Elisa Carrió no sabe si quedarse con la chistorra, el queso reggiano macerado en frambuesa o el salame precocido ahumado. Prueba. Pregunta. Prueba otra vez. Exclama: “Esta chistorra es bárbara”. Al final, decide comprarse todo. “Es mi alimentación para estar sana y feliz”.
En campaña por el interior de la provincia de Buenos Aires, la líder de la Coalición Cívica se detuvo en una fiambrería de Tandil para comprar quesos y embutidos. Con la boca llena y frente al lente de la cámara, asumió: “Es la foto que quería el poder para destruirme”.
Con una bandera colombiana atada al cuello y un cartel giratorio sostenido con un palo, José Luis y Sergio venden café sobre la calle Florida. Tienen menos de veinticinco años y vinieron desde Bogotá para estudiar.
Ojalá que llueva café. Encontrarlos es una bendición en la recorrida peatonal casi siempre nefasta. Están ahí, entre oficinistas apurados, kioscos de diarios, artesanos, turistas brasileños y “arbolitos” insistentes.
Todas las mañana, José Luis y Sergio se levantan temprano para preparar los cinco litros de Café “Sello Rojo” que venderán más tarde.
Así, en dos horas de caminata por Florida, los cafeteros colombianos recaudan 70 pesos para costear sus estudios y bendecir con su bebida negra a quienes tengan la suerte de encontrarse con ellos.
Ayer, en la Plaza de los Dos Congresos, hubo de todo. Un Néstor Kirchner eufórico desde un escenario colmado de funcionarios K; una multitud pro retenciones; carpas blancas; banderas argentinas; carteles a rolete y pirotecnia por doquier. Pero también: Chori, chipá, paty, torta frita y el cafetero de siempre.
Héctor Bustamante es un inventor. Con una bicicleta, una garrafa de gas, una luz infrarroja y mucho ingenio, creó “una máquina perfecta” capaz de desgrasar churros.
“¿No me crees?”, lanzó desafiante. Y Muy buen provecho no pudo resistirse a la tentación de comprobarlo.
Héctor se para todos los días en la puerta de la terminal de ómnibus de Rosario con su bici azul y sus churros light. Tiene 61 años y es vendedor ambulante desde hace 7. “Pero mucho antes ya había entrado al rubro de la churrería, por eso se me ocurrió este sistema que es único acá en Rosario”, dice mientras nos enseña su invención.
La súper bici carga 14 docenas de churros, tortas fritas y pirulines rellenos de dulce de leche. Si todo va bien, el inventor despacha las facturas en cinco horas y se va andando por las calles de Rosario.
Félix Pérez vende café frente a la Plaza de Mayo. Tiene un carro oxidado y trece termos plateados llenos de bebida caliente. Este cafetero es un testigo privilegiado de los últimos años de la historia política de la Argentina.
Desde 1997 hasta hoy, Félix vende café y observa los pasos de los poderosos. Su puesto es inmejorable: durante ocho horas y de lunes a viernes se para sobre el cordón de la vereda de la Avenida Rivadavia al 300, en diagonal exacta a la Casa Rosada. Y desde allí lo mira todo.
El cafetero centinela vio llegar –y también irse– a ocho presidentes desde que empezó a vender café. El 20 de diciembre de 2001 fue testigo de la huida de De la Rúa. Y se jacta de su ubicación preferencial: “¿Sabés cómo se veía el helicóptero desde acá?”, cuenta orgulloso.
Pase lo que pase, Félix nunca abandona su puesto. No lo amedrenta ni la caballeriza ni las balas de goma ni nada: “Si se arma en la Plaza, la policía me avisa y me refugio debajo de un techo, pero sigo vendiendo igual”.
En 2003, lejos del conflicto que hoy enfrenta al Gobierno con el campo, Félix dice haberle servido un café a Alfredo De Angeli. “Vino con otros chacareros a pedirle a Kirchner que no les rematen los campos y se tomó un cafecito”.
El centinela de la Rosada prefiere a Néstor que a Cristina. “Ella no me gusta; llega tipo 11, no como él que llegaba bien tempranito. Yo la veo entrar a la Presidenta todos los días. Se baja del helicóptero y la traen en auto hasta la entrada y no sale hasta que se va”, cuenta con naturalidad y agrega: “En cambio al pingüino lo veía caminar todos los días, a la mañana y a la tarde, yendo y viniendo alrededor de la Rosada”.
Al que Félix prefiere ni ver es al jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri: “A Mauri le tengo miedo porque no quiere a los pobres. Si los ve, les pasa por encima”.
El carro del cafetero carga -además de café- 5 docenas de facturas, 50 sándwiches, gaseosas, y 11 años de historia.
María Esther Osorio es cocinera de profesión. Fue camarera de joven y sus jefes le pagaron un curso de cocina que dictaba el Sindicato de los Gastronómicos en 1985. Así aprendió. Siempre supo que estudiar le salvaría la vida.
Cuando hace diez años la echaron de la empresa donde trabajaba, Mari empezó a cocinar. Primero para su hija, que era empleada en un puesto de panchos que está sobre el andén número siete de la Estación Constitución. Y después para todos los trabajadores de esa terminal inmensa.
