#NiUnaMenos : por qué algunas mujeres no marchan

La primera marcha para repudiar la creciente violencia contra las mujeres en Argentina fue casi un acto espontáneo, una reacción en cadena de varias periodistas y referentes que -sin aceptar partidizaciones- organizaron un reclamo que no sólo instaló el reclamo en la agenda social sino también inspiró a otros países a repetir la misma consigna: vivas nos queremos.

Era de esperar que una sola convocatoria no fuera suficiente para concientizar a la sociedad. Aun cuando los medios repitan, cual letanía, la cifra de víctimas el conflicto está lejos de ser abordado de forma integral por las autoridades.

Las primeras estadísticas oficiales fueron dadas a conocer en noviembre y corresponden a registros de 2014. Según datos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, ese año

  • 225 mujeres fueron asesinadas por cuestión de género.
  • La mayoría (94 por ciento) tenía entre 21 y 40 años.
  • El 57 por ciento de los imputados por los homicidios eran parejas o ex.

Los datos de La Casa del Encuentro son todavía más escalofriantes. En 2015 se registraron 286 femicidios y 42 femicidios “vinculados” de hombres y niños (víctimas ocasionales al intentar impedir el femicidio o asesinadas a modo de castigo contra la mujer). La ONG advierte que desde 2008 a 2015 hay 2.518 chicos que quedaron sin madre. De ellos, 1.617 son menores de edad y muchas veces, tras el crimen, quedan bajo la custodia de las familias de los homicidas. Pierden a sus madres y cualquier contacto con el grupo familiar de las víctimas fatales. Las previsiones para 2016 darían cuenta de un incremento de casos en mujeres menores de 20 años. Desde hoy, el colectivo Ni Una Menos abrió una encuesta anónima, que recabará información para crear el 1° Índice nacional de violencia machista.

Mientras esta tarde, mujeres, hombres y niños exigen no sólo justicia para las víctimas directas e indirectas sino también protección y acciones de prevención, muchas otras no participarán de la medida de protesta, pese a coincidir con el reclamo: reconocerse en el lugar de víctimas y sobrevivientes trae aparejado un estigma del que no se habla, incluso cuando las marcas de los abusos sean visibles. Antes de ser una víctima, la mujer que sobrevive a la violencia es cuestionada en su conducta, moral, acciones y omisiones. No faltará quien la considere resentida o inestable.

Periódicamente, los medios de comunicación dan a conocer casos extremos. Cotidianamente, estos crímenes conviven con abusos invisibles en una primera instancia, que podríamos describir a continuación. De modo de preservar a la mujer (que existe, doy fe) la llamaremos A y cambiaremos algunos detalles de la historia, que no son determinantes.

A. conoce a -digámosle- S. apenas pasados los 22 años, de un modo fortuito. Ambos provienen de familias de clase media, son estudiantes universitarios, trabajadores activos y con carreras más o menos consolidadas para sus edades. Durante las primeras semanas, meses, S. logra cautivar a A. a fuerza de galantería y deslumbramiento intelectual. Si no fueran tan simbióticos, podrían ser una de esas parejas de folletín, salvo por los conflictos internos de él: baja autoestima y un notorio sobrepeso.

El primer síntoma de que la relación empieza a agrietarse ocurre a los dos meses de conocerse. Mediante un destacado artilugio, él la convence de compartir sus contraseñas de correo. Estalla de rabia al saber que aún guarda alguna foto o mensajes de sus exs, a quienes no ve desde hace años. Va a buscarla a la universidad y comienza a interrogarla sobre su pasado una y otra vez. Llegan a la casa de S., quien le impide que se siente a almorzar con su familia. “No sos digna de estar con ellos. Esperame en la habitación y hablamos”, es la explicación que recibe. Después de horas de discusión en susurros, le dice que no confía en ella y que quiere, como muestra de lealtad, que corte cualquier vínculo con sus antiguas relaciones. A. lo hace sin entender qué detonó tanta locura.

El noviazgo sigue varios meses más. Con cada vez mayor frecuencia, S. se enferma poco antes de salidas, cumpleaños y cuanto compromiso que signifique socializar con el entorno de A. El argumento más extremo es: “No tengo nada que ponerme. Ni siquiera me ayudás a comprarme ropa. Nada me queda bien y no te importa exponerme así ante tus amigos para que se burlen”.

