El 2 de noviembre, Jorge Fontevecchia, fundador del Diario Perfil, expuso en la Universidad de San Andrés bajo el título que tiene este post. Allí analizó una discusión que trasciende a las redacciones periodísticas, el on line y el off line. A continuación, la charla completa de Fontevecchia:
El 16 de agosto nuestro moderador Roberto Guareschi escribió una muy comentada columna titulada “¿Cómo salvar al periodismo?” de la que voy a leer algunos párrafos.
El periodismo está en crisis: corre el riesgo de perder aún más calidad y de convertirse en insustancial. Ha dejado de ser el gran negocio que era en los 90 y sigue en declive: caída de la venta de ejemplares y de publicidad. El periodismo bueno es caro. Si cae el negocio la primera víctima es la calidad: las empresas reducen costos en periodistas (talento) y en recursos (tiempo, herramientas, servicios).
El periodismo han cambiado para siempre. Ahora los medios tradicionales pierden el monopolio de la mediación y de la producción de contenidos y las personas pueden autopublicarse y relacionarse entre ellas desde sus producciones con un dinamismo nunca conseguido.
El “periodismo ciudadano“, por ejemplo, y otras formas se ubican en este territorio híbrido de blogs de noticias, agregadores de noticias, unión de sites periodísticos con redes sociales, blogs de noticias con una afiliación política.
La promesa que trae la crisis del periodismo de los grandes medios tradicionales y el surgimiento de nuevos modelos en Internet es la posibilidad de recrear el periodismo y lograr una mayor eficacia, participación y libertad y honestidad. Coincido con Jay Rosen, profesor de periodismo de la Universidad de Nueva York: los medios participativos online pueden fortalecer al periodismo y al proceso político.
Los diarios “no emigran bien a Internet… y lo que allí ganan no llega a compensar lo que pierden en el papel”. “Los diarios no tienen un gran futuro” pero “la idea no es salvar a los diarios sino al periodismo”.
“La práctica del periodismo, lejos de ser parasitada por la Web, está allí siendo reinventada, con una variedad de experimentos fascinantes en la recolección, presentación y difusión de las noticias”.
Ya en una columna anterior nuestro moderador escribió entusiasmado: “Florecerá el periodismo, se viene el posperiodismo”.
A la semana siguiente de publicarse “¿Cómo salvar al periodismo?”, el 20 de agosto, el profesor de esta universidad, Eliseo Verón, se sumó a Guareschi con otra columna similar de que también les leeré algunos párrafos.
Articulación individuo/organización. Internet está generando un proceso de desinstitucionalización: se podrá ser periodista profesional con mayor independencia respecto de las grandes organizaciones.
En el caso del periodismo, Internet está desdibujando la figura “masivo-industrial” de la información como mercancía.
Hasta ahora, la profesión nunca llegó realmente a admitir que la “objetividad” es una ilusión. Massing comenta que la mayoría de los bloggers interesantes no busca escribir textos “bien balanceados”: el periodismo digital tiende a volver más explícitos los puntos de vista a partir de los cuales se construye la información. Buena noticia: tal vez la evolución en curso pueda darle el golpe de gracia al mito de la objetividad y la profesión termine reconociendo que en su historia estuvo siempre muy cerca de la política: que informar fue siempre comunicar, es decir construir mundos.
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No comparto algunos optimismos de Guareschi y Verón, en compensación tengo otros, pero mi diferencia esencial y sobre lo que trataré de aportar algo hoy aquí es la causa que nos llevaría al posperiosmo, neologismo con el cual Guareschi bautizó su blog. Profundizaré sobre las causas antes que las consecuencias porque creo que si hacemos un diagnóstico equivocado no podremos ser dueños de nuestro destino.
