Un oso pardo devora una fuente llena de frutas, verduras y pan con miel. Antes que el animal levante la vista de su plato, un grupo de niños corre y se cuela por donde puede para ver a la bestia que ahora se relame satisfecha. Gritos, flashes y más gritos.
El zoológico de Buenos Aires se convierte de pronto en un gran restaurante. El predio de 18 hectáreas enclavado en el centro del barrio porteño de Palermo es ahora un comedor gigante para los 2.000 animales que lo habitan. Y un espectáculo gastronómico para todos los demás.
Detrás del show, y ajenos al ritmo acelerado de los visitantes ocasionales, hay expertos en nutrición que trabajan todos los días desde las seis de la mañana hasta el mediodía preparando la ración de comida para cada animal: cien gramos de cucarachas para los murciélagos; un kilo y medio de hinojo para las tortugas; o diez kilos de carne para los leones.
La cocina es un pequeño reducto perdido entre los senderos del Zoo. Hay una mesada de mármol, balanzas para pesar insectos, ollas gigantes hirviendo kilos y más kilos de zapallo, heladeras industriales repletas de carne, cajones de verduras, paquetes de comida balanceada, hormas de queso y platos con frutillas. Los encargados de la comida animal seleccionan, cortan, pesan y embolsan el alimento que luego será repartido.
Delivery boys. Dos hombres vestidos con uniforme verde pasan inadvertidos entre tanto hijo, pochoclo y madre alterada. Caminan por los senderos del zoológico cargando una bolsa de nylon transparente con un pedazo de carne. Caminan en dirección a la jaula de los leones, que de repente se levantan de su letargo habitual porque advierten que la presa está cerca, aunque llegue muerta y envuelta en plástico.
“Esto es un restaurante con delivery incluído”, se divierte Miguel Rivolta, veterinario a cargo de la Gerencia Técnica del Zoo. “Igual que nosotros -dice- los animales tienen su costumbre de comer, y sus mañas también”
Tres mil kilos de harina con agua y sal, mil quinientos litros de aceite bien caliente y mil doscientos kilos del mejor dulce de leche. Con eso, la churrería “San Cayetano” de Pinamar produce los churros de toda una temporada.
Desde hace 4 décadas, Héctor Gil se instala con su familia en la costa para hacer y vender la factura clásica del verano. Con su mujer, sus dos hijos y su yerno, forman una máquina perfecta de cinco eslabones.
La sincronización del trabajo es increíble. Uno amasa, otro corta, el que puede fríe, la otra rellena y la que queda libre atiende al público. Funcionan a la perfección y sin detenerse. Los movimientos son exactos porque el lugar es ínfimo y el aceite caliente es un peligro.
Está claro. La estadía de Muy buen provecho en el lugar más bien entorpece la tarea. Por eso nos justificamos a cada rato: “Sólo queríamos saber cómo se hacen los churros que comen todos”.
“Ningún secreto. Esto es masa frita nomás, nada de misterio”. Pero Héctor disimula. Hay algo especial en sus churros que los vuelve irresistibles. “Tomá, probá uno”, dice mientras estira la mano con convicción para que sea imposible rechazarlo.
Las nubes cubren el cielo de Santo Antonio de Lisboa, al sur de Florianópolis. Un chorro de agua fuerte y dulce limpia las ostras recién traídas del mar que ahora chocan entre sí en una red oscura, que las contiene vivas.
José Alberto Queiroz pesca desde que tiene 8 años, cuando con su papá se embarcaba mar adentro en una balsa hecha “de un sólo tronco”. Hoy se dedica a la maricultura y es pionero en el cultivo de ostras, actividad que comenzó hace 23 años. Tiene la piel curtida por el sol, el pelo gris y arrugas profundas. Está vestido con un mameluco azul y sostiene una manguera. Su voz es gruesa y se escucha fuerte en medio de la playa desolada: “soy el primer productor de ostras del Estado de Santa Catarina”, dice, y hace silencio para mirar el mar.