Con el tiempo, A. deja de maquillarse, usar faldas por arriba de la rodilla, pantalones ajustados o tacos. Más de una vez, S. la persiguió por la calle, diciéndole por lo bajo: “¿Estás segura de que vas a llegar lejos con esos zapatos? Vos no te vas a laburar”. A. está tan cansada que no lo resiste y prefiere evitar cualquier excusa que pueda convertirse en una nueva pelea. Abandona de a poco a sus amigos y llega tarde a las reuniones familiares. Prácticamente, vive en casa de él, con sus padres, pese a que su propia familia le reclama más tiempo con ellos.

Cuando el círculo social de A. se reduce a los amigos de S., la discusión entre ellos pasa al ámbito económico. Él dejó de trabajar pero se levanta temprano para controlar los horarios de ella: últimas conexiones en internet, SMS, chats. En silencio, logra imponer una férrea rutina: A. debe llamarlo desde el teléfono fijo de la oficina en cuanto llega o enviarle fotos por celular cuando esté en la calle. También explicarle en qué gasta su dinero. Cuando llega a su casa, revisa su ropa: está convencido de que, no importa lo que use, podría traicionarlo. La intimidad entre ambos casi no existe, en parte por la incipiente disfunción de S. En parte porque A. intenta evitar a toda costa tener sexo con él, hasta que la indiferencia se convierte en un castigo inverso. S. decide abandonarla en la cama. Como es de esperar, la culpa es de A.

Todo estalla a los dos años de noviazgo. Mientras A. prepara el almuerzo, le pide a S. que vaya al supermercado del barrio a comprar unas latas. Entre gritos y zamarreos, él le dice que no irá a ningún lado, que ella no es quien para pedir nada. Cuando pasa la discusión, A. recoge sus cosas de la casa y se va. No vuelve a verlo aunque él la busca. Cambia contraseñas y rutinas. No lo hace por miedo a él sino para no encontrarlo y remover el dolor del fracaso. Pasa el tiempo y lo olvida. Recién años después lo encuentra caminando por la calle, él se acerca a saludarla y pide que retomen contacto. A. se niega. Por primera vez, entiende que el abuso psicológico tiene múltiples formas, que (sobre)vivió a algunas de ellas. Ni su familia ni sus amigos saben de esta historia. Habla con víctimas de maltrato pero no reconoce abiertamente que es una de ellas. Hoy no marcha. Todavía no se anima a salir a la calle y decir que es una más. En silencio, agradece que otras mujeres, otros hombres, pidan por ella también.

 

Epílogo: Este blog no debería existir. En principio, por el reduccionismo de abordar, de forma circular, temas que siempre girarán en torno a la dificultad de la mujer para ganar espacios de poder. Pero también porque ese desafío diario de escalar jerarquías, consolidarse en lo ganado y seguir ascendiendo no debería estar marcado por la condición de género. La violencia machista no sólo es ejercida por el hombre. En tanto este debate siga abierto, perdemos todos. Y algunas lo pagamos de más. Pagamos por quienes nos vulneran física y psicológicamente, hombres y mujeres que, si no promueven esa forma de violencia, la encubren. Pagamos por las que utilizan la sexualidad para lograr aquello de lo que serían incapaces sin otra herramienta legítima. También por aquellas que, en pos de ser mujeres y madres, avasallan al sexo opuesto, atentando no sólo contra sus derechos personales sino contra el de los hijos que comparten. Por las que educan a sus hijos en base a deberes y obligaciones diferenciadas para nenes y nenas. Pagaremos, en un tiempo, por esos chicos cuando sean adultos y reproduzcan lo aprendido, con nosotros o con nuestros hijos. Por los y las creen que, la desnudez es el único recurso digno de ser valorado. Por los que dejan las tareas “de color” para las chicas. Por las que califican a sus pares como zorras o Thatchers. Por las que creen que el único reclamo posible es el de una mayor libertad en salud reproductiva. Pagamos por las que piden condescencia bajo la figura falaz de la caballerosidad, cuando lo único que debieran reclamar es equidad. No somos débiles. Somos iguales.

Publicado por
Todo el contenido publicado es de exclusiva propiedad de la persona que firma, así como las responsabilidades derivadas.