La cocinera arranca la mañana amasando pan mientras planea el menú del día. Puede ser guiso, pasta o carne, lo que sea; todo lo que hace Mari es casero. Todo. “Por eso a la gente le gusta tanto”, dice mientras me muestra orgullosa las lentejas con queso fresco que preparó para hoy y que vende a 5 pesos. “Haga lo que haga, yo vendo la bandeja a ese precio, ellos ya lo saben. Y para los que no pueden pagar tanto, les preparo una porción un poco más chica a 4 pesos”.
Es la una y media de la tarde y es difícil encontrar a Mari, que se pierde con su changuito rojo entre miles de viajantes. Recorre los puestos de diarios, los de panchos y los de milanesas. Todos la saludan y aprueban contentos la elección del menú del día. “Siempre nos sorprende con algo rico”, lanza eufórico José, el del puesto de diarios y revistas que está justo en la entrada y en el medio de todos los andenes. Y mientras Carla, que vende panchos, rompe el nylon que envuelve a las lentejas, murmura: “Qué grande Mari, es la mejor de todas”. Como si ese momento del día, cuando la cocinera llega con su chango y su comida, fuese el que todos en Constitución estaban esperando.
Hace una década que los trabajadores de la terminal almuerzan y meriendan la comida que Mari prepara de lunes a lunes. Ella vive a una cuadra y media de la estación con una hija y dos nietas. El domingo 11 cumple 62 años y no va a dejar de cocinar. “Yo con este changuito, así como lo ves, me construí la casa”, cuenta con lágrimas en los ojos.
Hoy es el Día Internacional del Taxista. Y José, que maneja un taxi desde hace una década, lo va a festejar trabajando.
Tiene 55 años y una vez decidió subirse arriba de un auto para ser, al fin, su propio jefe. Ahora, se viste de traje y recorre la ciudad en un Fiat Siena 0km que alquila por 120 pesos diarios.
José no le tiene miedo a la noche. Trabaja toda la semana de siete de la tarde a siete de la mañana y asegura que le robaron una sola vez. Lo metieron adentro de una villa y le sacaron todo: la recaudación, el celular y los documentos. Pero no se amedrenta. Conoce la calle como nadie y afirma que es mejor que manejar de día: “La noche es más tranquila y se gana más. No tenés problemas con el tráfico y los viajes siempre son más largos”.
En la ciudad circulan unos 37.000 taxis que transportan cerca de 1.200.000 pasajeros por día. Muchos de los que hoy festejan, pararán a comer en algún momento de la jornada.
¿Dónde comen los taxistas? ¿Cuánto pagan su comida?
Que los tacheros comen bien y barato, es un máxima conocida. Una sentencia repetida una y mil veces. ¿Pero es verdad? ¿Comen más barato que el resto de los mortales?
Muy buen provecho le propuso a José ir a cenar con él para averiguarlo. La cita fue a las diez de la noche y el destino, esta vez, lo elegía el conductor.
Fuimos a la estación de GNC que queda en la esquina de Cucha Cucha y Gaona, en el barrio porteño de Caballito, donde José carga gas y cena cada noche desde hace diez años. “Ya vas a ver, este lugar se recomienda solo”, nos dice convencido.
El menú es sencillo y el precio es sorprendente: una milanesa de pollo con un tomate cortado al medio y un vaso de gaseosa, cuesta 6 pesos. Y eso no es todo: “La comida es casera y te la hacen en el momento”, dice José mientras relojea el partido de fútbol que pasan en uno de los televisores de 20 pulgadas que hay en el salón.
Para festejar el 1º de mayo, Raúl Castells organizó un almuerzo popular en Puerto Madero para toda su agrupación. Según él mismo estimó, había unas 3 mil personas comiendo empanadas y pollo.
En medio de los docks 6 y 7 del barrio más caro de Buenos Aires, los integrantes del Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD) montaron un gran comedor con tablones de madera y manteles de plástico.
Entre señoras paquetas con sus caniches blancos y turistas extasiados ante semejante despliegue popular, los piqueteros de Castells cantaban la cumbia que sonaba en vivo. Aplaudían furiosos y pedían bis. Algunos jóvenes ironizaban y se reían: “Hay que aprovechar ¿Cuándo vamos a volver a comer en Puerto Madero?”
El dirigente observaba atento cada detalle de la organización y caminaba lento y entre las mesas. Saludaba a quienes se acercaban y aceptaba fotos con los más cholulos. Despreocupado y sin su poncho habitual, Castells comió un trozo de pollo al paso. Nunca se sentó ni paró de hablar.
Nina Pelozo, su mujer y ex participante de “Bailando por un Sueño”, estuvo ausente. La que sí se acercó al lugar fue la diputada de la Coalición Cívica, Patricia Bullrich, pero no comió.
A pleno sol y al lado del río, los piqueteros comieron y festejaron el día del trabajador. Eran las dos de la tarde y un locutor agitaba con el micrófono: “vámo, vámo arriba que termina.”
Mirá el video y conocé lo que es un verdadero almuerzo piquetero:
Nació frente a la estación de Caseros, hace 27 años. De chica miraba comer sándwiches y panchos a los pasajeros del tren San Martín, que los compraban apurados en un bar con mostrador a los andenes. Es psicóloga y se dedica al periodismo. Le gustan los ravioles con crema, el sushi y el asado. Con Muy buen provecho intenta mostrar cómo comemos los argentinos. Eso nomás: una radiografía de ese hábito esencial.