Hace muchos años cuando ingresé a la facultad pública de Buenos Aires discutía con los profesores y alumnos de tendencia marxista sobre si la infraestructura creaba la superestructura o era la superestructura que la sostenía a la infraestructura, o sea, si la economía era resultado de la cultura o la cultura de la economía. Como buen liberal tengo tendencia a creer que es la cultura la que crea las condiciones para el desarrollo económico e inicio siempre cualquier análisis de esa perspectiva. Por tanto, desde mi óptica, la causa irreductible del eventual desemboque en el posperiodismo no sería atribuible a Internet, ni a las revoluciones de los ingenieros, o sea a las herramientas, ni a nada material, sino al alma del ser humano y su evolución a lo largo de la historia. Hay que no olvidar que el periodismo es una de la llamadas “ciencias del espíritu”.
Comienzo y espero no ser muy aburrido.
El cógito de Descartes fue el punto arquimédico desde donde se apoyó toda la filosofía moderna para independizarse de la teología que había dominado el pensamiento antiguo y es una filosofía de la esperanza. Como el constructor que remueve la arena para llegar a la tierra firme donde colocar sus cimientos, al poner todo en duda para alcanzar algo indiscutible, en su caso el “puedo tener certeza que si pienso, existo”, Descarte fundó la idea de sujeto y desde él la subjetividad. Recién a partir de siglo XVII el existente humano se animó a saltar más allá de su propia sombra y el sujeto pasa a ser “amo y señor de la realidad”, él pasa a ser autoconstituyente, ser la base y fundarse a sí mismo, lugar que para los griegos y durante toda la edad media estaba reservado al alma y a Dios.
Sujeto viene de sub-jectum, lo que está debajo o sea la base. Y objeto viene de ob-jectum, que quiere decir, lo que está por delante. El sujeto es lo activo, los objetos, lo pasivo. No hay objeto sino para un sujeto. Pasa a haber un sometimiento de los objetos al sujeto. Los objetos que antes era creaciones de Dios pasan a ser representaciones del sujeto, y el conjunto de esas representaciones pasan a ser el teatro de la vida. A las dos categorías aristotélicas de verdadero-falso se le agrega ahora una tercera y mayoritaria de lo solo probable. Todo conocimiento termina siendo provisorio.
Así como Dios no necesitaría intuir un objeto porque al pensarlo lo crearía, el objeto pasa a no ser más, que lo que el sujeto pone en él. La síntesis nunca puede realizarse en los sentidos porque la sensibilidad es una facultad receptiva. Un juicio no es más que la adaptación de la cosa a representaciones dadas. Aquello que no puede ser pensado, no existe.
Ya para Kant la cosas son creaciones del sujeto pero es Nietzche quien da el golpe final declarando que “Dios a muerto” y acabando así con los últimas sobras divinas sobre las cosas. Dos grafitis en Roma sintetizan el paso de la filosofía moderna a la posmoderna, uno dice: “Dio é la risposta” y debajo alguien agregó otra pintada que dice: “Si, ma, ¿qual’era la domanda?
Nietzsche explica la necesidad de los hombres de encontrar siempre un fundamento porque no puede soportar el caos de una vida sin un orden. En Humano, demasiado humano sostiene que el hombre no soporta en sinsentido. Nietzsche es considerado junto con Freud y Marx, como uno de los tres padres de la sospecha. Esa voluntad cansada, que ya no cree en un fundamento último que organice la vida, es una de las cunas del nihilismo: “nihil” es nada en latín. Para Nietzsche el nuevo superhombre es individualista y la subjetividad ocupa el lugar de Dios. Ese descrédito que vale para Dios, es también aplicable a otros grandes fundamentos como nación, patria, estado o ideología.
Cuando se destruyen los fundamentos, todo el mundo que estaba construido con ellos, cae con ellos. Para Nietzsche no hay verdad, todo es error, o ficción. La subjetividad sería una forma de ficción lógica porque es una ficción útil en el teatro de nuestra consciencia.
