Me desperté de repente. Ella sollozaba calladamente. Bajo la ropa de cama sus hombros menudos se agitaban temblorosos. Encendí la estufa de gas y miré el reloj. Eran las dos de la madrugada. En mitad del cielo flotaba una luna blanquísima.
Tras darle un respiro para que se desahogase llorando, puse a hervir agua e hice té echando una bolsita de papel. Compartirmos aquel té. Sin azúcar, ni limón, ni leche. Un té caliente, y se acabó.