“O verdadeiro canto das ostras”. El molusco tarda de ocho a diez meses en alcanzar el tamaño ideal para su comercialización. Cada diez días, durante todo ese tiempo, Queiroz retira las ostras del mar y las limpia con agua dulce. Así les quita los depredadores que se posan en las conchas cuando están sumergidas en el mar. Si no lo hace, dice, “pueden morir o lastimarse”.
Cuando están listas para comer, el hombre de mameluco azul las vende a los hoteles y restaurantes de la zona a 5 reales la docena (menos de 8 pesos). Luego, a la carta, el plato de 12 ostras “al natural” costará alrededor de 40 reales (60 pesos).
Ya está oscureciendo en Florianópolis. Queiroz y sus ayudantes guardan los botes y las redes que volverán a usar mañana, apenas amanezca. El silencio es absoluto. El mar está calmo. Sólo queda abrir la ostra, apretar el limón, y listo.
Los presos del pabellón B de la Unidad de Detención de Río Grande quieren disfrutar las fiestas con un banquete. Y así se lo hicieron saber al Juez Correccional Federico Carniel, a quien le enviaron una nota escrita de puño y letra -así, como quien envía una carta para Papá Noel- con el listado de alimentos que consideran necesarios para festejar.
El diario online Resumen Policial de Tierra del Fuego, publicó las imágenes:
“Tengo para contar de los perros, los gatos y los loros”. Rubén Gómez no exagera. Trabajó 14 años como chef en la Quinta de Olivos y vivió en la intimidad con la familia Menem y con los De la Rúa. Cocinó para ellos, para sus amigos y para los invitados.
Desde la cocina, Gómez escuchó gritos, recibió órdenes y fue testigo de situaciones desopilantes. Como cuando el ex presidente Carlos Menem le enseñó a cantar la marcha peronista a “el negro”, un loro que convivía con ellos, entre ollas y sartenes.
Muy buen provecho encontró a Rubén en un pasillo de la Casa Rosada, donde trabaja desde que dejó “el chalet presidencial”. Entusiasmado y locuaz contó las anécdotas que coleccionó durante su estadía en Olivos. El asado que se comió George Bush, el papelón de “Charly” con Isabel Perón, las visitas sorpresivas de Zulemita a la cocina y los modos de la familia del ex presidente Antonio De la Rúa.
¿Qué comen los gobernantes de la Argentina? ¿Cuáles son sus platos preferidos? ¿Qué dicen sobre ellos los que los conocen en la intimidad? Muy buen provecho no pudo resistirse a la tentación de averiguarlo.
La Casa Rosada recibía a los maestros en su día. Cristina Kirchner tarareaba el himno a Sarmiento en un Salón Blanco iluminado y lleno de gente. Y nosotros, cámara en mano, recorríamos los pasillos fríos de la casa de Gobierno en busca de respuestas.
Carlos Catalino Pérez, Rubén y Carlos Gómez, son tres hombres que conocen, como pocos, las intimidades gastronómicas de los que llevan las riendas del país. Trabajan en la cocina de la Rosada desde hace más de tres décadas cada uno. Preparan y sirven la comida a los funcionarios. Se codean con ellos. Saben todo. Y lo cuentan.
Desde hoy, Muy buen provecho presentará en tres entregas las historias que relatan los cocineros de sus poderosos comensales.
La primera es la de Carlos Catalino Pérez. El hombre que le da de comer a Cristina Kirchner. El mismo hombre que desde hace 32 años le prepara la comida a los presidentes y a los ministros que almuerzan en Balcarce 50. A todos, desde María Estela Martínez de Perón hasta los Kirchner, pasando por Menem, Duhalde y sus ministros.
La semana que viene, Carlos Gómez, el jefe de los mayordomos, contará cómo es su vida en la Rosada. Café, golf y fútbol presidencial.
Mientras la presidenta anunciaba el pago de la deuda al Club de París y se depreciaban los bonos. Cuando subía el dólar y se producía uno de los mayores desastres bursátiles de la historia de los Estados Unidos desde la crisis del `29. Justo y precisamente en el día y la hora en el que el Merval llegaba a su nivel más bajo en dos años y el riesgo país argentino marcaba un nuevo tope en la historia. Cuando quebraba Lehman Brothers y el lunes negro todavía sobrevolaba en los mercados internacionales; los funcionarios de la Casa Rosada se deleitaban con “arroz a la financiera”.
