El día que Cristina mató al peronismo (pero no al populismo)

Se acaba, no más, una nueva campaña electoral en este país que vive en estado de campaña permanente. Sin descanso, los argentinos no logramos reponernos de una elección que ya tenemos la cabeza puesta en la otra. Por si fuera poco, la perversión de los políticos no se vio satisfecha con el acortamiento de los plazos electorales en la reforma constitucional de 1994, sino que desde unos años contamos con una fiesta cívica más por acto electoral a la que hemos dado en llamar PASO, en una promo de vote dos veces al precio de una.

Quizás nos sirva la comparación para dimensionar: todavía estamos secándonos las lágrimas de la final del Mundial de Brasil y nos parece un despropósito que ya tengamos a Rusia dentro de ocho meses, imaginemos lo que es tener un mundial cada dos años. Tal vez sea por ello, por la velocidad a la que se dan las campañas, que cueste tanto encontrar una diferencia dogmática entre un acto electoral y el que le sigue.

Los chicos del Frente de Izquierda demostraron que siempre pueden ser más creativos a la hora de exigir alguna pelotudez exagerada, como la jornada de seis horas por la misma guita que si trabajaras ocho, o spots críticos de las políticas neoliberales encarnados por unos Playmóbiles producidos en la fábrica recuperada de Zimdorf, el municipio argentino de Alemania. Sin embargo, ante la aparición del cuerpo de Santiago Maldonado, encontraron una notable forma de expresarse sin violar la veda manifestándose en la Plaza de Mayo sólo con banderas y pancartas del PTS y del Partido Obrero, y reventando las redes sociales. Curiosidades de los amigotes: tomaron una fábrica, cortaron el tránsito una vez por semana, se prendieron en todas las manifestaciones que se les cruzó, abrazaron todo tipo de causa, llegaron a votar en contra del desafuero de Julio De Vido con tal de tener un cachitín de prensa, y sólo lograron meter dos diputados en todo el país. No es poder de convocatoria, sino constancia de movilización: a donde van, son siempre los mismos.

Sergio Massa, que sacó el 15% en las PASO, comenzó su segunda etapa electoral afirmando que el resultado demostraba que Cristina, que sacó el 34%, era el pasado. Luego afirmó que él puede mirar a los ojos a sus hijos porque no tiene padres empresarios. Lindo mensaje el del hijo de un empresario de la construcción. Que niegue a su padre es lo de menos, cada uno con sus traumas hace lo que puede. El coso pasa por haber supuesto que todos son malos o que, en caso de que ser empresario sea malo, sus hijos sean indignos por transmisión genética. Finalmente, el hombre eslogan, el sujeto que organizó un acto para avisar que no haría actos por la congoja de la aparición de Maldonado, reconoció ante las cámaras una derrota en la que sacó menos votos que en las PASO y anunció que él se erigirá como un líder de la oposición seria y constructiva, para luego darle consejos al gobierno desde la comodidad de haber salido tercero en su propio partido.

Lo que quedó de Floppy Randazzo continuó con su campaña basada en un sólo acto que hizo en toda su vida. En algún recóndito lugar de su psiquis creyó que haberle dicho que no a Cristina le alcanzaba para limpiar ocho años de ministro kirchnerista y cuatro de ministro de Felipe Solá. Resultado final: le ganó Nicolás del Caño.

El caso de Cristina fue notable. Enojada con los que se pusieron en tibios en los últimos tiempos, se quejó por la falta de lealtad mientras entregaba públicamente con moño a todos los exfuncionarios que terminaron con algún proceso judicial avanzado.

Jovial y llena de energía, Cristina Fernández de Antikirchner se puso al hombro su campaña y, con el asesoramiento de una mente perversa, de esas que tienen ganas de castigar a su cliente y a toda la humanidad, comenzó a dar entrevistas a varios medios de comunicación para mostrarse más democrática. Pero fiel a su percepción de la democracia, respondió lo que quiso, cuando quiso y como quiso, además de censurar temas previos a cada entrevista. En el medio, todo lo demás: invitó a un grupo de estudiantes secundarios a comer pastelitos a su señorial departamento de la Recoleta –lo más cercano que encontró a la villa 31–, bailó zumba en una clase de gimnasia, y visitó mil veces La Matanza, el Territorio Sagrado Justicialista donde las bondades del siglo XXI no tienen permitido su ingreso. Finalmente, terminó por hacer una campaña electoral en la que se repartieron globos, se armaron escenarios en 360 grados, y se bailó cumbia sobre el final.

Si hay algo que desde el oficialismo deben agradecer es que enfrente tuvieron al kirchnerismo. Todos, desde Mauricio Macri hasta el pibe que infla los globos en el local de Grand Bourg, deberían dar las gracias a la providencia porque en esta campaña jugó Cristina. Primero, por haber dividido al peronismo en tres cuotas que concentran más de la mitad del electorado de la provincia de Buenos Aires. Segundo, por haber entregado con moño a todos los sospechados por corrupción de su gobierno para luego afirmar que la imagen de corrupción de su gobierno fue instalada por los medios hegemónicos. Y por último, por hacer una campaña tan antikirchnerista que hasta incluyó frases como “el Pata Medina es nefasto”, “gobernar no es sacarse fotos con los pobres”.

