Podrán defeccionar otros, pero no la veo defeccionando a Cristina. Menos, renegando de su compromiso para construir un país más justo. Ella tiene en claro que la etapa de Néstor fue crear puestos de trabajo. Se crearon las condiciones macro y de crecimiento para lograr un imposible: 3.500.000 de nuevos puestos de trabajo y sus respectivos sueldos. Eso está medianamente encaminado.

Ahora a ella le toca la lucha por la redistribución. No podrán torcerle el brazo, por más esfuerzo que hagan. Está convencida de que sus objetivos son nobles y no desfallecerá hasta conseguirlos, respetando siempre las normas, las instituciones, pero no cejando para que en este país, luego de tanto tiempo, la voluntad popular tenga su peso. Y esa voluntad popular, mal que les pese a muchos (que son, en definitiva, unos pocos), la puso en el lugar que hoy ocupa para que el cambio siga su senda, para que el modelo de sociedad que nació en el 2003, cuando se salió de la crisis más profunda que vivió nuestro país, adquiera nuevas formas, nuevos logros, nuevos contornos. No seremos pocos los que estaremos a su lado para acompañarla en el desafío.

Objetivos ocultos

8 de July del 2008 | 831 Comentarios

Hay varias discusiones cruciales en el trasfondo del conflicto entre el gobierno y el “campo”, más allá de tanta desmesura y tanta sobreactuación en vano. Y digo cruciales porque, depende de la resolución que tengan, podrá avizorarse qué país tendremos en los próximos años. Una de estas cuestiones gira en torno del rol del Estado en la economía y la vida social. A eso quiero referirme en este posteo.

Se esté a favor o se esté en contra, nadie puede negar que con la gestión de los Kirchner hubo un evidente cambio en el papel del Estado. Ya no es el “Estado mínimo” de los noventa, ese que tanto gustaba a nuestros liberales. Ni tampoco el “Estado bobo” de otras épocas. Otras funciones, otras atribuciones, le fueron asignadas, con un objetivo claro y concreto: crear más empleo y riqueza, revertir los desequilibrios, no dejar que el mercado por sí sólo determine cómo se organiza la economía del país. Los resultados en sólo pocos años son abrumadores.

Justamente eso es lo que se cuestiona por estos días, de manera subrepticia, solapada. Se cuestiona el rol que el kirchnerismo le ha dado al Estado, ese rol que tanto contribuyó a la recuperación del país. Un Estado activo, interventor, que tanto ayudó a articular las piezas perdidas de ese rompecabezas que era la Argentina luego de la larga noche neoliberal. ¿Se acuerdan? Había que achicar el Estado para agrandar la Nación. Y así quedamos: patas para arriba. Sin Estado y, casi, sin Nación.

Que así suceda, que triunfe la vuelta del mercado sin regulaciones, es lo que pretenden los viejos gurúes fracasados y sus nuevos socios en los medios y en el campo. Pero esto puede ser muy nocivo, sobre todo para los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. Por caso, los pequeños productores, esos que durante años pidieron precios sostén para sus productos. Esos que hoy no aceptan las compensaciones ni los reintegros. El argumento: que esos desembolsos no les van a llegar, que el Estado es ineficaz o que la burocracia del gobierno los va a dejar con las manos vacías.

Son temores comprensibles, es cierto. Nuestro Estado no es el mejor aceitado del orbe ni el más eficaz, pero cuánto de esa ineficacia tiene que ver con la desarticulación de sus funciones, cuánto con los cantos de sirena de la desregulación y la apertura indiscriminada de las décadas pasadas que tanto aplaudieron quienes hoy se quejan. Los temores son comprensibles, pero también la certeza de que son estos mecanismos los que les van a permitir no caer en manos de los sectores más concentrados, esos mismos con los que hoy comparten protesta y que hasta ayer se quedaban con sus propiedades embargadas.

Esta lógica me recuerda al consenso que se generó a fuerza de chantaje durante los últimos años de la década del ochenta y los primeros noventa. Entonces se decía que las empresas públicas estaban mal administradas, que eso generaba déficit fiscal y que la mejor solución era privatizarlas. No se decía que era necesario hacer más eficiente al Estado. No, simplemente que había que privatizar, privatizar y entregarlas al “mercado”. Esa misma lógica pretende hoy erosionar la política del gobierno. Se les dice a los pequeños productores: no acepten la intervención del Estado porque es ineficaz. No acepten los reintegros porque nunca los cobrarán. Eso es lo que se dice, pero no es lo que está detrás. Lo que se quiere es que el Estado no se rearme para que los viejos desequilibrios perduren en el tiempo, para que se mantenga el viejo status quo.