El modernismo, centrado en la idea de evolución o progreso, es demolido por Nietzsche quien pone en evidencia la crisis del humanismo con fracturas amplias que se extienden a todos los campos de la vida y se relacionan con la organización social en su conjunto, fracaso que alcanza su máximo esplendor con las dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX.
La posmodernidad es la era del relativismo y el desencanto donde se renuncia a las utopías, a la idea de progreso, donde el esfuerzo y la autosuperación son vistas como ingenuas, se valoriza lo inmediato mientras el pasado y el futuro pierden relevancia, se extinguen las grandes figuras carismáticas, se debilitan las ideologías, los líderes son elegidos por su imagen desacralizando la política y desmitificando el liderazgo, hay una pérdida de sensibilidad frente a la injusticia, la única revolución que las personas está dispuestas a instrumentar es la interior, desaparecen los idealismos, el cuerpo y el hedonismo ocupan un papel primordial en la vida del individuo, y junto con la religión también se devalúa la razón mientras la tecnología aparece como lo único consistente (nuevamente Internet).
Solo los títulos de algunos libros de uno de los pensadores del pomodernismo, Gilles Lipovetsky, alcanzan para reflejar el sentimiento de época: “El crepúsculo del deber”, “La era del vacío”, “La sociedad de la decepción”, “El imperio de lo efímero”. Otro ejemplo son algunos de los títulos de los libros de otro filósofo posmoderno, Gianni Vattimo: “El pensamiento débil”, “El fin de la modernidad”, “Creer que se cree” o “Nihilismo y emancipación”.
Durante el siglo XX las grandes verdades y los fundamentos sólidos se esclerosaron. Hubo un relajamiento del estilo autoritario. El posmodernismo se caracterizó por su incredulidad de los metarrelatos, tanto sea marxismo o neoliberalismo que se probaron invalidados en la práctica. Pero no trató de alentar otro sistema alternativo al vigente. George Bataille, otro posmoderno, escribió que “la lucidez del hombre actual se define por la consciencia de no poder acceder a la posibilidad de un mito verdadero (y se ha superado) la pasión de quienes otrora no querían vivir en la apagada realidad sino en la realidad mítica”
La posmodernidad es un cierto desencanto con la modernidad; su goce casi masoquista proviene de la pulsión por destruir prejuicios. Y al destruir los metarrelatos atávicos condenó también al porvenir porque el futuro no se construye con la promesas de presente sino con el cumplimiento de las promesas del pasado.
Comunicación o comunismo son imposibles sin la existencia de una comunidad, y no hubo comunidad sin la existencia de un mito estructurante y fundante. El posmodernismo se caracteriza por la caída de los mitos. Esto que hace a los individuos individualistas en la posmodernidad, ¿significará también una pérdida del sentido comunitario y una menor necesidad de comunicación social? El periodista ocupó en el iluminismo el lugar del sacerdote en el medioevo, es lógico que después del asesinato de dios tenga que venir el de los periodistas. En Estados Unidos el periodismo llegó a la cumbre de su prestigio en los 70 pero después del Wathergate su valoración social no paró de decrecer. En la Argentina esa cumbre periodística se alcanzó en los 90 cuando la aprobación social de los periodistas superaba a toda otra profesión, hoy esa aprobación cayó a menos del 40% y es casi la mitad de una década atrás. El periodista era el narrador del mito y ya no hay más legitimidad mítica, esa que el propio mito le confería al relator.
Si en el periodismo nos quedamos sin certeza ni verdad, el pensamiento es nómada, si no hay objetividad posible porque todo es sujeto y subjetividad, nos queda entonces la subjetividad trascendental y podremos ayudarnos imitando a la ciencia donde, sabiamente, lo único verdadero es el método y no sus conclusiones, que siempre serán conjetúrales y perfectibles. Por ejemplo Keynes sostenía que la economía no era una doctrina sino una técnica de pensamiento que ayuda a llegar a conclusiones correctas. Ayuda no quiere decir garantiza. Pero esto no implica abdicar a carecer de ella porque la verdad es el fin ultimo de la libertad. Lo único que acontece no es el azar. Nada está perdido, los que estamos perdidos somos nosotros mismos.