Se sirve a las 12 del mediodía en el comedor de la casa de Gobierno. Es rico, barato (cuesta sólo 3 pesos con entrada y postre), pero no sirve como poción mágica para arreglar el desbarajuste global de los mercados.
Desde que desembarcó en el predio de la Sociedad Rural, el toro Cleto es asediado por los medios y por los curiosos que se acercan para conocerlo. El ejemplar de raza Shorton es un macho reproductor que fue apodado en honor al vicepresidente Julio Cobos, luego de su voto “no positivo”.
Cleto, ajeno al extravagante ruido mediático que produjo su irrupción en la Rural, se la pasa recostado en un gran corral simulado con aserrín y bosta. A su lado, reposan otros bovinos formando una hilera larga.
El paisaje puede ser ridículo para quien pisa por primera vez esta exposición: un pabellón enorme con techo de chapa y luz artificial; paredes amarillas; altoparlantes que escupen novedades a un volumen altísimo; transeúntes con camisa, alpargatas y cámaras de fotos; toros rumiando; y un aroma a carne asada que viene desde la parrilla del comedor que hay en el centro del salón y que se mezcla con el olor animal.
Nada haría pensar que el famoso mamífero de color marrón es un semental. Pero sí, Cleto es un macho reproductor dador de semen. Es todo lo que hace. Y para eso debe cuidar su dieta. “El alimento es lo que garantiza la eficacia de sus espermas”, explicó a Muy buen provecho un experto que se acercó a observar al toro.
Por eso, bajo el estricto cuidado de Néstor K. -sí, la ironía es completa-, este bovino de 1.040 kilos consume por día el 3 por ciento de su peso en alimento y así se mantiene en forma.
Pero, ¿Qué come? ¿Qué alimento es el que le provee a Cleto el vigor que necesita? ¿Cuál es la dieta de este verdadero semental?
Y otra cosa: ¿Por qué es tan rico el asado con vino tinto? ¿Es por tradición? ¿Es sólo cuestión de gustos? ¿O hay otra explicación?
Catador experto, Rosberg revela las razones de por qué el tinto va mejor con las carnes rojas y el blanco con los pescados. Sin embargo, asegura que no necesariamente esto es así. Que hay otras opciones. Que podemos escapar al dogma.
El ser humano se conduce a veces de manera incomprensible y enigmática. En ocasiones, la razón no consigue explicar el comportamiento de los hombres.
Por ejemplo:
¿Cómo entender que alguien espere hasta 40 minutos por algo que puede conseguir en menos de cinco? ¿Cuál es la causa que conduce a una persona a detenerse y esperar cuando podría no hacerlo? ¿Puede un café despertar el deseo hasta límites insospechados y lograr que la gente se agolpe –y haga cola- para conseguirlo?
Muy buen provecho fue a buscar la respuesta al shopping Alto Palermo, donde hace 15 días abrió sus puertasStarbucks, la cadena norteamericana de cafés más grande y conocida del mundo. Había una fila de más de 50 personas esperando para conseguir un Frapuccino, un Espresso Macchiato o un Café Latte. La mayoría se quejaba. Pero ninguno, ni hasta el más severo, se movió de su puesto hasta conseguir lo que había ido a buscar.
Y la pregunta vuelve a pronunciarse:
¿Por qué alguien es capaz de esperar tanto tiempo por un café?
Nació frente a la estación de Caseros, hace 27 años. De chica miraba comer sándwiches y panchos a los pasajeros del tren San Martín, que los compraban apurados en un bar con mostrador a los andenes. Es psicóloga y se dedica al periodismo. Le gustan los ravioles con crema, el sushi y el asado. Con Muy buen provecho intenta mostrar cómo comemos los argentinos. Eso nomás: una radiografía de ese hábito esencial.