Rebeldía maquillada

Entre algunas apreciaciones valederas y otras dignas de indiferencia, la Real Academia Española define al verbo “rebelar” como el acto de “sublevar, levantar a alguien haciendo que falte a la obediencia debida” u “oponer resistencia”. Hay que rebelarse. El punto es encontrar contra qué lo haremos.

El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Mientras Naciones Unidas nos invita a pintar, durante 16 días a pintar el mundo de naranja (no, el gobernador Scioli no estaría detrás de esto), el colectivo Ni con el Pétalo de una Rosa propone que los hombres pinten sus labios de rojo como “compromiso de no violencia hacia mujeres y niñas”.

¿Contra qué deberíamos rebelarnos? ¿La violencia o la forma vacua de rechazarla? La campaña de ONU deja sin palabras a varios pero la alternativa de maquillarnos para defender a las mujeres nos despierta del letargo.

La idea nació de la fundación colombiana Ni con el Pétalo de una Rosa. El año pasado alcanzó una inesperada notoriedad luego de que varios famosos y congresistas accedieran a maquillarse para expresar su repudio a la violencia contra la mujer.

Entrevistada por La Nación, Carla Rey, líder y curadora de las campañas de la fundación en Argentina, justificó la propuesta: “Estábamos con las líderes de la organización y pensamos cuál es el icono de una mujer, qué nos simboliza. Y pensamos en los labios rojos. Por esta razón, cuando uno se los pinta, deja caer su hombría, mal llevada adelante”. “Que un hombre se pinte los labios significa que se mete en el cuerpo de una mujer. Hace que sea algo visible”, analizó.

Los hombres no reclamarán que se acaben los asesinatos, las golpizas y violaciones. Tampoco el maltrato psicológico. Mucho menos nos acompañarán a pelear por otras igualdades, algo menos urgentes pero casi tan importantes como las anteriores. Se pondrán un ratito en nuestros zapatos y aprenderán una lección: que tardamos un minuto en pintar nuestros labios de rojo y perdemos unos diez en sacarnos el engrudo a fuerza de cremas y algodones.

Convencidos de que repudiarán la violencia contra las mujeres y las niñas, representarán sólo a un espacio minoritario de las víctímas, aquellas pocas que puedan ser identificadas con un labial, símbolo tan sexista como ridículo en sí mismo. Pedirán que cese la violencia contra las chicas Sex and the City. El resto, pues ya verá.

Una legión de hombres maquillados es tan efectiva como la costumbre de ver a las chicas de Femen en topless. Si no las googleáramos, no sabríamos de sus consignas. ¿O alguien alguna vez llegó a leer las inscripciones en sus torsos?

¿Alguien le llevará labiales a Fernando Farré, José Arce, Fabián Tablado o a Jorge Mangeri? ¿Los repartirá en los penales donde se alojan agresores cuyos nombres se desconocen en la agenda periodística? ¿Quedará exento de este repudio Adalberto Cuello? A fines legales, el crimen de su hijastro descartó la figura de “violencia de género” pero el móvil fue una venganza contra su expareja, algo así como un “femicidio vinculado”. ¿Habrá besos de rojo a los más de 2000 chicos que quedaron sin madre tras este tipo de violencia extrema? ¿Y al resto de las víctimas indirectas de esta problemática?

Pero si lo hacen, si la iniciativa alcanza el status de consigna mainstream, habrá que seguirla y, en algún punto, plegarse a ella.

Podrían sumarse los jueces y juezas que obstaculizan causas. Los responsables del Poder Ejecutivo y Legislativo, que no avanzaron en ni en el diseño ni en la puesta en marcha de políticas públicas que resguarden a las víctimas, directas e indirectas, y concienticen a los agresores y cómplices sobre el error de sus conductas, ni tampoco en la implementación plena de la ley 26.485.

También sería recomendable cursar una invitación especial dirigida a la “señora de” tucumana que, sólo por obra y gracia de su porte de apellido, ha llegado a cargos políticos inaccesibles para su capacidad personal. Acaso así entienda que la violencia no se da “de a dos”, que no hay “matrimonios de violentos y golpeados” posibles de ser gozados, como espetara en una sesión legislativa a otra compañera “de género”.

Pueden maquillarse también los artistas, mediáticos, dirigentes, ejecutivos y escasopensadores en general, quienes encuentran en la ovulación y la menopausia la razón de la irracionalidad humana. La estructura de sus razonamientos supone que, acabado su tiempo de la fertilidad, las mujeres se convierten en una suerte de misterioso animal asexuado y carente de entidad.

No excluiría al tendal de publicistas que me obligan a comprar desinfectantes de piso que combinan con un marido más o menos guapo y una casa tan blanca que enceguece (en sus mentes, los hombres no limpian), o aquellos que quieren convencerme de tomar una píldora de ibuprofeno para, una vez al mes, hacer todo aquello que los hombres pueden, y sin dolor.

Pero, pensándolo bien, puede que yo también haga propia la idea de la convocatoria, no por convicción sino porque tengo la costumbre de pintar mis labios de rojo, sabiendo que, cuando lo haga, responderé de la misma manera a aquellos que me pregunten dónde iré más tarde: “Sí, me voy de caza y no es contigo”. Por lo visto, andar a cara lavada no es propio de una mujer. Y menos de una a la que se le ocurre hacer respetar sus derechos.

 

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