Tres mil kilos de harina con agua y sal, mil quinientos litros de aceite bien caliente y mil doscientos kilos del mejor dulce de leche. Con eso, la churrería “San Cayetano” de Pinamar produce los churros de toda una temporada.
Desde hace 4 décadas, Héctor Gil se instala con su familia en la costa para hacer y vender la factura clásica del verano. Con su mujer, sus dos hijos y su yerno, forman una máquina perfecta de cinco eslabones.
La sincronización del trabajo es increíble. Uno amasa, otro corta, el que puede fríe, la otra rellena y la que queda libre atiende al público. Funcionan a la perfección y sin detenerse. Los movimientos son exactos porque el lugar es ínfimo y el aceite caliente es un peligro.
Está claro. La estadía de Muy buen provecho en el lugar más bien entorpece la tarea. Por eso nos justificamos a cada rato: “Sólo queríamos saber cómo se hacen los churros que comen todos”.
“Ningún secreto. Esto es masa frita nomás, nada de misterio”. Pero Héctor disimula. Hay algo especial en sus churros que los vuelve irresistibles. “Tomá, probá uno”, dice mientras estira la mano con convicción para que sea imposible rechazarlo.
“Compren mucha carne, pero que sea feed lot, si no, no la traigan.” La voz del gastronómico Luis Barrionuevo suena a reto entre sus colaboradores. Es que el gremialista se obsesiona hasta con el último detalle del menú con el que acostumbra agasajar a sus aliados y socios políticos, todos con un acentuado perfil anti K.
Este año, los 200 invitados al convite marplatense de la CGT Azul y Blanca –que se realizó en el Gran Hotel Sasso de Punta Mogotes en Mar del Plata– se llenaron la boca con “los mejores cortes de la carne más tierna”, dicen los que se encargaron personalmente de comprarla. Después de haber barajado la posibilidad de hacer la carne al horno por la lluvia que caía temprano sobre la costa, los asadores montaron una carpa y se animaron a las brasas con cuatro camas viejas que usaron de parrilla.
Los encargados de la organización le hicieron caso a Luis y compraron 200 kilos de asado. A eso le sumaron chorizos y 400 empanadas salteñas de entrada. Para acompañar la carne se prepararon ensaladas de lechuga, tomate, cebolla y radicheta.
Para amenizar el almuerzo, se descorcharon 400 botellas de vino tinto y blanco Rutini y Trumpeter. “No creo que se lo tomen todo, por el tema de la alcoholemia, viste”, se atajó uno de los organizadores. Al final, los 40 mozos contratados para la ocasión sirvieron tortas y masas dulces.
Entre los que llegaron temprano para sentarse a la mesa anti K estuvieron el ex presidente Eduardo Duhalde; el ex titular de la Side, Miguel Ángel Toma; el misionero Ramón Puerta y el gobernador Alberto Rodriguez Saá, de San Luis. Al cierre de esta nota, Francisco De Narváez y Alfredo De Angeli todavía no habían llegado. ¿La excusa? Una demora en los vuelos por el mal tiempo.
Verónica Wiñazki
Nació frente a la estación de Caseros, hace 27 años. De chica miraba comer sándwiches y panchos a los pasajeros del tren San Martín, que los compraban apurados en un bar con mostrador a los andenes. Es psicóloga y se dedica al periodismo. Le gustan los ravioles con crema, el sushi y el asado. Con Muy buen provecho intenta mostrar cómo comemos los argentinos. Eso nomás: una radiografía de ese hábito esencial.