Qué tiene Cristina en la cabeza

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Es Fernández. Fernández a secas o Fernández de Kirchner cuando lo necesita. También es Kirchner de un tirón, mal que le pese a la negada memoria de Eduardo Fernández, su padre.

Cristina, la exitosa abogada, capitana, Presidenta Coraje, compañera, perseguida política, cuadro, jefa y tal a veces puede ser el peor arquetipo de señora de clase media inmóvil, una Susana Clotilde Chirusi crecida y venida a más.

Hacia los últimos meses de un modelo político que podría destacarse por la puesta en marcha de todo tipo de programas tendientes a ayuda social y el innegable avance en materia de derechos civiles, a los que se suma la decisión consciente de negar el debate en torno a equidad de género en el mercado laboral o mayores libertades en salud reproductiva, la Presidenta de los 40 millones de argentinos mostró el perfil que peor le sienta: el de matrona de ocasión. La supuesta movilidad social del relato nos hace chocar de frente con un estancamiento mental alarmante.

“Nunca se puede ser una gran mujer si no tenés un gran hombre al lado”, lanzó Cristina Fernández de Kirchner en la 26° cadena nacional en lo que va del año. Si no hubiera problemas más acuciantes, el comentario hubiera merecido algún grado de reprobación, acaso no tan virulenta como cuando se expone una ilustración de ella en un orgasmo o se analiza su tensión sexual en el uso de calzas, pero sin duda un rechazo enérgico ante una perspectiva tan reducida como esa.

Once años después de que ella misma pidiera al PJ “dejar darle lugar a las mujeres portadoras de marido” en medio de un entredicho con otra “señora de”, la Presidenta nos revela que el valor relativo de una mujer es una propiedad transitiva otorgada por el hombre que la acompaña. Lesbianas, abstenerse: la combinación es gran mujer-gran hombre. Solteras, divorciadas, separadas, desgraciadas del mundo y el estado civil, ustedes también pueden padecer este destino amargo de no valer.

Acaso lo dijera por su cuñada, Alicia Kirchner, que es más Kirchner que Cristina pero no es “Kirchner de”. O por Dilma Rousseff, separada de Carlos Aráujo desde 2000 y sin pareja oficial. O por su homóloga chilena: Michelle Bachelet pasó dos veces por la Presidencia sin consorte. Ninguna de las dos tiene valor en el universo de Cristina, cuyo círculo de confianza, paradójicamente, tiene a una sola mujer: ella. Con Angela Merkel vamos bien, aunque pocos sepan de su esposo. Hillary Clinton, contamos contigo, que ya conocemos a Bill.

Sin un gran hombre a su lado, tampoco habrían tenido mayor valor las monjas Alice Domon y Léonie Duquet, la madre Teresa de Calcuta o Martha Pelloni. Consideraciones ideológicas aparte, la israelí Golda Meir tampoco: lo mejor de su carrera política no la muestra con un gran hombre/esposo a su lado. Lo mismo ocurre con Dolores Ibárruri. La Pasionaria manejó la estructura del PC español lejos de su esposo, Julián Ruiz Gabiña.

Evitemos hablar de Jóhanna Sigurðardóttir, primer ministro de Islandia entre 2009 y 2013. No sólo asumió el cargo siendo soltera y lesbiana declarada, sino que un año después formalizó su unión con su pareja, la escritora y dramaturga Jónína Leósdóttir.

Tampoco entran en la nómina de mujeres valiosas las presidentas de Corea del Sur, Park Geun-hye, ni la de Lituania, Dalia Grybauskaitė, aun habiendo sido reelecta. Ninguna de las dos está casada. Tampoco cuenta Vigdís Finnbogadóttir. Habrá sido presidenta de Finlandia cuatro veces pero sigue soltera.

Ni siquiera repasemos a las grandes solteronas de los siglos pasados. La reina Isabel I debiera haber pasado con más pena que gloria por los manuales de Historia.

Acaso sea mejor no entrar en comparaciones. ¿Qué hizo que María Estela Martínez de no se convirtiera en la gran mujer que fue Eva Duarte de, si ambas tenían a su lado al gran Juan Domingo Perón?

Aunque las obras no están terminadas, de a poco y por orden de Cristina, en el predio de la Casa Rosada se instala el monumento a Juana Azurduy. Buena parte de la carrera política de la Generala fue vivida entre su viudez y la muerte de cinco de sus seis hijos. Pero eso ya no importa; en los últimos 46 años de su vida, Azurduy ya no era “de Padilla”.

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