El Gobierno, entre otras cosas, no sabe comunicar

3 de July del 2008 | 200 Comentarios

Se gobierna con recursos materiales y simbólicos, con palabras y hechos, apelando a la memoria histórica y prefigurando un horizonte. En dosis diversas, son elementos que no pueden faltar en la construcción diaria de poder. Tampoco las bases de sustento, el anclaje social, el abanico de adhesiones concretas, más allá del respaldo de los votos. Los gobiernos K los han tenido desde el 2003. De modo escaso, al comienzo, cuando una débil legitimidad de origen ponía como desafío consolidar la erosionada autoridad presidencial y restañar las heridas de un sistema político en plena crisis de representación. De modo amplio, luego, cuando se afianzó de cara a la sociedad, corriendo los límites de lo posible, dando respuestas a demandas postergadas, tanto del orden económico como social y político.

Ahora la situación parece otra, o por lo menos esa es la sensación que queda luego de infinitos días de conflicto con “el campo”. La capacidad de movilización mostrada por este sector, su naturaleza heterogénea, la multiplicidad de actores más allá de los tradicionales e instituidos, la dinámica que adquirió la puja implícita entre dirigencia y autoconvocados y, sobre todo, la alianza entre sus distintos segmentos, desnudaron el desconocimiento por parte de la sociedad y del gobierno, sobre este universo complejo y algunas falencias en la política de alianza posibles (y necesarias) con algunos de esos sectores. Y esto, más allá de la pertinencia de gravar su rentabilidad extraordinaria y poner fuera de discusión la potestad del Estado de intervenir en la economía del país. La cobertura sesgada de la mayoría de los medios masivos de comunicación pusieron sobre la mesa un nuevo mapa de adhesiones y detractores.

El panorama planteado en los días más álgidos del conflicto parecía tremebundo, al borde del acabose. Por lo menos, así lo leían ciertos analistas y lo fogoneaban la mayoría de los opositores. La amplitud en la cobertura que lograron los caceroleros, sobre todo los más enardecidos, mostraban eso, como si ese acotado universo de voces y cuerpos movilizados fuesen el todo o la representación más extendida de la opinión pública. Como respuesta llegó la canalización institucional a través del Congreso y la movilización numerosa de convencidos de la política K y de sectores que, por espanto, ante el intento de erosionar el poder del gobierno y, de ser posible, intentar forzar algún escenario destituyente, salieron a la calle a manifestar su apoyo. La reacción pareció tardía, pero llegó y empezó a suplir cierto quietismo inicial y cierta limitante en la forma de hacer política del kirchnerismo.

No hay estudios cuantitativos de real relevancia que muestren la magnitud del fenómeno de oposición al gobierno, sobre todo en las clases medias, urbanas y rurales. Si nos manejamos por la imagen que despliegan los medios, parece bastante extendida y con mucha vocación de exponer su irritación públicamente. Pero puede inferirse que esta imagen dista de ser la verdadera y, sobre todo, no parece que el rechazo sea tan sistemático y mecánico. A su vez, tampoco puede negarse que exista, como sí existe en los sectores medios una sensación de desapego mayor frente al gobierno de la que existía al momento de ser electo. Aunque, claro, quede por indagar sobre la relación entre esta exteriorización exaltada del descontento y el voto adverso en la Ciudad de Buenos Aires y los principales centros urbanos del interior del país durante las elecciones del año pasado, del que tanto jugo se sacó entonces y que parecía poner en cuestión la victoria oficialista, aun cuando ésta ya había ocurrido.

Cuánto de esto es parte de una actitud volátil ante una atmósfera mágicamente enrarecida que sobrevuela sobre el gobierno en tanto protagonista de un conflicto más largo de lo previsible; o cuánto de esto se debe a la poco profesional y pésima comunicación que hace el Gobierno de sus logros, su filosofía, la caracterización de sus adversarios, su pertenencia a uno de los 2 proyectos que se disputan a nuestro país desde hace 200 años, etc, etc., es un debate que deberá aclararse en los próximos meses. Lo que sí parece necesario es que el gobierno debe darse una política más concreta para ampliar su base social, para recuperar anclaje territorial, para sumar mucho más que a propios y convencidos.

La “crisis del campo”, más que cualquier otra cosa, hizo mella en ello, sobre todo en los pueblos del interior, donde la adhesión a la gestión K había sido revalidada en las urnas. Pero esto va a revertirse. El gobierno debe darse base social en el “campo”. Debe asumir el desafío. Tiene los recursos para hacerlo, y no sólo los materiales. Un gobierno preocupado por la distribución del ingreso debe apelar a la racionalidad de los productores (pequeños y medianos) para ponerlos de su lado, y esto más allá de la tarea difícil que resulta el enorme cambio cultural que ha atravesado al sector. Debe hacerlo, y hacerlo entre las grietas que dejan algunas de sus entidades, o por sobre ellas mismas. Debe hacerlo, con una política más integral, con más preocupaciones micro y sin resignar, necesariamente, ninguna de sus convicciones previas. La rentabilidad en ciernes y mucha más comunicación y difusión de los verdaderos objetivos del Gobierno, van a revertir en sumo grado la situación.

La sociedad les va a terminar poniendo el límite

9 de June del 2008 | 433 Comentarios

Desmedida, desmesurada, desbocada, la protesta del campo parece no tener fin.

Han tomado de rehenes al resto de la sociedad y no piensan liberarla.

Esto no quiere decir que no tengan derecho al reclamo, a la protesta, a la petición. Pueden reclamar, protestar, peticionar, porque así lo garantiza nuestra Constitución Nacional, pero también deben entender que todo tiene un límite.

Que no se puede jugar con el tiempo, el dinero y las actividades de los demás.

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De aquí en más

30 de May del 2008 | 96 Comentarios

Los tiempos se aceleran, el escenario cambia, la dinámica del conflicto suma interrogantes y también algunas certezas. Sabemos que el “campo” prioriza, de modo cada vez más excluyente, la discusión por el carácter móvil de las retenciones y que el resto de las cuestiones (el tan mentado programa agrícola, la distribución del ingreso y la suerte de los productores más débiles) han quedado, en el mejor de los casos, como excusas para ganar adhesión en la sociedad. Sabemos que al “campo” no le interesa demasiado aceptar las compensaciones y los reintegros que ofrece el gobierno porque, entre otras, no podría cobrarlos debido al porcentaje elevado de evasión del sector. Sabemos que está atravesado por una lógica de doble juego (entre la intransigencia de las “bases” y la sobreactuación de la dirigencia) que impide llevar a buen término cualquier negociación que se emprenda. Sabemos que por más que la protesta coyunturalmente ceda, las condiciones del mercado internacional y los cambios culturales en el sector, presagian conflictos por venir de variado voltaje. Y sabemos que hay sectores que se han aupado en el conflicto para sacar provecho político de la incertidumbre e hincarle el diente al gobierno. Ese es parte del escenario complejo sobre el que se juegan las fichas.

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De Tilingos y Autodestructivos

15 de May del 2008 | 280 Comentarios

Recuerdo que al poco tiempo de asumir Kirchner, se armó una especie de catástrofe nacional porque el Presidente no había podido atender a la Nº 1 mundial de Hewlett Packard. A la gente del pueblo le importaba mucho más que el Presidente continuara con el vértigo de intentar sacar al país del marasmo, creando miles de puestos de trabajo, reduciendo la deuda externa, etc. Yo no podía creer que se hiciera tremendo escándalo por tamaña estupidez. El terror básico era ¿qué van a pensar de nosotros en EEUU? ¿nos confundirán con un país bananero? ¿se darán cuenta de que somos un país de segunda? Pobre gente. Observando y evaluando a su propio y querido país, desde la mirada del otro (por supuesto el otro era EEUU; no Bolivia, Ecuador o Guatemala). Al poco tiempo Grondona y Longobardi me tuvieron 40 minutos en un programa de TV interrogándome indignados por qué K no había ido al velorio del Papa. Ciento setenta países no fueron al velorio del Papa, sólo aquí algunos intentaron fabricar con eso una tragedia.

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¿Unánimes o mediocres?

12 de May del 2008 | 73 Comentarios

Puedo hacer una lista de 100, 200 (ó 500!) comunicadores, periodistas y opinólogos, que repiten las mismas opiniones y comentarios, ¡calcados!, sobre la riquísima actualidad política de nuestro país. Los grandes pensadores argentinos contemporáneos se desloman autoproclamándose democráticos, repiten que valoran la multiplicidad de ideas y la variedad de aportes, pero aterrorizados por el riesgo de sacar los pies del plato, de parecer distintos, de ser señalados, terminan repitiendo acusaciones y obviedades a coro. Todo me hace pensar que angustiados y quizás temblando, ante cualquier idea propia se preguntan “¿será políticamente correcto lo mío?”.

Es gravísimo, detestaban el pensamiento único y es lo único que hacen.

Imagino que al unísono y cada día, todos cantan bajo la ducha masajeándose las ideas con el mismo champú, ellos que tanto decían detestar los lavados de cerebro soviéticos.

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