El momento de ver a Cristina reconocer una derrota tendría que haber sido sublime. Pero no ocurrió. En su loca cabecita, Cristina ganó y lo hizo saber al afirmar que sacó más votos que en las PASO y que era la cabeza de la oposición. Su tono buena onda desapareció al igual que su austeridad y la mejor oradora de la historia de la Vía Láctea reapareció decorada nuevamente con las joyas que había guardado durante la campaña y terminó leyendo un discurso breve. La derrota no se le da para el lado de la creatividad. Así fue que sostuvo que Unión Ciudadana será la base sobre la que construirá su proyecto, algo que resulta interesante: gobernó ocho años, formó parte del gobierno otros cuatro y medio, y no se le conoce otro empleo que el de servidora pública desde la primavera de 1989. La base de su proyecto fue el Partido Justicialista. Cuando ya no sirvió para más, montó su propio kiosco como quien cambia el auto después de fundirlo. Anoche, le dio la extrema unción: lo suyo será Unidad Ciudadana.

Y fue, no más, una campaña basada en la nada. No existió un solo candidato, uno solo, que no basara su plataforma electoral en el sentimiento. Todo giró en torno a la búsqueda de empatía de sentimientos. Esto no es poca cosa porque el que nada promete, nada debe. Hoy nos encontramos con una realidad tan trastocada que la ponderación de la campaña pasa por el apego al Código Penal, los valores republicanos y el positivismo mental. El kirchnerismo no dejó la vara baja: la tiró al piso y la meó. Todo lo que venga después nos resulta un negoción.

La campaña basada en la emoción nos llevó a tener una competencia entre el bien y el mal. Esto de cuán bueno somos nosotros versus qué tan malos son los otros puede ser tolerable hasta cierto punto, pero uno tiene la esperanza de que, a partir de ahora, se pueda encarar o discutir las cosas que deberían cambiarse de manera radical, y no me refiero a la obra pública o el precio de los servicios. El riesgo es que este domingo haya comenzado la campaña 2019. Y que hasta entonces haya que bancar la parada porque el kirchnerismo puede volver. Y que después viene la del 2021, donde todavía hay que esperar porque hay que consolidar el proceso. Y que luego se avecina la de 2023, cuando será peligroso arriesgarse. Y así, eternamente, haciendo equilibrio entre la agenda de otros que pueden exigir lo que quieran, total no están en el poder, y lo que el gobierno quiere hacer.

En esta campaña no se jugó a la democracia sino a la violación de cualquier pacto de convivencia preexistente. No recuerdo tal nivel de brutalidad mediática –por brutalidad me refiero a la ostentación suntuosa de la ignorancia periodística–, ni tengo en la memoria tamaña magnitud de psicosis colectiva en democracia. El nivel de locura alcanzado me ha llevado a dar por sentado que, de garantizar la impunidad, un buen sector de esta sociedad borraría del mapa a una buena porción de la población que, a su vez, haría lo mismo con ellos. No hablo de grieta, hablo de sujetos que no están dispuestos a convivir con el otro, de personas que no tienen la voluntad de aceptar una verdad ni aunque se les caiga encima. Cornudos que son capaces de acusar a otra persona sólo porque sus parejas, halladas en una cama con 36 amantes humanos y algún que otro animal pedestre, así lo aseguraron. Personas que no quieren verdades que sacudan paradigmas, sino paradigmas que confirmen sus verdades preexistentes.

Da cosita. Y mejor no hablar del delirio contrafáctico, ese vicio irresistible que tiene el argentino promedio por decir “qué hubiera hecho fulanito sí” y que tanto capitaliza el político. Actitudes que vemos a diario, desde las discusiones rutinarias de la calesita histórica de cada 12 de Octubre, de cada 24 de Marzo, hasta las afirmaciones mesiánicas. No importa el candidato al que se vote, siempre se convivirá con otro que lleva todo a un nuevo nivel en cualquier sector social. Son los que terminan diciendo “gracias por salvarnos de ser Venezuela”. ¿Tanta alma de cordero se puede tener? ¿Acaso no salieron a la calle a marchar cuando los políticos estaban en otra? ¿Acaso no fueron a cagarse de frío fiscalizando? ¿Acaso no fueron a votar? La locura mesiánica es la leña de la hoguera demagógica.

El país se pintó de amarillo. Pero en esta nación de campaña permanente, el oficialismo no puede confiarse en que siempre tendrá tanta suerte de tener una oposición con delirios populistas pero sin poder de comunicación ni figuras carismáticas limpias de prontuario. Tarde o temprano aparecen. Si algo ha demostrado la historia es que, cuando nadie está prestando atención, emerge un líder que no figura en la hemeroteca de cinco años atrás.

No es que uno quiera dar consejos, ya que, si la tuviera tan clara, no estaría escribiendo de madrugada. Pero viéndola de afuera, el oficialismo no debería confiarse tanto en la figura carismática de una gobernadora que se tiene que cargar una campaña para salvar a dos candidatos que no pueden abrir la boca sin cagarla. Porque parte de ese cambio propuesto incluye un cambio de mentalidad que choca de frente con el discurso empático de “la unión de todos”. Con reconstruir un acuerdo pacífico que permita la convivencia entre individuos que, por sus propias particularidades, son conflictivos, ya es un buen punto de partida. La desaparición de la división es un imposible irrealizable y, por ende, fuente de más conflictos, ya que es el faro que atrae a todos los que buscan un líder mesiánico. La derrota de toda expresión populista de este domingo debería servir de ejemplo para que la hegemonía del resultado no se traduzca en combustible para hegemonizar a los ciudadanos.

Después de todo, el kirchnerismo puede desaparecer y el peronismo quedar reducido a la identidad de género político de quien dice ser peronista. El peronismo siempre se reacomoda y se lo puede matar mil veces. Pero el populismo puede adoptar cualquier nombre, sólo le alcanza una autoestima destruída, un ego dolido, una voluntad de cordero y un personaje que sepa redireccionar culpas.

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Comentarios

  1. Los que apoyamos a Vidal debemos protegerla de Peña quien es quien la traicionarâ si la oportunidad se presenta. La codicia de Peña hasta hoy es en la trastienda.
    Ojo al piojo el tío es hijo de la curia.

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