Ayer y el domingo pasado volvieron Guareschi y Eliseo Veron, en el diario Perfil, con su optimismo auroral que me recordó cuando Derrida decía “la historia siempre fue pensada como el movimiento de una reasunción de la historia”, o sea, siempre creemos estar comenzando una nueva era. Nuestro moderador escribió ayer refiriéndose a Internet que “hay un periodismo en gestación más eficaz que el actual para enriquecer la democracia” y una semana antes nuestro anfitrión de San Andrés, Verón, escribió: “la convergencia tecnológica hará posible una reapropiación colectiva de la realidad social bajo formas que desbordarán los marcos institucionales”.
Personalmente no imagino viable ningún tipo de “república de los artistas” ni creo que sea posible ninguna organización sin jerarquías, como bien explicó Pareto en su tesis del 80-20: no importa el sistema que se implemente, siempre habrá un 20% que conducirá a un 80% que obedecerá como lo demostró la propia ex Unión Soviética el siglo pasado y hoy el Partido Comunista chino. El poder, para ser poder, no puede ser de todos. Y el poder de decidir de qué hay que hablar cada día, tampoco será de todos. Hay que relajarse y avanzar porque, como decía Kafka, “el viaje es tan largo que ninguna provisión me alcanzaría”. Filosóficamente, lo que hay, es una imposibilidad de la absolutez del absoluto. Siempre, la sal de la historia es sustraída de la historicidad.
Los pronósticos son intrínsecamente siempre exagerados, les recuerdo dos del último siglo: “el comunismo es el horizonte insuperable de nuestro tiempo”, Jean Paul Sartre en la década del 50; y “es el fin de la historia”, Francis Fukuyama en los 90 ante la caída del muro de Berlín. Como decía Hegel sobre lo obvio: “aquello que es bien conocido no es en absoluto conocido”.
Quiero leerles un texto del Manual de Estilo del diario Perfil donde se sintetiza y simplifica el pensamiento del filósofo francés Edgar Morin y su libro “Introducción al pensamiento complejo”: “La comprensión de cualquier aspecto de la vida requiere de una perspectiva transdisciplinaria. Solo con nociones que provienen de disciplinas diversas se pueden articular las ciencias del hombre y de la naturaleza. Pascal sostenía que “todas las cosas son causadas y causantes, ayudadas y ayudantes, mediatas e inmediatas, y todas subsisten por un lazo natural e insensible que liga a las más alejadas y diferentes”. La reducción de lo biológico a lo físico, y de lo humano a lo biológico, sumado a la tentación de la inteligencia ciega por solo ver partes, es el desafío que debe superar el pensamiento complejo. Es evidente que la vida no es una sustancia sino un fenómeno auto-eco-organizado extraordinaria-mente complejo y que produce autonomía porque la vida es un entramado de juegos infinitos de inter-retroalimentaciones.
Para comprender el futuro del periodismo no alcanza con el periodismo, la semiótica o la lingüística, y mucho menos con la tecnología que ella misma nunca es el umbral de nada porque asume al hombre como cosa.
Para finalizar quiero volver al “pienso, luego existo” de Descartes. Parménides ya había dicho “ser y pensar son lo mismo” a lo que Aristóteles en Etica a Nicómaco respondía diciendo “el pensamiento por si solo es incapaz de producir acción”. Existir no significa solamente ser. Existir no es un estar presente ante sí mismo, tampoco existir es estar presente solo. Existir es un ser con, es un estar en el mundo como una alteridad frente a otros “sí mismos”, con los que siempre habrá que compartir relatos porque el mundo es una red de referencias significantes comunes y nosotros los periodistas somos unos de los encargados de construirlas.