Del portavoz político al prensero

Chusmas profesionales que llevan y traen entre políticos/empresarios y periodistas, los prenseros son, en el mejor de los casos, la voz de la conciencia de los poderosos ante los medios. Confidentes en las peores horas, sus consejos suelen trascender lo estrictamente profesional. Cuentan en un ministerio que hasta tenían a cargo la defensa “olorífera” del despacho de un ministro asediado por los asados de los muchachos de automotores. Según un periodista que cubre economía, el laburo de estos tipos consiste en no decir toda la verdad (a veces mentir) y asegura que, aunque bajó el nivel profesional, todavía quedan algunos virtuosos que “por lo menos te consiguen un off the record”.

Un exponente de los virtuosos coincide con el diagnóstico de precarización: la profesión se ha devaluado en términos políticos. El portavoz o vocero solía ser una figura política con peso propio, expresaba el pensamiento de su jefe y bajaba línea al partido. Campolongo era el vocero de Luder en el 83, daba notas a los medios, pero además era Campolongo, era una figura política. José Ignacio López era el alter ego político de Alfonsín, Juan Pablo Baylac, de De La Rúa. Hoy hay asesores detrás de los discursos y las estrategias de los políticos, pero más allá de anunciar que X o Y estarán en un medio o leer un parte médico, casi todos permanecen en las sombras. Pero las sombras también tienen su ventaja, aseguran cerca de una figura provincial, “le permite al vocero ser el jefe de asesores del funcionario y hombre de consulta continua”.

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¿Efectos de la polarización?
“Clarín quería que gane Menem en el 89”, dice un testigo de aquellos años, “pero nunca se llegó al nivel de politización de los medios que se ve hoy en día”. Timerman le decía a Apold que no le servía que los apoyara un medio peronista sino uno con un perfil más “independiente” (cfr. Timerman, el periodista que quiso ser parte del poder, de Graciela Mochofsky), una fórmula que repitió con éxito dispar con otros presidentes y que, años después, algunos no han aprendido del todo.

Jorge Fernández Díaz contó una vez en una columna en el diario La Nación una experiencia que ilustra hasta dónde puede llegar el absurdo. Un cronista llegó a la redacción con una noticia candente, confirmada por el vocero de un funcionario del gobierno nacional. Al cierre, su editor duda y consulta con otra fuente al tanto de las novedades que rechaza categóricamente la información. ¿Qué pasó? Averiguaron después que el vocero que largó el “pescado podrido” se pavoneaba ante su jefe esa misma noche en un bar con una extraña confesión: confirmó un rumor falso para poder desmentirlo al día siguiente y conseguir una nueva prueba de que no solo Clarín miente.

Un ex periodista dice que en los últimos años los políticos desfilan cada vez más por programas de interés general (desde Animales sueltos hasta AM, pasando por Tinelli e Intratables) para conquistar a la gran mayoría a la que no le interesa la política en lo más mínimo. Menem inauguró en la cama de Moria y el living de Susana una tendencia que tuvo un parate, con excepciones, en los años de De la Rúa y los Kirchner, y que vuelve a instalarse con los políticos “de la gente” y la programación de América. A primera vista parece una paradoja, pero un entrevistado aseguró que “la politización de los programas de interés general se debe a la crisis de los partidos y al descreimiento de la sociedad hacia las formas tradicionales de hacer política”. Los niveles de audiencia de Santiago del Moro no contradicen la hipótesis.

 

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