Adolfo Suárez y la paternidad

Hace unos domingos en un almuerzo familiar, mi viejo se comparó, en joda, con Adolfo Suárez. Y me acordé del final de Anatomía de un instante, el libro de Javier Cercas que narra el intento de golpe de Estado del 81 (“golpe de timón”, “golpe de bisturí”) que buscó quebrar la transición española; el gesto de Suárez de pie en el hemiciclo del Congreso mientras las balas agujereaban el edificio. Ahí Cercas cuenta cómo la política, especialmente la postura acerca del gobierno de Suárez, marcó la relación con su padre: “pasada la adolescencia, pasaron las discusiones. Nosotros, sin embargo, seguimos hablando de política, supongo que porque a base de fingir que nos interesaba había acabado interesándonos de veras”. Y confiesa que el negocio era discrepar, porque así “la discusión duraba más”. El texto es hermoso, pero le falta una parte de la ecuación: el dilema de los hijos que se transforman en hijos-padres y comienzan una nueva tradición, una nueva disputa. Eso, ¿cómo se hace?

Imagen de previsualización de YouTube

Abajo un extracto del final de Anatomía de un instante. Me parece que a pesar de la distancia y todas las diferencias que pueden existir, muestra algo más universal:

“Siempre nos entendimos bien, salvo quizá, fatalmente, durante mi adolescencia. Creo que por aquella época yo me avergonzaba un poco de ser su hijo, creo que porque pensaba que iba a ser mejor que él, o que iba a serlo. No discutíamos mucho, pero siempre que discutíamos discutíamos de política, lo que es curioso, porque a mi padre la política no le interesaba en exceso, y a mí tampoco, de lo que deduzco que esa era nuestra forma de comunicarnos en una época en la que no teníamos muchas cosas que comunicarnos, o en que no resultaba fácil hacerlo. Ya dije al principio de este libro que por entonces mi padre era suarista, igual que mi madre, y que yo despreciaba a Suárez, un colaboracionista del franquismo, un chisgarabís ignorante y superficial que a base de suerte y de mangoneos había conseguido prosperar en democracia; es posible que pensase algo parecido de mi padre, y que por eso me avergonzase un poco de ser su hijo. El caso es que más de una discusión terminó entre gritos, si no con algún portazo (mi padre, por ejemplo, se indignaba y se horrorizaba con las asesinatos de ETA; yo no estaba a favor de ETA, al menos no demasiado, pero entendía que la culpa de todo era de Suárez, que no le dejaba a ETA otra opción que matar); el caso es también que, pasada la adolescencia, pasaron las discusiones. Nosotros, sin embargo, seguimos hablando de política, supongo que porque a base de fingir que nos interesaba había acabado interesándonos de veras. Cuando Suárez se retiró, mi padre siguió siendo suarista, votaba a la derecha y algunas veces a la izquierda, y aunque no dejamos de discrepar para entonces ya habíamos descubierto que era mejor discrepar que estar de acuerdo, porque la conversación duraba más. En realidad, la política acabó siendo nuestro principal, casi nuestro único tema de conversación; no nos recuerdo hablando muchas veces de su trabajo, o de mis libros: mi padre no era lector de novelas…”.

Publicado por
Todo el contenido publicado es de exclusiva propiedad de la persona que firma, así como las responsabilidades derivadas.
Publicado en Sin categoría


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *