Rojkés y los vagos tucumanos: la culpa es de Alperovich

1130_rojkes_de_alperovich_g_ced

Son animales. Vagos. Su condición de desposeídos, nuevos o estructurales, los convirtió en una parva de desagradecidos ante la solidaridad de quien los visita y promete algún tipo de ayuda gubernamental para paliar los efectos del agua en la provincia. La mandan a Betty, una mujer que no está para estas cosas. La culpa no es de Rojkés, sino de Alperovich. ¿Quién otro podría mandarla a ella al barrial?

El matrimonio comparte poder, política y fortuna pero no picardía. Ante los medios, la lengua del gobernador José Alperovich es artera. La de su esposa, Beatriz Rojkés, es incisiva. Marca punto, espacio y basta. El problema es que, por lo general, atenta contra ella misma.

No le habíamos prestado mayor atención hasta que llegó, más o menos tapada, a la presidencia provisional del Senado. Rojkés no era Rojkés, sino la esposa del gobernador tucumano. Su peso político había pasado desapercibido para varios hasta que la vieron ahí, tercera en la línea de sucesión presidencial. Aunque no tuviera idea de lo que hacía ahí ni cuáles serían sus funciones, llegó con una consigna: impulsar la investigación por el atentado a la AMIA. Su posicionamiento la llevó a enfrentarse con Luis D’Elía por su reivindicación de uno de los sospechosos del ataque, Mohsen Rabbani. Incluso hasta apareció en las escuchas de Nisman, en un diálogo mantenido en enero de 2014 entre el dirigente islámico Yusuf Khalil y el supuesto espía Ramón Bogado.

“Estamos en el horno”, lamentaba Khalil. No lo decía por el infarto del vicepresidente, sino porque con Cristina Kirchner de viaje, la presidenta interina era Rojkés. “Teneme al tanto, teneme al tanto, porque si llega a subir la Rojkés estamos en el horno”, pedía Khalil a Bogado. No debían preocuparse tanto: Alperovich votó a favor del memorándum.

Pero volvamos a lo nuestro: Betty de Alperovich se traiciona a sí misma. En 2012, se mordió la lengua. A pocas horas del hallazgo del cuerpo de Mercedes Figueroa, una nena de seis años desaparecida en Tucumán, la senadora cargó contra sus padres. “No podemos tener al señor Estado a la par de la familia que está borracha y permite que una nena de 6 años ande sola”, se quejó. “Hasta dónde el papá y la mamá son responsables de que una niñita esté jugando afuera, a las 6 de la tarde. Tenemos que hacernos cargo de la responsabilidad que tenemos los padres en lo que hace a seguridad, y el Estado en cuanto a control de seguridad”, apuntó esa vez. Según cuentan en su entorno, los bramidos de Beatriz fueron iguales de enfáticos cuando, en septiembre de 2013, su hija Sara fue demorada en un control vehicular por manejar con un nivel de alcohol tres veces superior al permitido. Por el contrario, las reacciones familiares sobre la acusación de Alberto Lebbos contra Gabriel Alperovich en torno al crimen de su hija, Paulina, se guardan con mayor recelo.

Rojkés de Alperovich no deja de ser la Betty. No puede pasar día y noche encarnando al Estado provincial. Se le da mejor cualquier otro rol, como el de reírse ante los rumores de infidelidad de su marido con la ¿ex? Mediática Marianela Mirra o el de ocuparse de su casa y pensar constantes -y alarmantes por su gusto- formas de remodelar la estética del hogar, como lo demostró en el opulento viaje que compartió con su esposo y amigos a Medio Oriente. Así y todo, la senadora va, con más suerte de lo que uno esperaría, feliz protagonista de su propia década ganada (el matrimonio gobierna la provincia desde hace doce años).

No la dejan en paz. En 2014, la criticaron por la composición de la comitiva que iba con ella a la coronación de Máxima Zorreguieta como nueva reina de Holanda. Según le había confirmado a La Gaceta Carlos Rojkés, hermano de Beatriz y director General de Enlace Institucional y Despacho de la Presidencia Provisional del Senado, viajarían junto a ellos Sara Alperovich y la directora de la Secretaría Privada de la Presidencia Provisional y sobrina de Rojkés, Lucía Temkin.

A comienzos de marzo de este año, escracharon a la familia en Twitter por el festejo del Bat Mitzvah de su nieta, mientras los evacuados en la provincia superaban las diez mil personas. Esta vez, crece el desdén ante sus dichos. Lo que no crece con la misma virulencia es la curiosidad por saber cómo llegó a convertirse en una de las mujeres más acaudaladas de la política y llegar a poseer diez mansiones, como ella misma expone. Si hubo suficiente inversión en obra pública para sobrellevar inundaciones de este tenor. O, al menos, qué tan ciertas son las denuncias por sobreprecios y malversación de fondos que vinculan a la Dirección de Arquitectura y Urbanismo provincial con el matrimonio Alperovich, las que hiciera el extitular del organismo, Miguel Brito, pero también las del arquitecto Julio Villafañe, según quien en mayo de 2014 le quisieron pagar a través de la DAU por unas refacciones en la casa de Mariana Alperovich, hija de Beatriz y José. Tampoco las que vinculan a Sara Alperovich con contratos en el PAMI.

Beatriz se pierde en su propia indignación, debilidad que no ha sabido manejar en tantos años de actividad política. No debe ser fácil ser increpada por estos vagos, excluidos azarosos. Se pierde y, lejos de cuidarla, alguno la graba. Se perjudica, carajo, mierda. O como diría una mujer educada como ella, “miércole’”.

Publicado por
Todo el contenido publicado es de exclusiva propiedad de la persona que firma, así como las responsabilidades derivadas.